Riverstone

Capitulo 4

La sala de proyectos estaba en el ala norte del colegio.
Aislada. Silenciosa. Demasiado perfecta para una condena compartida.
Valentina llegó diez minutos antes, si algo la destacaba era su puntualidad.
No porque quisiera verlo a el.
Porque necesitaba demostrar que se tomaba esto en serio.
La puerta se abrió justo cuando apoyaba sus apuntes sobre la mesa.
—Puntual. Como siempre.
No levantó la vista.
—No todos podemos darnos el lujo de improvisar.
Cerró la puerta detrás de él.
El sonido resonó más de lo normal.
—Relájate, Rojas. No vine a sabotearte.
—Perdona si no me tranquiliza tu historial en este colegio.
Silencio.
Sintió su mirada sobre ella antes de atreverse a alzar la vista.
Estaba sin blazer. Solo la camisa blanca del uniforme, las mangas arremangadas. El cabello ligeramente desordenado. Más humano. Menos intocable.
Más peligroso.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Propuesta de proyecto —dijo—. Si vamos a hacer esto, hagámoslo bien.
Eso la tomó por sorpresa.
—¿Ya pensaste algo?
—Sí. ¿Te sorprende que use el cerebro? No solo soy bueno en deportes...
—Me sorprende que lo uses para algo que no sea ganar partidos.
Una chispa cruzó su expresión.
Pero no respondió con burla.
Se sentó frente a ella.
Las rodillas casi rozándose bajo la mesa.
—Competencia nacional. Necesitan algo innovador. Algo que combine impacto social y tecnología —explicó con voz firme—. Pensé en un sistema de tutorías digitales para estudiantes de bajos recursos.
Su cuerpo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Una plataforma donde alumnos con alto rendimiento puedan dar clases virtuales a chicos que no pueden pagar apoyo escolar.
Parpadeé.
—¿Por qué elegirías eso?
Sus ojos no se apartaron de los suyos.
—Porque no todos nacimos con todo servido.
El aire cambió.
No había ironía.
No había superioridad.
Había algo más profundo.
—Eso lo dije yo.
—Lo sé.
Silencio.
Demasiado silencio.
—No entiendo —murmuro—. Pensé que…
—¿Que no me importa nadie que no esté en mi círculo perfecto?
No respondió.
Porque sí.
Eso pensaba, que los becados para el era como el polvo de sus suelas.
Se inclinó hacia adelante.
—Mi madre daba clases en una escuela pública antes de casarse con mi padre. —Su voz bajó apenas—. No todo en mi vida es un trofeo.
Eso la descolocó.
Nunca hablaba de su familia.
Nunca hablaba en serio.
—¿Por qué me dices eso?
Sus ojos se suavizaron… solo un poco.
—Porque estoy cansado de que me mires como si ya supieras quién soy, no sabes nada.
Su pecho se apretó.
—Y yo estoy cansada de que todos piensen que no merezco estar aquí, cuando me he ganado a pulso mí lugar, mientras otros viven romances, fiestas, viajes, yo he estado mañana tarde y noche sentada en mí habitación leyendo uno tras otro los libros de nuestro plan de estudio, para ser la mejor, soy la mejor, y ser la número uno no es nada fácil, cuando tengo la presión sobre mí espalda de si o si ser exitosa y sacar a mí familia de la pobreza, mí familia espera lo mejor de mí, no tengo permitido fallar, no para mí.
Ambos se miraron.
Sin gritos.
Sin sarcasmo.
Solo verdad cruda.
El silencio se volvió denso otra vez, pero diferente.
Más vulnerable.
Más peligroso.
Thiago rompió la distancia apoyando las manos sobre la mesa.
—Mírame, Valentina.
Ella ya lo estaba haciendo.
—Si hubiera querido arruinarte, no lo habría hecho así.
Su voz era firme.
Convincente.
—¿Y cómo lo habrías hecho?
Una sonrisa mínima apareció en su boca.
—De una forma en la que no pudiera ayudarte después, tengo el poder, las conexiones, mí padre es un donante mensual de este colegio, si hubiera querido te hubiera aniquilado en un parpadeo y hubieras salido volando como un cohete de este lugar para no verte nunca más.
Su respiración se alteró.
—No necesito tu ayuda.
Se levantó.
Rodeó la mesa.
Su corazón empezó a latir demasiado rápido.
Se detuvo frente a ella.
Cerca.
Otra vez demasiado cerca, esa cercanía que te sacaba del eje...
—Tal vez no —dijo en voz baja—. Pero me necesitas como aliado.
Su mano apoyada en el respaldo de su silla la dejó atrapada sin tocarla.
Otra vez esa maldita estrategia.
—No confundas esto con confianza.
—No lo hago.
Se inclinó apenas.
Su espalda tocó la silla.
—Confianza es cuando dejas de tensarte cada vez que me acerco.
Su respiración se volvió traicionera.
—No estoy tensa.
Sus ojos descendieron a su cuello.
A su boca.
—Tu pulso dice otra cosa.
Antes de que pudiera pensar, su mano rozó su muñeca.
Solo la yema de sus dedos.
Pero fue suficiente.
Un choque eléctrico recorrió su brazo.
Se detuvo.
Esperando que lo apartara.
No lo hizo.
Error.
Su pulgar presionó apenas el interior de su muñeca.
Sentía su propio latido bajo su tacto.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Su voz había cambiado.
Más grave.
Más real.
Más peligrosa.
El espacio entre ambos se redujo a centímetros.
Podía contar las pestañas que enmarcaban sus ojos.
Si avanzaba un poco más…
—Si cruzas esa línea —dijo con el último hilo de orgullo que le quedaba— esto deja de ser odio.
Sus pupilas se oscurecieron.
—Tal vez nunca fue odio.
El aire desapareció.
Su mano subió instintivamente a su pecho otra vez.
Firme.
Caliente.
Latía tan rápido como el de ella
Se quedaron así.
Respiración contra respiración.
Sin testigos.
Sin interrupciones.
Y esta vez nadie iba a salvarlos.
Sus labios descendieron lentamente hacia los de Alma.
Y se detuvo.
A un suspiro de distancia.
—Dime que pare y esa línea que mencionas se convierte en historia —murmuró.
Su mente gritaba que sí.
Su cuerpo decía otra cosa.
—Trabajemos en el proyecto —respondío, apenas audible.
Una sonrisa lenta apareció en su boca.
No era victoria.
Era promesa.
Se apartó despacio.
Demasiado despacio.
—Bien, socia.
Socia.
La palabra le recorrió como una advertencia.
Porque ahora no solo estában atados por un escándalo.
Estábamos atados por algo mucho más peligroso.
La posibilidad de que el enemigo empezara a sentirse como refugio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.