Valentina nunca pensó que terminaría sentada en un café del centro esperando a una periodista.
Mucho menos por algo así.
El lugar era discreto. Nada elegante. Nada que llamara la atención.
Thiago insistió en que fuera lejos del colegio.
—¿Estás segura? —Le preguntó por quinta vez.
—No —respondío sincera —. Pero quedarme quieta tampoco me protege.
Él asintió.
Y por primera vez no parecía el chico rico que todo lo controla.
Parecía alguien que estaba aprendiendo a perder privilegios.
La puerta del café se abrió.
Una mujer de unos treinta y tantos, cabello recogido, mirada observadora, entró y los ubicó de inmediato.
—Thiago Bianchi —dijo, sentándose sin rodeos—. Si esto es una broma, me voy.
—No lo es —respondió él con firmeza.
La periodista se presentó como Laura Medina.
Trabajaba en un medio digital independiente conocido por exponer corrupción empresarial.
—Tienen cinco minutos para convencerme —dijo.
Thiago deslizó el sobre con las capturas.
Ella lo revisó en silencio.
Su expresión cambió apenas leyó el nombre de la fundación.
—Esto es delicado —murmuró.
—Es real —dijo—. Y no es casual.
Laura levantó la vista hacia Valentina.
—Si publico algo así, no solo afecto a un empresario. Estoy señalando indirectamente a un senador en funciones.
—Lo sabemos —respondió Thiago.
—¿Y están preparados para lo que viene después?
Silencio.
Porque no.
No lo estában
—Necesito más que una IP —continuó ella—. Necesito trazabilidad completa, fechas, registros internos, y alguien dispuesto a hablar bajo identidad protegida.
Thiago y ella se miraron.
Eso significaba entrar más profundo.
Más ilegal.
Más peligroso.
—Dénme cuarenta y ocho horas —dijo finalmente—. Si consiguen algo sólido, lo evaluamos.
Se levantó sin despedirse.
Y en cuanto salió, el aire pareció más pesado.
—Esto ya no tiene vuelta atrás —susurro Valentina.
Thiago la miró.
—Nunca la tuvo.
***
El problema no era conseguir más pruebas.
El problema era que alguien ya sabía.
Esa noche, al llegar a casa, su padre lo esperaba en el estudio.
Demasiado tranquilo.
—El encargado de sistemas reportó un acceso irregular al servidor —dijo sin mirarlo mientras se venía un trago de whisky—. Desde una de las computadoras administrativas.
No respondió.
—Qué curioso que haya ocurrido justo después de la gala.
Silencio.
—¿Sabes algo al respecto?
Lo miró directamente.
—Tal vez el colegio debería preguntarse por qué alguien externo tuvo acceso administrativo el día del video.
Sus ojos se endurecieron.
—Estás jugando con fuego.
—No fui yo quien lo encendió.
Se acercó despacio.
—Escúchame bien, Thiago. Si esto escala, no solo afectará a esa chica. Nos afectará a todos.
—Ya lo hizo.
Su mandíbula se tensó.
—Si sigues por este camino, vas a obligarme a tomar medidas que no te van a gustar...no estoy jugando.
No era una advertencia vacía.
Era una promesa.
***
Valentina esa noche recibió un mensaje desconocido.
Número privado.
“Deja de investigar. Aún puedes conservar lo que tienes.”
Su corazón se detuvo.
No era una amenaza directa.
Era peor.
Era vigilancia.
Miró por la ventana de su habitación.
La calle estaba normal. Tranquila.
Pero por primera vez no se sintió segura.
Llamó a Thiago.
—Ya empezaron —le dijo en cuanto atendió.
Silencio del otro lado.
Luego su voz, baja y firme:
—Entonces significa que estamos cerca.
Eso debería haberla tranquilizado.
Pero solo confirmó algo aterrador.
No estában imaginando enemigos.
Los estaban observando.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 08.06.2026