Me quedé paralizada en la puerta, y en ese momento todo encajó de golpe: las notas anónimas, los planos perdidos, la orden falsa a la policía, la desaparición de mi padre y la de los padres de Mateo. Don Javier era el verdadero jefe de quienes nos perseguían: había manipulado todo para enfrentarnos a Mateo y a mí, usar nuestro pasado para destruirnos y quedarse con la empresa y con el proyecto para ocultar sus crímenes. Yo tenía en la mano la decisión de todo: podía unirme a él y condenar a Mateo, o ponerme de su lado y arriesgarme a perderlo todo, incluso la verdad sobre mi propia familia.
No lo dudé más. Volví a buscarlo, y al verme llegar a su casa supo sin que dijera una palabra que yo estaba con él, contra todos. Juntos armamos la trampa definitiva: reunimos todas las pruebas de las mentiras y los negocios turbios de don Javier, grabamos su confesión cuando intentó sobornarnos y llevamos todo a la fiscalía especializada. En el mismo momento en que se llevaban al socio detenido, encontraron a Sofía sana y salva en una casa en las afueras, y supimos que habíamos ganado esta batalla.
Horas después, nos quedamos solos en la azotea del edificio de la empresa, mirando la ciudad que empezaba a despertar. Ya no había secretos, ni rivalidades, ni muros entre nosotros.
—Empezamos como los peores enemigos que se pueden imaginar —dijo Mateo tomándome la mano—, y terminamos siendo la única cosa segura que tengo en el mundo.
—Y yo —respondí apoyando mi cabeza en su hombro— aprendí que el amor no es lo que buscas tranquilamente, es lo que te encuentras incluso cuando peleas con todas tus fuerzas para evitarlo.
Justo cuando nos abrazamos, mi teléfono vibró con un mensaje de un número desconocido: “Han ganado esta batalla, pero la guerra apenas comienza. Los que murieron no olvidan ni perdonan”. Levantamos la vista de inmediato y vimos una figura encapuchada desaparecer entre las sombras de los edificios vecinos, sabiendo que nuestra historia de amor y peligro estaba lejos de terminar.