Rocío, la Institutriz y el insoportable Damián Mosquera.

Capítulo 1

El camino era un auténtico examen de resistencia para los amortiguadores y para la columna de Rocío. Solo el acolchado de cuero del coche impedía que saliera despedida contra su compañera de asiento cada vez que el chófer decidía que una curva cerrada era el lugar ideal para probar la fuerza centrífuga. Fuera, Tenerife se desplegaba como un filtro de Instagram de lujo: buganvillas explotando en fucsia sobre muros de piedra volcánica, viñedos que desafiaban la gravedad y ese aire de "aquí el tiempo se detuvo porque no tenía conexión Wi-Fi".

Imaginarse la isla mientras leía folletos en su piso de Madrid no tenía nada que ver con esto. Ni siquiera las descripciones hiperbólicas de Lola —amiga de la familia y guía turística no oficial del trayecto— la habían preparado para el impacto de la luz canaria.

Lola, que hablaba a una velocidad que debería ser ilegal en zonas residenciales, no paraba de enumerar las maravillas de la residencia oficial de Damián Mosquera. Ella y su hermano, un pintor que probablemente vivía de "la luz y el aire", residían cerca de la mansión de Damián y eran habituales en sus cenas. Lola, claramente, pertenecía al club de fans incondicionales del jefe.

—Nos invitan a cenar constantemente —decía Lola, jugueteando con un guante negro como si estuviera en una película de espías—. Se organizan recepciones llenas de gente estirada que aterriza en sus jets privados solo para que Damián les dé el visto bueno. Es todo muy... exclusivo.

Lola hizo una pausa dramática, lanzándole a Rocío una mirada que analizaba su sencillo traje gris perla como si fuera una mancha en un cuadro de Velázquez.

—A veces Damián puede parecer un poco... distante. Pero es lo que tiene ser el dueño de medio archipiélago, supongo.

Rocío arqueó una ceja, aferrando su bolso con una fuerza que delataba sus nervios.

—Por cierto —añadió Lola—, aquí en la isla pareces todavía más rubia. Casi exótica. Y, sinceramente, no pareces mucho mayor que Bianca.

—Te aseguro que le saco exactamente cinco años a mi futura alumna —respondió Rocío con una sonrisa tensa.

Genial. Primer día y ya la confundían con una adolescente. En Tenerife, con su piel clara y ese pelo que el sol prometía convertir en rubio ceniza, iba a destacar tanto como un pingüino en un spa. Rocío solo esperaba que su "madurez" fuera suficiente para sobrevivir a una adolescente de quince años y, sobre todo, al ego de su padre.

—¡Entonces tienes veinte años! —exclamó Lola, con los ojos brillando más que el sol de mediodía sobre el asfalto—. Sé que Damián le comentó a mi hermano Dacio que esperaba contratar a una mujer «sensata» para encargarse de Bianca. ¡Sensata! —Lola soltó una carcajada que casi hace que el chófer pierda el control del coche—. A los veinte años es biológicamente imposible ser sensata, a menos que estés casada y te hayan lobotomizado. ¿Sabes que los hombres por aquí todavía esperan que sus esposas sean pilares de sensatez y sensibilidad?

—Creo que la mayoría de los hombres en el planeta esperan eso —contestó Rocío con una pizca de ironía—. Otra cosa es que sus sueños sobrevivan al contacto con la realidad. ¿Y qué tal es su esposa? Supongo que será espectacular.

—Era espectacular —la risa de Lola se evaporó al instante—. ¿No lo sabías? ¿Damián no te mencionó en su correo que Bianca es huérfana de madre?

Rocío sintió que se le cortaba la respiración. Se quedó procesando la información mientras el coche sorteaba un bache. Jamás se le pasó por la cabeza que el todopoderoso Damián Mosquera fuera viudo. En su mente, se había imaginado a una anfitriona perfecta, una mujer tan ocupada organizando galas benéficas y eventos sociales que simplemente no tenía tiempo para pulir la educación de Bianca. En la oferta de trabajo solo mencionaban que Bianca había estado en un internado, pero que echaba tanto de menos Tenerife que su padre había decidido traerla de vuelta y contratar a una tutora. «Claro —pensó Rocío—, siendo un hombre tan protector y conservador, no iba a dejar a su joya en manos de un profesor particular masculino».

—Uno da por sentadas demasiadas cosas —murmuró Rocío, sintiendo una punzada de culpa por sus prejuicios—. Qué palo para él y para la niña. ¿Hace mucho que pasó?

—Cuando Bianca tenía nueve años —respondió Lola con un tono inusualmente serio.

Rocío miró por la ventana. De repente, la figura del "arrogante Damián" ganaba una capa de complejidad que no le gustaba nada. Era mucho más fácil odiar a un millonario egocéntrico que a un viudo que intentaba criar a su hija solo en una isla privada.

—Ahora entiendo por qué aceptó que estudiara en la isla. Perder a su madre a esa edad... —Rocío dejó la frase en el aire, mirando las plataneras pasar.

—A veces puede ser muy considerado —Lola jugueteó con uno de sus pendientes de perla, recuperando su tono ligero—, pero no te confundas: también es un autócrata de manual. ¿Estás nerviosa?

—Bastante más que hace cinco minutos, la verdad —confesó Rocío—. Esperaba encontrarme con... ¿No hay ninguna mujer en la casa que mueva los hilos?

—Sí, su tía abuela, doña Consolación. Es el ama de llaves y se asegura de que el servicio no respire sin su permiso, pero no tiene voz ni voto en la educación de Bianca. Y sinceramente, dudo que te hubiera elegido a ti.

—¿Y por qué no? —Rocío se indignó. Se había pasado años estudiando psicología infantil y pedagogía moderna—. Tengo un máster en educación y hablo tres idiomas. Fue mi currículum lo que impresionó a Damián, según su correo.




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