Rivalidad de amor: El último secreto

La voz que ya conocen

Al principio solo escucharon su propia respiración acelerada, pero luego una voz resonó en las paredes, grave y cansada, una voz que ambos reconocieron al instante aunque no podían creer lo que oían: era la voz del padre de Elena, la misma voz que ella había guardado en su memoria desde que era niña, la que creyó perdida para siempre.
—¿Papá? —gritó ella con la voz rota, llevándose las manos a la boca—. ¿Estás aquí? ¿Estás vivo de verdad?
Unos segundos después, unas luces tenues se encendieron en las esquinas de la habitación, revelando una figura alta, con el cabello mucho más canoso de lo que recordaba y la mirada llena de cicatrices invisibles, pero con la misma calidez en los ojos que ella nunca olvidó. Él se acercó despacio, como si temiera que fuera una ilusión, y abrazó a su hija con una fuerza que parecía querer recuperar todos los años perdidos. Cuando se calmaron, les contó que había pasado todo ese tiempo escondiéndose, moviéndose de un lugar a otro para no ser encontrado, vigilándolos en silencio y tratando de reunir pruebas sobre quien realmente manejaba todo desde las sombras.
Pero también les reveló la verdad que les heló la sangre: don Javier no era el jefe, ni siquiera era el cerebro del plan; era solo una pieza más, un peón que usaron para distraerlos mientras la verdadera amenaza preparaba su golpe final.
—La persona que busca destruirlos a ustedes, y borrar todo rastro de lo que hicieron sus padres —dijo mirando directamente a Mateo—, es alguien que trabajó codo con codo con ellos, que comió en su mesa, que compartió sus sueños. Alguien que está convencido de que le robaron todo lo que le pertenecía, y que ahora no se detendrá ante nada para cobrarse lo que cree que le deben. Y sabe cada cosa que ustedes planean, cada paso que dan.
Antes de que pudieran preguntar el nombre, escucharon un estruendo en el techo de la habitación. Al levantar la vista, vieron cómo alguien rompía las tablas de madera y lanzaba una antorcha encendida justo al lado de unos barriles de aceite que estaban en una esquina, listos para usarse.




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