—Todo empezó aquí mismo, con una nota fría en un correo electrónico, con una guerra por quién tenía la razón en un plano —dijo Mateo mirándola a los ojos, con la voz llena de emoción—. Pensé que mi mayor rival era la persona que acababa de llegar a mi oficina. Pero aprendí que mi mayor suerte fue encontrarte, incluso cuando nos peleábamos por todo, incluso cuando creímos que el pasado nos separaría para siempre. No hay obra, ni edificio, ni sueño que valga más que estar a tu lado.
Entonces sacó de su bolsillo un pequeño papel doblado con mucho cuidado: no era un plano de un edificio público, sino el diseño de una casa pequeña, con un jardín grande, un balcón que miraba hacia las montañas, y dos nombres escritos en el centro con su letra: Elena y Mateo. Se arrodilló delante de ella y le preguntó:
—¿Quieres construir este proyecto conmigo? ¿Quieres ser mi compañera, mi socia y mi amor para siempre?
Ella lloró de felicidad y dijo que sí, entre los aplausos de todos los presentes. Meses después, cuando firmaron los papeles de la casa, se detuvieron un momento a mirar el paisaje. Ya no había sombras, ni amenazas, ni secretos que los separaran. Habían convertido una rivalidad que parecía eterna en un amor que resistió todo, y habían construido mucho más que paredes y techos: habían construido su propio hogar, su paz y su futuro, juntos para siempre.