Desde ese día que golpeó sus bolas, nada fue igual...
Odiaba que sus pensamientos volvieran a él con demasiada frecuencia.
—Todos siguen hablando del rodillazo...—Musito Raquel en el salón—Creen que tuviste algo que ver con Bianchi...
—A la gente le encanta el chisme.
—Tu le diste de que hablar.
—Pero si yo no hice nada, solo estaba leyendo, lo que pasa es que ese infeliz me quiere agarrar de su puerquito, no se lo voy a permitir.
—No le des tanta importancia, los rumores aquí pueden jugar en contra de nosotras, somos becadas, necesitamos las cartas de recomendación.
—Es verdad, no estoy pensando con claridad.
—Con lo bueno que está hasta a mí me haría perder la razón.
—No te creas, eso que vez es el cascarón, por dentro está podrido...
Toda la semana Thiago evitó hablarle… pero no evitó mirarla a la distancia. En clase. En el comedor. En el patio, incluso en educación física, siempre encontraba la forma de que sus miradas chocaran como si fuera un deporte secreto entre los dos, el juego se estaba tornando peligroso.
—Se están sacando chispas...—Comento Raquel sentada en las gradas mientras se bebía un sorbo de agua.
Thiago estaba en la pista de atletismo, en posicion de salida, cuando el profesor dio la señal salieron disparados los corredores.
Cómo siempre Thiago salió primero.
—Odio a ese sujeto, es tan arrogante, todo le sale bien, off ¿Quien se piensa que es? ¿Un dios griego?
—Podria ser Áres de tanto que le gusta la guerra como a ti, ya déjalo en paz y concéntrate en otra cosa.
El se apoyó sobre el hombro a un amigo y la observaba fijamente.
—Okeeey, claramente es una provocación...
Valentina, estúpidamente, le devolvío el desafío.
El sonrió y se marchó rumbo a los cambiadores.
***
Valentina caminaba por los extensos pasillos los cuales se alumbraban repetidamente por los refucilos.
Abrió el WhatsApp y le mando un audio a Raquel.
—¿Donde te metiste? ¿Estás bien?.
Segundos más tardes le llegó un audio de su amiga, se oía que corría —Espérame... tengo un percance, maldita sea, me cago...me cayó mal algo del menú.
Valentina se detuvo y soltó una risita—Ven a la biblioteca después, te estoy esperando así hacemos la guía de estudio de historia juntas, nos llevará mucho tiempo.
La tormenta cayó sin aviso. El cielo se oscureció y el colegio entero quedó envuelto en un ruido constante de lluvia golpeando los ventanales.
La biblioteca estaba casi vacía.
Perfecta.
Necesitaba silencio...Concentración...Control.
Lo que no necesitaba era escuchar esa voz detrás de ella.
—¿Siempre huyes o solo cuando estoy yo? Te escabulles bien, niña rata.
No sé giro para verlo.
—No todo gira alrededor tuyo, Bianchi.
Sintió cómo dejaba su mochila sobre la mesa. Frente a ella.
Ella se pregunto y respondió mentalmente—¿Se va a sentar ahí? Claro que sí.
—¿Te molesta que esté acá? No me has sacado en toda la semana esa cara de pitbull muerto de hambre.
Ella entorno la vista—Me molesta que respires cerca, hazte un click y minimizate, troglodita.
Una pausa entre ambos, se podía sentir la tensión en el ambiente.
Después, esa risa baja tan característica de el; suave, potencialmente peligrosa si te agarra con la guardia baja.
—Qué violenta eres cuando intentas no sentir nada, evades muy bien cuando quieres.
Eso hizo que Valentina levantara la mirada.
Error.
Estaba inclinado hacia adelante, los antebrazos apoyados en la mesa, la camisa blanca del uniforme ligeramente arremangada. Las gotas de lluvia aún marcaban su cabello castaño; probablemente había corrido desde el campo de deportes.
Se veía… demasiado...
Demasiado real...para ser una fantasia...
Demasiado atractivo para alguien simple como ella.
—No intentes psicoanalizarme —murmuro.
—No hace falta, se te nota.
—¿Qué cosa?
Sostuvo su mirada sin parpadear.
—Que te altero hasta la más mínima célula que compone tu cuerpo.
Valentina sintió el calor subir por su cuello, el rubor en sus mejillas, el corazón galopando como un corcel indomable por el campo.
—No eres tan importante, te crees el centro del mundo, pero no de mí mundo.
Se levantó.
Rodeó la mesa.
Se detuvo a su lado.
Esa cercanía incomodaba, el corazón empezó a golpear como si quisiera delatarla.
—Entonces mírame y repítelo, dimelo en la cara, Valentina, tuviste la osadía de patearme las bolas, quiero que lo digas.
—Si te acercas juro que te las pateó de nuevo.
—Dilo, Valentina.
Lo hizo.
Se levantó también.
Ahora estában frente a frente; conectando sin filtros.
La biblioteca en silencio. La lluvia como único sonido de fondo. El mundo reducido a centímetros de distancia.
—No. Eres. Importante.
Cada palabra salió firme, como municion.
Pero su respiración no.
Sus ojos bajaron a sus labios.
Y ese gesto fue como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de Valentina.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Rojas? —su voz salió más grave— Que no me miras como si me odiaras...me miras de otra manera...una manera que conozco muy bien en las chicas...lo llaman...deseo
Tragó saliva.
—¿Y cómo te miro según tu? Creo que estás drogado para decir semejantes estupideces.
Se acercó.
Un paso.
Valentina no retrocedío, se plantó con ovarios titanicos frente a ese adonis.
—Como si estuvieras decidiendo si besarme o golpearme—El se mordió el labio inferior y sonrió ladinamente.
El aire desapareció.
Su mano se apoyó en la estantería detrás de Valentina. No la tocaba. Pero la encerraba y eso llevaba la tensión al límite.
Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Su perfume. Su respiración rozando su mejilla.
—Apártate —susurro.
—Obligame.
Siempre con ese maldito desafío.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando ¿Tu estás jugando?
Su mirada descendió otra vez a su boca.
Y esta vez ella también bajó la vista.
Fue involuntario.
Un segundo.
Pero suficiente.
—Dime que no quieres que te bese —murmuró.
Su corazón estaba al límite.
Su orgullo gritaba que lo apartara ¡Patea sus bolas!
Su cuerpo… no.
—No te atrevas.
Sonrió apenas.
—Eso no es un no.
Su mano bajó lentamente, sin tocarla, hasta quedar peligrosamente cerca de su cintura.
No tocaba.
Pero la anticipación era peor que cualquier contacto.
—Si cruzas esa línea —dijo con la voz temblando apenas—, no hay vuelta atrás.
Sus pupilas se oscurecieron.
—Tal vez, quiero cruzarla.
El trueno estalló afuera, hizo vibrar los ventanales.
Y en ese segundo de electricidad y ruido, su frente casi rozó la de ella.
Su mano subió instintivamente y se apoyó en su pecho.
Firme. Caliente. El latido fuerte bajo su palma.
Él se quedó inmóvil.
Esperando.
Desafiando.
Ella también estaba perpleja.
El silencio era una cuerda a punto de romperse.
Y cuando parecía que el mundo iba a inclinarse en una sola dirección...
—¿Qué hacen aquí?
La voz de la bibliotecaria los separó como un balde de agua fría.
Valentina se apartó de inmediato.
Thiago dio un paso atrás, pero no parecía avergonzado.
—Nada—respondió con naturalidad.
Ella recogío sus libros con manos que aún temblaban.
Cuando pasó junto a él para salir, susurró apenas, solo para ella.
—Esto recién empieza.
Y por primera vez desde que entro al Riverstone… ya no estaba tan segura de querer ganar esta guerra.
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Editado: 08.06.2026