El Riverstone amaba las galas.
Amaba las luces doradas, de colores,las familias influyentes ocupando las primeras filas, los discursos sobre excelencia y prestigio.
Valentina odiaba las galas.
Demasiada exposición.
Demasiadas miradas recordándole que ella estaba ahí por una firma en un papel que podía desaparecer en cualquier momento.
La tormenta del día anterior había dejado el aire pesado, húmedo. El salón principal brillaba bajo las lámparas de cristal. Valentina ajustó el blazer del uniforme formal mientras intentaba ignorar el murmullo elegante que la rodeaba.
—Te ves tensa, dura, como limón abandonado en el fondo de la heladera ¿Cómo? ¿La becada se siente insegura en eventos de esta clase?—Ese tono era altamente molesto.
No necesitaba girarse para saber quién era.
—No empieces, Bianchi, no estoy de humor.
Él estaba impecable. Cabello perfectamente peinado, postura relajada, manos en los bolsillos como si el mundo entero fuera una fiesta privada.
—Solo decía la verdad, ¿Toque una fibra sensible, Rojas?
—Guárdate tus observaciones, te vas al baño y te la metes ya sabes dónde.
—¿Te pone nerviosa estar frente a tanta gente importante? ¿O es un recordatorio de lo insignificante que eres?
Eso hizo que lo mirara.
—No. Me pone nerviosa depender de ellos.
Por un segundo, su expresión cambió.
Pero antes de que pudiera decir algo más, las luces del escenario se atenuaron.
El director comenzó su discurso habitual sobre excelencia académica, futuro brillante y el honor de pertenecer a Riverstone.
Valentina respiró hondo.
Un año más. Solo tenía que terminar el año.
Entonces ocurrió el desastre.
Las pantallas gigantes detrás del escenario parpadearon.
Un ruido extraño atravesó los parlantes.
El director se detuvo.
Un segundo después, apareció un video.
Su nombre en letras grandes.
VALENTINA ROJAS — BECADA.
Su estómago se desplomó.
El video mostraba imágenes del sistema de notas del colegio. Archivos editándose. Calificaciones cambiando. Una captura donde su promedio subía artificialmente.
Y luego una imagen de Valentina entrando a la sala de informática semanas atrás.
El murmullo se convirtió en un ruido ensordecedor.
—Eso no es real… —susurro.
El video estaba editado.
Manipulado.
Pero se veía demasiado convincente.
Las miradas comenzaron a clavarse en ella.
Susurros.
Señalamientos.
Una madre en primera fila negó con la cabeza con gesto indignado.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró Thiago a su lado.
Valentina no podía respirar.
—Yo no hice nada —Su voz salió rota.
Las pantallas se apagaron abruptamente.
El director pidió silencio, pero el daño ya estaba hecho.
El pecho de Valentina subía y bajaba con dificultad.
—Valentina… —Thiago dio un paso hacia ella.
Valentina retrocedio.
—¿Fuiste tú?
La pregunta salió antes de poder detenerla.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué?
—Ayer estabas en informática. Siempre estás cerca de todo. Conoces a todos.
Su expresión pasó de sorpresa a algo más oscuro.
—¿Crees que haría algo así?
—No sé qué harías.
Silencio.
Dolor.
Orgullo herido.
—Yo no necesito arruinar a nadie para sentirme superior —dijo con voz baja y firme.
Y por primera vez desde que lo conocío…
No sonó arrogante.
Sonó ofendido.
El director anunció que la situación sería investigada y pidió que los estudiantes regresaran a sus residencias.
Pero cuando intentó salir del salón, dos profesores la interceptaron.
—Valentina, el director quiere verte ahora.
Las miradas la siguieron todo el camino hasta la oficina.
Sentía el peso del juicio antes de que alguien dijera una sola palabra.
Cuando entró, Thiago ya estaba ahí.
Eso la desconcertó.
—Siéntense —ordenó el director con rostro severo.
Ambos se acomodaron frente al escritorio.
La tensión era casi tangible.
—El video fue proyectado desde el sistema central —comenzó el director—. Alguien con acceso interno.
—Yo no hice eso.
—Las imágenes muestran que estuviste en la sala de informática esa semana.
—Porque estudio ahí. Siempre estudio ahí.
El director giró la pantalla hacia ambos.
Otra imagen.
Thiago, esa misma noche, cerca del panel técnico del auditorio.
—Y usted, Bianchi, fue visto en la zona de control minutos antes del evento.
Thiago frunció el ceño.
—Fui a buscar a un compañero. Nada más.
El director juntó las manos.
—Hasta que descubramos la verdad, ambos quedan bajo investigación.
Valentina sintió que el mundo se caía ante ella.
—¿Qué significa eso para mi beca?
El silencio fue respuesta suficiente.
Sus manos comenzaron a temblar.
Valentina sentía que no podía perder todo por algo que no hizo.
—Además —continuó el director—, el Riverstone participará en la Competencia Nacional de Proyectos Académicos en un mes. Es crucial para nuestra reputación.
Thiago se tensó.
—¿Y?
—Ustedes dos liderarán el proyecto.
Valentina lo miró como si hubiera perdido la razón.
—¿Qué?
—Trabajarán juntos. Bajo supervisión. Hasta que se aclare la situación.
—Eso es absurdo —dijo molesta—. ¿Después de esto?
—Precisamente por esto. Si alguno de ustedes es responsable, la presión lo hará evidente.
Thiago se levantó apenas.
—¿Y si no lo somos?
El director sostuvo su mirada.
—Entonces demostrarán que el Riverstone no comete errores al elegir a sus estudiantes.
Salieron de la oficina en silencio.
El pasillo estaba vacío.
Pesado.
Cuando cruzaron la puerta principal, Valentina se detuvo.
—Si hiciste esto para humillarme…
Él se giró bruscamente.
—¿De verdad sigues creyendo eso?
—No confío en ti.
Sus pasos acortaron la distancia entre ambos.
No había suavidad ahora.
Había fuego en su mirada
—Y yo no confío en nadie que me mire como si ya hubiera decidido que soy el villano.
Su mandíbula estaba tensa.
La de Valentina también.
—Si pierdo mi beca —susurro—, mi familia no puede pagar este lugar, entiende, esto es grave para mí, no es un juego.
Sus ojos vacilaron.
Por primera vez.
—Si me expulsan —dijo él en voz baja—, mi padre me manda fuera del país. Sin discusión.
Eso no lo sabía.
Y algo en su tono demostraba que no era amenaza.
Era verdad.
Se quedaron mirándose en el pasillo vacío.
Ya no era solo tensión.
Era peligro compartido.
—Entonces alguien quiere hundirnos a los dos —murmuró.
Tragó saliva.
—Y ahora estamos atados.
Su mirada descendió apenas a sus labios otra vez.
Pero esta vez no había juego.
Había intensidad cruda.
—Si voy a estar atado a ti, Valentina —dijo con voz grave—, más vale que empieces a confiar en mí.
Su corazón latía demasiado fuerte.
Demasiado cerca.
Demasiado todo.
—No confundas necesidad con confianza, Bianchi.
Sus labios se curvaron apenas.
—Eso lo veremos.
Y en ese instante Valentina entendío algo aterrador:
El odio era fácil.
Pero trabajar juntos…
Iba a ser inevitable.
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Editado: 08.06.2026