Valentina decidió que lo mejor era distancia.
Distancia física.
Distancia emocional.
Distancia de todo lo que tuviera que ver con Thiago Bianchi.
Era fácil en teoría.
En la práctica… era imposible.
Porque el colegio parecía disfrutar viéndolos en la misma habitación.
En la biblioteca.
En la sala de proyectos.
En los pasillos.
Siempre cerca.
Siempre demasiado visibles.
Esa mañana, mientras caminaba hacia el aula, noto algo diferente.
Susurros.
Miradas más intensas de lo normal.
Un grupo de chicas dejó de hablar apenas paso junto a ellas.
Su estómago se tensó.
Algo no estaba bien.
Entró al aula y lo vio.
Thiago estaba de pie junto a su pupitre, mandíbula tensa, celular en la mano.
Y todos los miraban.
—¿Qué pasó? —pregunto en voz baja al sentarse.
Él no respondió.
Solo giró el teléfono hacia ella.
Y el mundo se inclinó.
Una foto.
Granulada.
Lejana.
Pero inconfundible.
Ellos en la sala de proyectos.
Su mano en su cintura.
Los dedos de ella en su camisa.
Los labios a milímetros… y en otra toma, claramente besandose.
Su pecho se vació de aire.
—¿Quién…?
—Se filtró hace diez minutos —dijo él con voz controlada—. Grupo general del colegio.
Su nombre aparecía debajo de la imagen.
“De becada ejemplar a oportunista.”
Las palabras quemaban más que la foto.
—Esto es una locura… —susurro.
—Lo hicieron a propósito.
Claro que lo hicieron.
Primero el video.
Ahora esto.
No era casualidad.
Era una estrategia.
La profesora entró al aula y el murmullo bajó, pero no desapareció.
Podía sentir cada mirada clavándose en su espalda.
Cada juicio silencioso.
Cada pensamiento no dicho.
Oportunista.
Interesada.
Escalando socialmente.
Tragó saliva.
—No me mires así —murmuro sin apartar la vista del frente.
—¿Así cómo? —respondió él en voz baja.
—Como si fueras a hacer algo.
Silencio.
Su rodilla rozó la de ella debajo del pupitre.
—Voy a hacer algo.
—No, no lo hagas.
—No voy a dejar que te destruyan.
La palabra la golpeó.
Destruyan.
Porque eso era lo que estaban intentando.
En el recreo, el pasillo parecía una pasarela de juicios.
Lidia estaba apoyada contra los lockers cuando salieron del aula.
Sonriendo apenas.
—Qué rápido evolucionan las alianzas —comentó al pasar.
Thiago se detuvo.
—¿Fuiste tú?
Ella levantó una ceja.
—¿Crees que soy tan descuidada?
No lo negó.
Pero tampoco lo admitió.
—Esto no te va a salir gratis —dijo él con voz baja.
—Nada en este colegio es gratis.
Sus ojos se clavaron en Alma.
—Especialmente para algunas personas.
Eso fue suficiente.
—Basta —dijo antes de que él reaccionara.
No quería una escena.
No más combustible.
Lidia se acercó un paso más.
—Te advertí que no te encariñaras.
Su orgullo se levantó como un escudo.
—No estoy encariñada.
El silencio que siguió fue peligroso.
Porque no solo Lidia lo escuchó.
Thiago también.
Su expresión cambió.
Apenas.
Pero lo vio.
Dolor contenido.
Lidia sonrió.
—Entonces esto no debería afectarte.
Y se fue.
El pasillo volvió a llenarse de ruido.
Valentina respiro hondo.
—Tenías razón —dijo sin mirarlo.
—¿Sobre qué?
—Esto fue un error.
—No lo fue.
Lo miro por fin.
—Ahora sí lo es.
Sus ojos estaban más oscuros que nunca.
—¿Vas a fingir que no pasó nada?
—Voy a proteger lo único que realmente me importa.
—¿Y qué es eso?
—Mi beca. Mi futuro. Mi familia.
Silencio.
Crudo.
—¿Y yo dónde quedo? —preguntó en voz baja.
La pregunta lo atravesó.
Porque no era arrogante.
Era real.
—No quedas —respondío, obligándolo a sostener su mirada.
Algo se quebró.
Visible.
Doloroso.
Dio un paso atrás.
—Entendido.
No discutió.
No insistió.
Eso dolió más.
—Terminaré mi parte del proyecto —dijo con tono firme—. Profesionalmente.
Profesionalmente.
La palabra cayó como una sentencia.
Y cuando se alejó por el pasillo, esta vez sin buscarla con la mirada…
Entendió que el verdadero peligro no era
Lidia.
Ni su padre.
Ni los rumores.
Era esto.
Que por protegerse… lo estuviera perdiendo.
Y no estaba segura de cuál de las dos cosas dolía más.
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Editado: 08.06.2026