—Eso no les pertenece —dijo avanzando despacio hacia ellos, con la voz temblorosa por la rabia—. Ni esa caja, ni el terreno, ni el nombre de la empresa. Todo es mío.
—Nada es tuyo si lo tomaste con mentiras y miedo —respondió Mateo, poniéndose delante de Elena para protegerla—. Tus ideas no valen nada si tienes que destruir a los demás para imponerlas.
La discusión se convirtió en una lucha desesperada, sin armas, solo con la fuerza y la voluntad de cada uno. Elías no tenía nada que perder, y golpeaba sin mirar, mientras ellos luchaban para mantener la caja a salvo y para no caer contra las vigas de acero. Elena logró apartarse lo suficiente para romper el sello y abrir la caja: dentro estaban los planos originales firmados por los tres socios, las pruebas de las falsificaciones que Elías había hecho años atrás, y una carta manuscrita donde él mismo admitía que había mentido y se había llevado documentos que no eran suyos.
—¡Tenemos la prueba de todo! —gritó ella—. ¡Ríndete, Elías! No vas a poder borrar la verdad.
Pero él no escuchó: retrocedió hasta golpear con fuerza una de las columnas de apoyo que tenía una marca de advertencia de que todavía no estaba terminada.
—Si no puedo tenerlo yo, nadie lo tendrá —dijo con una sonrisa amarga y desesperada—. ¡Salgan de aquí si pueden!
En ese instante el suelo empezó a temblar con fuerza. Las vigas crujieron, trozos de techo y ladrillos empezaron a caer alrededor de ellos, bloqueando la escalera de salida y dejándolos atrapados en el sótano.