Cuando Elena despertó, estaba en una habitación de hospital, con su padre y Sofía durmiendo en sillas al lado de su cama. Al preguntar por Mateo, corrieron a decirle que estaba bien: tenía la pierna derecha fracturada y muchos golpes, pero estaba fuera de peligro. Elías había sido encontrado inconsciente entre los escombros, con lesiones graves, y fue detenido en cuanto recuperó el conocimiento: esta vez no había escapatoria, y pasaría el resto de su vida en prisión.
Las pruebas que habían rescatado eran irrefutables. La justicia limpió el nombre de los padres de Mateo, que habían sido injustamente tachados de socios corruptos, y también el nombre del padre de Elena, que ya no tenía que esconderse ni un día más. La escritura falsa de Elías fue anulada, la empresa volvió a estar bajo la dirección de quienes la habían construido con esfuerzo, y el proyecto del centro cultural fue declarado de interés nacional, por lo que nadie podría detenerlo ni modificarlo sin el consentimiento de la comunidad.
Pasaron los meses de recuperación, los trabajos avanzaron rápido, y llegó el día de la inauguración. El edificio brillaba bajo el sol, con fachadas de vidrio que reflejaban la ciudad, espacios amplios para todos, tal como lo habían soñado desde el principio. Estaban allí todos: su familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos que habían seguido la historia. Al final de su discurso, Mateo pidió a Elena que se quedara con él en el centro del escenario, y todo el público guardó silencio.