Cuando Lola volvió con la bandeja, Rocío seguía sentada en la silla de bambú, tratando de asimilar la tranquilidad del lugar.
—Qué villa tan tranquila —comentó, intentando que su voz no delatara su agitación interna.
—Dacio dice que demasiado —Lola sonrió mientras servía el zumo de uvas frescas—. Estoy segura de que regresará a la Península tan pronto como ya no sea responsable de mí. ¿No quieres probar un pastelillo? Los hice yo misma.
—Probaré uno —aceptó—. Me temo que mis habilidades culinarias no pasan de los huevos con tocino.
—Nuestros hombres son encantadores... hay algunos que, literalmente, embrujan a las mujeres —los dedos de Lola acariciaban el borde de su vaso con una lentitud calculada—. Damián es fascinante, ¿no crees? Sus ojos poseen tal magnetismo que hacen casi imposible que una mujer se niegue a cumplir sus deseos... sé perfectamente lo mucho que puede exigir de alguien por el bien de su hija.
Lola hizo una pausa, observando la reacción de Rocío antes de continuar con un tono que pretendía ser maternal, pero que ocultaba una advertencia afilada.
—Sería una lástima que te pidiera ser la compañera de Bianca hasta que ella crezca. Escapa ahora, antes de que tu juventud y esa frescura que tienes se marchiten en esta isla. Damián no se detiene a pensar en los demás cuando quiere algo.
—Creo que a la mayoría de los hombres les gusta que se cumplan sus deseos —murmuró Rocío, manteniendo la compostura—. Me gusta Tenerife y quiero a Bianca. Nadie me ha forzado a quedarme; soy lo suficientemente independiente para no permitir que algo así suceda si no es por mi propia voluntad.
—Sin embargo, hoy en el bosque parecías triste —la mirada de Lola se volvió aún más inquisitiva—. Somos amigas, Rocío, puedes confiarme lo que te preocupa si así lo deseas. ¿La señora Consolación ha sido injusta contigo una vez más?
Rocío sintió el peso de la trampa. Lola le ofrecía un hombro sobre el cual llorar, pero solo para confirmar sus sospechas y debilidades. La mención de la señora Consolaciónera el cebo perfecto para desviar la conversación hacia las quejas domésticas y ocultar el verdadero origen de su melancolía.
—Pero tocas el piano, y lo haces muy bien —Lola se acomodó en su silla. Al cruzar las piernas, reveló unos tobillos bien torneados y una elegancia que parecía no requerir esfuerzo—. Será maravilloso para Bianca poder tocar, aunque, claro está, nunca tendrá tu don. ¿Tienes planes de hacer carrera como maestra de música?
—Sería interesante... —Rocío hizo tintinear el hielo de su vaso, buscando refugio en el sonido—. Me encanta enseñar a otros todo lo que sé.
—Pero, por supuesto, algún día querrás casarte —Lola se la quedó mirando fijamente mientras jugueteaba distraídamente con sus pulseras de oro, que emitían un leve tintineo metálico—. Dime una cosa, ¿encuentras atractivos a los hombres de aquí?
Rocío sintió que el zumo se le quedaba atascado en la garganta. La pregunta no era inocente; era una estocada directa al corazón de sus dudas. Lola la observaba como una gata que ha acorralado a un gorrión, esperando ver si el plumaje de la institutriz se erizaba ante la mención de la masculinidad de la isla que tanto parecía despreciar en teoría, pero que la consumía en la práctica.
—Son... diferentes a los que he conocido en Madrid—respondió con cautela, tratando de sonar profesional—. Tienen una intensidad que puede resultar abrumadora.
Lola soltó una risita suave, casi melodiosa.
—"Abrumadora" es una palabra interesante. A veces, esa intensidad es solo el reflejo de una voluntad que no acepta un "no" por respuesta. Damián, por ejemplo... él no es un hombre que pida permiso para obtener lo que desea. Supongo que para una mujer de tu temperamento, lidiar con alguien así debe ser un desafío constante, ¿no es cierto?
—No, creo que el señor se ha convencido de que no se puede esperar que me comporte como una muchacha de aquí. No estoy triste. ¿Por qué habría de estarlo? —Rocío sostuvo la mirada de Lola con firmeza.
No pensaba revelarle a nadie, y mucho menos a ella, la verdadera razón de su melancolía. Se decía a sí misma que todas las mujeres pasaban por eso tarde o temprano, y que se recuperaría pronto; probablemente en cuanto Lola se casara y ella pudiera dejar la isla. Lo que no concebía bajo ninguna circunstancia era compartir el techo de Voces del Mar con la futura esposa.
—Cuando uno es joven... el corazón es vulnerable, y nuestras noches están llenas de estrellas —murmuró Lola con una sonrisa lánguida—. Me preguntaba si ya te has dejado besar... o no.
"Qué maquiavélica es la mente humana", pensó Rocío. Sintió la trampa cerrándose, pero decidió ser más astuta que su interlocutora.
—¿Crees que me dejé llevar al jardín por tu guapo hermano? —Rocío sonrió con fingida timidez—. Debo confesar que encuentro a Dacio muy atractivo, pero ambos somos empleados en el palacete y debemos obedecer las reglas de Consolación, especialmente después de que nos encontraran riendo juntos.
Lola descruzó las piernas, visiblemente sorprendida por el giro de la conversación. La sospecha de que Rocío pudiera estar interesada en Dacio parecía aliviarla y, al mismo tiempo, picar su orgullo familiar.
—Ya veo —dijo Lola, relajando la postura—. Dacio es mi hermano y estoy tan acostumbrada a él que olvido que no es hermano de las demás. Fue muy atrevido que fuerais a nadar juntos a la Bahía de las Rocas.
—Se portó como un verdadero caballero en todo momento —añadió Rosario, rematando su actuación.
—Me alegro por ti, de verdad —concluyó Lola, aunque en el fondo de sus ojos todavía brillaba una chispa de duda.
—Y yo por mí —Rocío estiró los brazos al levantarse, tratando de sacudirse la tensión acumulada—. La hora de la siesta terminará pronto y debo regresar a mis deberes. Cuando cae la tarde, Bianca y yo practicamos escalas en el piano; durante el día hace demasiado calor para concentrarse.