El sol apenas asomaba en el horizonte cuando Alex llegó al edificio. El eco de sus pasos rompía el silencio de los pasillos vacíos. Entró en su oficina, dejó el portafolio sobre el escritorio y se recostó en la silla, aún con el teléfono en mano. Su mirada se perdía en la pantalla, aunque su mente estaba en otro lugar.
Minutos después, Carlos apareció en el piso, irradiando su energía habitual. Caminaba con paso ligero, saludando con su tono jovial a quien se cruzara en su camino. Al pasar frente a la oficina de Alex, se asomó y le soltó:
—¿Madrugando, campeón?
Alex levantó la mirada y sonrió con ligereza.
—Alguien tiene que dar el ejemplo.
A media mañana, el sonido de una notificación interrumpió la rutina:
"Reunión general a las 11:00. Tema: Nuevos proyectos. Asistencia obligatoria."
Alex y Carlos intercambiaron miradas desde sus oficinas, como si se leyeran el pensamiento.
En la sala de juntas, el ambiente era formal, pero cargado de tensión. El jefe, con voz firme, explicó los objetivos y luego abrió el espacio para nuevas ideas.
Alex tomó la palabra primero, su tono sereno y seguro. Su exposición fluía con claridad, delineando su visión con precisión. Carlos, sin perder tiempo, recogió el guante y sumó su propio enfoque, enriqueciendo el debate con argumentos sólidos. Las miradas de los presentes iban y venían entre ambos, como si presenciaran un combate donde las palabras eran los puños.
Entonces, una voz interrumpió la tensión:
—Creo que la propuesta de Alex tiene potencial —intervino Taylor, con su tono firme pero amable—. Podría funcionar bien si ajustamos algunos detalles.
Las palabras golpearon a Carlos más que cualquier argumento. Su expresión se mantuvo impasible, pero por dentro, el orgullo le ardía.
Al concluir la reunión, Manuel se acercó, con esa chispa de humor que lo caracterizaba:
—¡Buen trabajo, chicos! Alex, no sabía que tenías esas ideas bajo la manga.
Alex, con una leve sonrisa, respondió:
—Solo trato de hacer lo mejor que puedo.
En ese momento, Taylor pasó junto a ellos y, en un gesto amistoso, golpeó suavemente el hombro de Alex.
—Buen trabajo, Alex —dijo con una sonrisa genuina.
Carlos observó la escena y sintió cómo algo se revolvía en su interior. No era solo por la reunión, sino por la forma en que Taylor miró a Alex... y la sonrisa de satisfacción que Alex esbozó al verla.
Un golpe sutil. Pero, para Carlos, uno que se sintió muy profundo.
Al regresar a sus oficinas, el sonido de los teclados y el zumbido suave del aire acondicionado llenaban el ambiente. Alex se concentraba en su trabajo cuando, de pronto, la puerta se abrió. El jefe entró, acompañado de Taylor, quien llevaba una libreta en mano.
—Vaya, qué sorpresa —dijo Alex, dejando a un lado los documentos y levantando la mirada.
El jefe, con su tono directo y decidido, fue al grano:
—Alex, tu idea gustó mucho. Los clientes están de acuerdo, y queremos adaptarla. Taylor te ayudará con los ajustes. Tú le pasarás los documentos y ella anotará lo necesario.
Taylor sonrió con naturalidad, levantando la pluma sobre su libreta.
—Estoy lista, tú me dices.
Mientras tanto, desde su oficina, Carlos observaba la escena. Sus ojos se fijaron en la figura del jefe y Taylor dentro de la oficina de Alex. Fue como un doble golpe al orgullo: primero la aprobación a la propuesta de su amigo, y luego, verla a ella allí, trabajando a su lado.
El jefe ajustó su traje y concluyó:
—Refinen esa idea y luego me la presentan. ¿Entendido?
—Por supuesto —respondió Alex, con seguridad.
—Claro que sí —añadió Taylor, anotando con rapidez.
El jefe asintió y salió de la oficina, dejando a Alex y Taylor solos para comenzar con el trabajo.
Desde su escritorio, Carlos apartó la mirada, apretando sutilmente la mandíbula. Sentía que la distancia entre él y Taylor, en lugar de acortarse, se ampliaba… y Alex estaba en medio.
Manuel apareció en la puerta, apoyándose con aire relajado en el marco y golpeando suavemente.
—¿Interrumpo algo? ¿O solo a Alex conquistando clientes… y otras cosas? —dijo, con esa sonrisa traviesa que lo caracterizaba.
Alex levantó la mirada con una media sonrisa.
—Solo trabajo en equipo, Manuel. Nada más… por ahora.
Taylor, divertida, giró hacia Manuel.
—Ya sabes cómo es Alex, siempre tan… dedicado.
Manuel alzó una ceja.
—Vaya, vaya… No sabía que también dabas clases de modestia, Alex.
Alex soltó una leve carcajada.
—Lo intento, pero parece que no me sale bien.
Desde el pasillo, Carlos escuchaba la conversación. El tono ligero, las risas… Todo le sonaba como una broma privada en la que él no estaba invitado. Dio un paso adelante, asomándose con una sonrisa que ocultaba su incomodidad.
—¿Qué pasa, Manuel? ¿Organizando un club social aquí?
Manuel, sin perder su tono juguetón, lo invitó con un gesto:
—¡Carlos! Justo a tiempo. ¿No vienes a sumarte a la fiesta?
Carlos, manteniendo su mirada en Alex por un segundo, respondió con una sonrisa tensa:
—No, gracias. No soy muy de… equipos. Prefiero ganar solo.
Taylor, captando el doble sentido, dejó su libreta a un lado y, con tono ligero, comentó:
—Vaya, parece que hoy estamos todos competitivos.
Alex, sin apartar la vista de Carlos, respondió:
—Siempre, Taylor. Solo que algunos competimos trabajando, no mirando desde la puerta.
Un breve silencio cargado flotó en el aire, apenas roto por la presencia relajada de Manuel, quien, divertido, murmuró para sí.
—Esto se está poniendo interesante…
Con una última mirada, Carlos dio media vuelta y se marchó. Manuel, aún en la puerta, miró a Alex y a Taylor con una sonrisa.
—Bueno, yo solo venía a ver si querían un café… pero esto estuvo más entretenido.
Alex se recostó en su silla y, con tono ligero, dijo: