Riverstone

Capitulo 7

El beso fue un error.
Eso repitió toda la noche.
Un error impulsivo. Una descarga de tensión. Nada más.
Pero su cuerpo no cooperaba con esa versión, para nada lo hacía
Todavía sentía sus manos en su cintura. Su respiración mezclada con la suya. La forma en que dijo su nombre… como si no fuera un desafío, sino algo que quería cuidar.
Y eso era lo que más miedo le daba.
Al día siguiente, el colegio estaba más silencioso de lo normal.
Demasiado atento.
Los rumores sobre la cuenta vinculada a la familia Greitell habían corrido rápido. Nadie decía nada en voz alta, pero las miradas cambiaban de dirección cuando pasában.
Porque ahora no era solo el video.
Era ellos.
Thiago entró al aula de Historia como si nada pudiera tocarlo. Seguro. Impecable. Intocable.
Ella odió que eso la tranquilizara.
Se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Buenos días, socia.
No lo miró.
—No me digas así en público.
—¿Por qué? ¿Te incomoda que sepan que trabajamos juntos?
—Me incomoda que todo el mundo mire.
Él se inclinó apenas hacia ella.
—Siempre te miran.
—No así.
Su rodilla rozó la de ella bajo el pupitre.
No fue accidente.
Su respiración se alteró.
—Tranquila —murmuró—. No voy a besarte en clase.
El calor subió directo a sus mejillas.
—Cállate.
Una risa baja escapó de su garganta.
Y fue justo en ese momento cuando la puerta del aula se abrió.
Lidia.
No llevaba uniforme formal esa mañana. Solo el blazer sobre los hombros como si fuera un accesorio más. Caminó con seguridad hasta detenerse frente al pupitre.
—¿Podemos hablar? —Le dijo.
No a él.
A ella.
Sintió el aula entera tensarse.
Se levantó sin decir nada.
Salieron al pasillo.
El silencio fue más frío que cualquier insulto.
Lidia cruzó los brazos.
—No te voy a rodear con cortesías.
—Te lo agradezco.
Sus labios se curvaron apenas.
—No sabes en qué te estás metiendo.
—Si vienes a advertirme sobre el video, llegas tarde.
—No hablo del video.
Eso la descolocó.
—Entonces ¿de qué?
Su mirada se endureció.
—Thiago no es un juego que puedas ganar.
Su pulso se aceleró.
—No estoy jugando.
—Todos juegan en este colegio.
Se acercó un paso.
—Su padre ya sabe que están trabajando juntos. Y no está feliz.
Eso fue un golpe directo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Tiene que ver con que las cosas aquí funcionan de cierta manera. Familias con influencia. Alianzas. Futuro asegurado.
Entendió antes de que lo dijera.
—¿Un compromiso?
No respondió.
No hacía falta.
Su estómago se cerró.
—Eso no es asunto mío.
—Lo será cuando decidan que eres una distracción.
Las palabras fueron suaves.
Pero crueles.
—No soy una distracción —respondío firme.
—No. Eres un riesgo.
Silencio.
Frío.
Preciso.
—Y cuando algo representa un riesgo para una familia como la de los Bianchi… desaparece.
Sintió el golpe en el pecho.
No porque le creyera del todo.
Sino porque sabía que en este mundo ese tipo de cosas eran posibles.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy aconsejando.
Sus ojos bajaron un segundo hacia su boca.
—No te encariñes con algo que no está hecho para durar.
Y se fue.
Se quedó sola en el pasillo.
Respirando con dificultad.
¿Compromiso?
¿Alianzas?
¿Distracción?
El beso volvió a su mente.
Su voz.
Su forma de mirarla.
¿Había sido solo impulso?
¿O estaba siendo ingenua?
—Valentina.
Su voz detrás de ella la hizo girar.
Thiago.
Preocupado.
No arrogante.
No provocador.
Preocupado.
—¿Qué te dijo?
—Nada importante.
Mentira.
Se acercó.
—No me mientas.
—No tienes derecho a exigirme nada.
Eso lo detuvo.
—¿Qué pasó?
Lo miró.
De verdad lo miró.
Y por primera vez, vio algo que no había querido ver antes.
Presión.
Cansancio.
Algo más grande que él.
—¿Estás comprometido?
El silencio que siguió fue demasiado largo.
Demasiado revelador.
—No es así de simple.
Sintió el golpe como si la hubieran empujado.
—Entonces es verdad.
—Valentina, escúchame.
—No necesito escuchar nada.
Se apartó.
Pero él la sujetó suavemente del brazo.
No fuerte.
No posesivo.
Desesperado.
—No elegí eso.
—Pero tampoco lo negaste.
Sus ojos se oscurecieron.
—Mi padre planea cosas. Yo no siempre estoy de acuerdo.
—Pero sigues aquí.
Esa fue la herida.
La real.
Soltó su brazo lentamente.
—No soy libre como crees.
—Yo tampoco.
El silencio entre ambos ya no era eléctrico.
Era doloroso.
—Lo que pasó ayer… —empezó.
—Fue un error.
Lo dijo esta vez.
Firme.
Necesario.
Algo en su expresión se quebró apenas.
Pero no discutió.
—Si eso es lo que necesitas pensar.
Dio un paso atrás.
Distancia real esta vez.
—Tenemos que terminar el proyecto.
Ella asintió.
Profesional.
Fría.
Segura.
Como si no sintiera nada.
Pero cuando se dio la vuelta y caminó hacia el aula sin mirarla…
Sintió algo que no había sentido ni siquiera con el video.
Miedo.
No de perder la beca.
Sino de haber empezado a querer algo que nunca iba a pertenecerle.




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