Rocío, la Institutriz y el insoportable Damián Mosquera.

Capítulo 9

Dacio se sentó en la banqueta con la soltura que le caracterizaba, mientras Manuel le servía el café. El sol de la mañana iluminaba el patio, pero Rocío sentía que una nube persistente la seguía desde la noche anterior.

—Si el clima continúa así para la fiesta, será fantástico —comentó ella, tratando de normalizar su voz—. Me han dicho que vendrá gente de la Península para la celebración. Será una gran oportunidad para ver los trajes típicos; nunca los he visto.

—Será una gran ocasión para Lola —replicó Dacio. Su mirada se clavó en los ojos de Rocío, que estaba inusualmente pálida y con ligeras sombras bajo los párpados. Ella hizo un esfuerzo supremo por no bajar la vista; no podía permitir que el pintor descubriera su secreto.

—Vi a tu hermana ayer —añadió, sintiendo que las palabras le quemaban—. Me dijo que pronto te dejaría solo. Su pulsera de compromiso es hermosa.

—Lola siempre quiso casarse con un hombre que le diera lo mejor de la vida —Dacio cortó una flor cercana, le depositó un beso galante y se la tendió.

Ella la dejó sobre la mesa, aunque en realidad tenía deseos de deshojarla con furia. ¿Cómo era posible que Damián, por segunda vez, se comprometiera con una mujer que solo buscaba riquezas? Recordó la suficiencia de Lola al decir que pronto tendría una casa más grande que atender.

—¿No quieres la flor? —preguntó Dacio, arqueando una ceja—. ¿Eres acaso el tipo de muchacha que prefiere una pulsera de oro?

—No, es que tengo los dedos pegajosos de miel, Dacio. Pero estoy segura de que Lola debe estar muy enamorada de él.

—Para ti, el amor es más importante que los rubíes.

—Eso espero, si uno ha de encontrar verdadera felicidad.

—¿Podrías tú llegar a amarme, Rocío?

—No bromees con algo así —respondió ella con una risa nerviosa—. Solo porque Lola se vaya a casar no tienes que ponerte histérico para conseguir otra ama de llaves.

—Eres un pequeño diablo.

Sin previo aviso, Dacio se levantó, la tomó en sus brazos y besó su boca sorprendida. Rocío se quedó helada, incapaz de reaccionar a tiempo, cuando una voz cortante como el hielo fracturó el aire del patio.

—Buenos días.

Damián estaba allí, observándolos con una rigidez absoluta.

—Iba al pueblo y venía a preguntarle, señorita Bell, si le gustaría acompañarme para hacer algunas compras. Bianca me llamó esta mañana para decirme que pasará el día en el campo con sus amigas.

Rocío se apartó de Dacio de un tirón, sintiendo que la sangre le subía al rostro por la mortificación. El beso de Dacio no significaba nada, era apenas un juego, pero que Damián los hubiera visto la destrozaba por dentro. ¿Qué pensaría de ella? Ella, que le había dado un puntapié la noche anterior para escapar de sus besos "por principios", y ahora se dejaba abrazar por el pintor a plena luz del día.

Todo lo que pudo hacer para escapar de la mirada gélida del Damián fue aceptar su invitación.

—Voy por mi bolso, señor.

—No corra, señorita Bell, no me voy a ir enseguida.

Rocío sostuvo su mirada un instante, encontrando en su rostro una máscara de cortesía que escondía un desprecio latente en los mismos labios que anoche habían devorado los suyos. Él vestía un traje blanco impecable con una camisa marrón; una combinación que le daba un aire de autoridad absoluta y elegancia relajada. No quería ni pensar en lo atractivo que resultaba. Todo lo que sabía, con una certeza que le dolía en el pecho, era que le pertenecía a otra y que ella estaba locamente enamorada de él. ¡Locamente! Hasta el punto de que le habría amado igual si hubiera sido un humilde pescador de la costa en lugar del gobernador de la isla.

Durante el viaje al pueblo, la conversación se mantuvo en un terreno estrictamente impersonal. Al llegar a la avenida Rey, el coche se detuvo con suavidad. Damián no se ofreció a llevarla a comer, pero marcó el límite de su libertad con precisión de relojero.

—La esperaré a las tres de la tarde frente al edificio de la Administración —dijo él, sin mirarla directamente—. Estoy seguro de que podrá entretenerse sola hasta esa hora.

—Claro que sí, señor. Deseo comprar un vestido para la fiesta y después iré a ver el antiguo palacio una vez más.

—Debe comer algo, señorita Bell. Estaré ocupado hasta la tarde, pero usted no necesita la ayuda de un hombre para alimentarse, ¿verdad?

—No, señor —por primera vez en toda la mañana, Rocío le miró fijamente a los ojos y se topó con una indiferencia que la hirió más que cualquier grito—. Encontraré un pequeño café; comeré langosta fresca y fresas con crema.

El ceño de Damián se acentuó tanto que sus ojos parecieron dos brasas oscuras mientras recorrían la figura de Rocío. Se detuvo en la caída de su cabello, en la ausencia de mangas y, sobre todo, en la osadía de aquella espalda descubierta que desafiaba el recato de la isla.

—Preferiría que no escogiera un lugar frecuentado por pescadores —le sugirió con una aspereza que vibraba en el aire.

—¿Tiene miedo de que coquetee con alguno? —replicó ella con amargura. Le dolía que él juzgara su atuendo como si fuera una provocación barata, cuando solo buscaba un poco de libertad.




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