La oscuridad volvió a envolverlos, y el polvo les dificultaba respirar. Mateo había recibido un golpe fuerte en la pierna cuando se desplomó una viga, y apenas podía moverse, pero no soltó la mano de Elena ni un segundo. Ella se acercó a él, limpió el polvo de su rostro y le dijo que no se durmiera, que tenía que resistir. Sabían que cualquier movimiento brusco podría hacer que el resto del edificio se viniera abajo, y que el aire empezaría a faltarles muy pronto.
Mientras esperaban, abrazados en un rincón protegido por una pared de ladrillo, hablaron de todo lo que habían vivido: de aquel primer día en la oficina cuando se odiaban sin conocerse, de las notas frías y las discusiones por cada detalle, de los secretos que los separaron y del amor que nació justo cuando creían que no tenían nada en común.
—Pensé que mi mayor enemigo eras tú —dijo Mateo muy bajo, apretando su mano—, y resultó que tú eras la única persona en la que podía confiar. Si salimos de aquí, no habrá más secretos, ni más muros, ni más miedos. Construiremos todo lo que queramos, juntos.
—Saldremos —respondió ella con voz firme, aunque tenía lágrimas en los ojos—. Porque lo nuestro es más fuerte que cualquier pared que quieran derribar, y tenemos mucho que hacer todavía.
Pasaron horas que parecieron años, hasta que escucharon golpes y voces al otro lado de los escombros: era el padre de Elena, que había llegado con la policía y equipos de rescate especializados. Pero justo cuando estaban a punto de abrir el paso hasta ellos, se escuchó un estruendo final, y todo quedó en silencio absoluto.