—¡Qué sorpresa! —exclamó él, visiblemente disgustado.
Antes de que pudiera reaccionar, Rocío sintió que Damián la asía de las muñecas con una fuerza controlada y, en un instante, se encontró de pie junto a él en el reducido espacio de la cima. Allí, donde solo los pájaros eran testigos, ella no pudo apartar la vista de aquel rostro varonil. En su mente bullía esa eterna pregunta que asalta a una mujer cuando se queda a solas con un hombre que sabe que es más sutil, más profundo que los demás.
Damián era diferente. No era un hombre al que se pudiera conquistar con facilidad ni al que se pudiera ganar con halagos superficiales. Sus facciones eran las de un auténtico autócrata y su contacto, aunque firme, resultaba frío como el acero. Como de costumbre, su sola presencia lograba que Rocío se sintiera poco segura de sí misma. La hacía chocar con la realidad de que sabía mucho de música, pero muy poco de hombres. El romance no había sido una constante en su vida de estudiante en Madrid; aunque conocía su existencia por los libros y las óperas, siempre había creído que el amor debía ser como una sinfonía: intenso, vibrante y emocionante.
Sin embargo, al recordar el retrato de Elena y la historia que Dacio le había contado, Rocío comprendió que el amor entre ellos no había tenido nada de armónico. Conocer la tragedia de la esposa muerta hacía que este encuentro fuera aún más difícil. Sabía que un hombre como él odiaría que una extraña descubriera su secreto: que buscaba aquel lugar solitario para, quizás, hacer penitencia por la mujer desaparecida.
—¿Me ha seguido, señorita Bell? —preguntó él, sin soltarla aún, con una voz que vibraba por la cercanía—. ¿O es que su curiosidad no tiene límites geográficos?
—No he venido por curiosidad, señor —respondió ella, tratando de que su voz no temblara—. He venido porque en su palacio las palabras se retuercen y las intenciones se malinterpretan. Si he de ser despedida, prefiero que sea aquí, bajo el cielo, y no bajo el juicio de su tía.
Rocío sintió la fuerza de sus manos, una presión que parecía reclamar una verdad inmediata. Damián la soltó lentamente, pero no se alejó. El viento de la bahía empezó a agitar el cabello rubio de Rocío, deshaciendo el severo peinado que la señora Consolación tanto apreciaba.
—¿Qué está haciendo aquí? —exigió él, taladrándola con la mirada—. ¿Encontró este lugar por casualidad, o sabía que yo estaría aquí?
—Yo... yo sabía que usted iba a estar aquí —confesó ella, obligándose a no apartar la vista. La sinceridad era su única arma—. Tengo una razón muy poderosa para desear hablar a solas con usted.
—Ya veo —Damián estudió su rostro con una intensidad perturbadora, sin soltarle aún las muñecas—. ¿Cómo llegó aquí, señorita Bell? La Bahía de las Rocas está muy retirada del palacete. Supongo que alguien la trajo por carretera... ¿o vino en bote?
—Vine en la lancha de Amadeo.
—¿Sin compañía? —Inquirió él, arqueando una ceja con incredulidad.
—Claro que sí, señor. No soy una niña.
—Por eso exactamente —replicó él, y su voz bajó un octava, volviéndose más peligrosa—. No es usted una niña; es usted una mujer muy atractiva, que... Creo que cometió un error al venir aquí.
—¿A la torre? —preguntó ella, sintiendo que el aire se volvía más escaso en aquel reducido espacio.
—A la isla, señorita Bell —corrigió él, acortando la distancia—.Ha venido a un lugar donde las sombras son largas y las pasiones se ocultan bajo un barniz de cortesía. Mi tía tiene razón en algo: usted es un elemento perturbador. Y ahora, me dice que ha sobornado a un lanchero para seguirme hasta mi refugio privado... ¿Tan urgente es lo que tiene que decirme que no podía esperar a que regresara al palacio?
Rocío notó que el sol, al empezar a bajar, teñía el rostro de Damián de un naranja ardiente, haciéndole parecer aún más imponente, casi como una de esas deidades antiguas que no conocen la piedad.
Damián por un buen rato la contempló con aire burlón y, por primera vez, bajo esa luz natural y cruda de la tarde, Rosario pudo ver chispas doradas en sus ojos; pequeñas luces de fuego que, según adivinó, podían encenderse tanto por la furia como por la pasión.
—Quise decir a la torre señorita Bell —repitió él con voz grave—. ¿Por qué vino en mi busca?
Rosario se sonrojó violentamente. La forma en que él la miraba sugería que creía que su presencia allí era un intento de coqueteo. El solo pensamiento de ser acariciada o besada por un hombre de su temperamento la hacía estremecerse de pánico, un miedo instintivo que la llevó a tratar de liberarse de sus manos. Al hacerlo, retrocedió peligrosamente hacia la orilla de la plataforma. Para evitar que cayera al vacío, él tiró de ella con firmeza, atrayéndola hacia la seguridad de la pared de la torre.
—Es usted demasiado impetuosa —sentenció él, sin soltarla del todo—. No me agradaría tener que escribirle a su abuelo para contarle que se rompió el cuello al caer de una torre. Ahora, por favor, quédese quieta y dígame de una vez por qué vino a buscarme.
—Tenía que hablar a solas con usted, Don Damián... antes de que lo haga su tía.
—Eso me suena a una súplica —observó él, arqueando una ceja—. ¿Qué ha hecho ahora para molestar a la señora?
—¿No se le ocurre que tal vez ella ha hecho algo para incomodarme? —Rosario le miró fijamente. No se dejó intimidar por su fuerza física ni por su cargo de gobernador. Sabía que él venía de pasar la mañana escuchando la súplica de los inocentes en el juzgado; ahora tendría que escucharla a ella, que reclamaba un tipo diferente de justicia.
—Usted me contrató para ser la maestra de su hija, no para ser una prisionera de los prejuicios de su familia —continuó ella con valentía—. Su tía me ha insultado por el simple hecho de reír y por llevar un poco de color en los labios. Dice que soy una mala influencia para Bianca. Pero, ¿sabe lo que yo creo? Creo que lo que realmente le molesta es que su hija por fin sea feliz.