Rocío, la Institutriz y el insoportable Damián Mosquera.

Capítulo 3

La segunda semana en el palacio había comenzado, y Rocío ya se había rendido al hechizo de la isla. Cada mañana, el sol de Tenerife entraba por su ventana con una promesa de luz que en Madrid sería un milagro. Disfrutaba del desayuno en el balcón, servido por una joven asistenta, mientras observaba con cierta envidia su propia piel pálida. Deseaba broncearse; se sentía casi extranjera —más de lo que ya era— cuando paseaba con Bianca y notaba las miradas de los lugareños, cuyos rostros estaban tallados por el sol y el salitre.

Su balcón era un palco privado hacia el pasado. Daba a la parte vieja del jardín, un refugio de flores de loto y estanques donde las ranas marcaban el ritmo de las noches. A lo lejos, las montañas recordaban a paisajes más fríos, pero en "Voces del Mar" la primavera era una estación eterna. Rocío comprendió que siempre había buscado esto: un lugar donde la belleza no estuviera asfixiada por el humo, el tráfico o las prisas de la gente. Aquí, el tiempo se estiraba, cálido y sensual. Durante la tarde, cuando la isla se sumía en el silencio absoluto de la siesta y las persianas se cerraban como párpados pesados, Rocío encontraba su verdadera libertad.

Vestida con una falda marrón y una blusa blanca —su uniforme de "institutriz aceptable"—, terminaba sus panecillos con mermelada y su segunda taza de té. Doña Consolación compartía su gusto por el té, lo cual había sido un inesperado puente diplomático entre ambas. Rocío mantenía su cabello rígidamente recogido y su presencia era impecable durante las lecciones, pero en cuanto Bianca se retiraba a descansar, la verdadera Rocío emergía. Se soltaba el cabello, se deshacía de la timidez y bajaba a la playa privada del palacete. Allí, entre cuevas secretas y entradas de mar cristalino, corría descalza por la arena y dibujaba hasta que le dolían los dedos. Era su santuario.

Si el señor Mosquera tenía idea de que su "seria" institutriz se convertía en una criatura silvestre durante la hora de la siesta, no había dicho ni una palabra. Y si no lo aprobaba... bueno, Rocío ya había decidido que ese era un precio que estaba dispuesta a pagar. Bianca necesitaba su rutina, pero Rocío necesitaba el mar para no olvidar quién era realmente.

Terminado el desayuno, Rocío salió de su habitación. Al final del corredor se encontraba el salón de clases, un espacio que respiraba música: el piano estratégicamente colocado entre dos ventanales, los bancos con cojines y la mesa sepultada bajo partituras. La madre de Bianca había sido amiga de la célebre Irena Marcos, y el eco de esa amistad aún vibraba en la casa. Rocío recordaba a la diva de sus tiempos en Madrid, cuando Irena visitaba a su abuelo. Entonces, ella era solo una niña con uniforme de gimnasia mirando a una diosa de pelo negro; si se encontraran ahora, se mirarían de igual a igual, como dos mujeres que conocen bien el poder de su propia presencia.

Al ver que Bianca aún no había llegado, Rocío decidió aprovechar esos minutos de silencio y salió al jardín.

Vagó sin rumbo por los senderos, rodeada por el canto de los pájaros y el trabajo silencioso de los jardineros. Al doblar una esquina, el aroma a lavanda la envolvió justo antes de ver una figura descendiendo por la escalinata principal. Damián Mosquera, impecable en un traje de lino gris claro que resaltaba su porte aristocrático, se detuvo en seco al verla. Giró sobre sus talones y la miró de frente, con esa intensidad que siempre parecía un examen.

—Buenos días, señorita Bell. Veo que ha madrugado, como de costumbre. Le sobra energía, pero debería tener más cuidado, al menos hasta que esté aclimatada.

Rocío notó el matiz en su voz. Sabía perfectamente que se refería a su costumbre de saltarse la siesta. Como siempre que estaba frente a él, el deseo de desafiarle le recorrió la espalda.

—Estoy tan interesada en todo lo que me rodea que no necesito descansar, señor —respondió ella, sosteniendo la mirada.

—Excelente, me alegra muchísimo saber que no la aburrimos.

Damián dejó que sus ojos recorrieran la figura de Rocío con una lentitud deliberada. Por un segundo, ella sintió un vuelco en el corazón: ¿la habría visto en la playa? La sola idea de que él la hubiera observado en traje de baño, con el pelo enmarañado por el salitre y corriendo descalza entre las rocas, la hizo sentirse vulnerable. Él era tan pulcro, tan perfecto en su rigidez, que cualquier rastro de desorden sería, sin duda, motivo de su más absoluta desaprobación.

—Espero que ese interés —continuó él, dando un paso hacia ella— se mantenga cuando la rutina empiece a pesarle. Las flores de esta isla son hermosas, pero algunas tienen espinas que solo se notan cuando uno intenta tomarlas. —dijo Damián, y después cambiando de tema añadió——Espero que mi hija sea una buena alumna. Estos días no parece estar tan seria; mi tía me cuenta que frecuentemente las escucha reírse juntas.

—Sí, señor, pero no perdemos el tiempo. Estamos leyendo las obras de Molière, y tendrá usted que reconocer...

—Claro que sí —levantó una mano y una mirada alegre cruzó sus ojos—. Molière es muy divertido y mundano; debo acostumbrarme a la idea de que he adquirido una institutriz excepcionalmente inteligente.

—Muchas gracias, señor —contestó ella fríamente.

Rocío notó un rastro de mofa en su voz. Sabía que en ciertos círculos de la isla la inteligencia femenina se veía más como un adorno curioso que como una virtud. No quería que él pensara que estaba adoctrinando a Bianca, pero tampoco iba a pedir perdón por enseñarle a pensar.

—No trato de imponer mis gustos a Bianca, pero le aseguro que disfruta genuinamente de las obras. Está muy crecida para sus años...

—Ya me he dado cuenta, señorita Bell. Ahí llega mi coche, debo despedirme.

Bajó la escalera con una agilidad que envidiaría un atleta y subió a su Porsche, un vehículo que parecía una extensión de su propia elegancia metálica. Rocío se quedó mirándolo, preguntándose si montaría a caballo con la misma destreza con la que conducía. "Puro interés artístico", se mintió a sí misma mientras el motor rugía y el coche desaparecía por la avenida.




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