Al día siguiente no pude mirarlo a los ojos. Me sentí traicionada, engañada, como si todo lo que habíamos vivido y sentido hubiera sido solo una mentira para acercarse a mí y cobrar una deuda que no sabía que existía. Cuando él intentó hablarme, le grité con toda la rabia y el dolor que llevaba dentro:
—¿Por qué me hiciste esto? ¿Acaso me contrataste para vengarte de mi padre? ¿Todo este cariño, todo este miedo que compartimos, fue solo una farsa para acercarte a su familia?
—¡No, Elena, escúchame, por favor! —suplicó él, con los ojos llenos de lágrimas—. No sabía que eras su hija hasta hace muy poco, y lo que sé no es tan claro como parece. Hay cosas que no te he contado porque no quería hacerte daño, pero no es lo que crees.
—¡No quiero escucharte más! —le corté, cogiendo mi bolso—. Para mí sigues siendo mi peor enemigo, y ahora sé que tienes razones de sobra para serlo.
Salí corriendo de la casa sin mirar atrás, con el corazón roto en mil pedazos. Regresé a la oficina para recoger mis cosas y marcharme para siempre, sin dejar rastro. Al entrar en mi despacho, encontré al socio mayoritario de la empresa, don Javier, esperándome sentado en mi silla. Sonrió con una malicia que me dio escalofríos y dijo muy despacio:
—Muy bien, Elena. Ahora que sabes la verdad, puedes ayudarme a derribar a Guzmán de una vez por todas y limpiar el nombre de tu padre. O prefieres que él se lleve todo el castigo solo, como se merece?