Los terrenos de la familia Ronda eran un tapiz de luces y sombras bajo la luna de otoño. El aire, saturado por el aroma del mosto y la leña quemada, vibraba con la música de los laúdes. Rocío caminaba como en un trance; su vestido verde de seda, que tanto había temido, ahora la envolvía como una segunda piel, otorgándole una elegancia melancólica que no pasaba desapercibida.
Dacio, a su lado, era la viva imagen de un hidalgo con su traje de terciopelo negro.
—El fruto de la pasionaria es como una mujer —había dicho él, con esa mirada de artista que siempre parecía querer desnudar el alma—. Engañosa por fuera, pero esconde una dulzura inesperada.
Rocío sintió un nudo en la garganta. Aprovechando la penumbra que brindaban los árboles, lejos del bullicio de las hogueras, decidió soltar el lastre que le oprimía el pecho.
—Dacio... me voy de Voces del Mar el lunes.
El pintor se detuvo en seco. El silencio que se hizo entre ellos solo era interrumpido por los ecos lejanos de un fado. A lo lejos, la figura imponente de Damián, vestido con una sobriedad aristocrática, avanzaba junto a la Señora de Ronda y Lola. Lola caminaba con la cabeza alta, su pulsera de oro destellando bajo los farolillos, moviéndose ya como la futura dueña y señora de aquel imperio.
Dacio le apretó la muñeca, pero no con la violencia de Damián, sino con una desesperación contenida.
—¿Por qué huye, Rocío? ¿Es por él? ¿Es por el anuncio que está a punto de suceder?
Rocío no respondió. Sus ojos buscaban entre la multitud la pequeña figura de Bianca. Sabía que el anuncio del compromiso era inminente y no podía permitir que la niña recibiera aquel golpe emocional sola.
—Déjame ir, Dacio —suplicó, tratando de zafarse del agarre del pintor, pero él parecía decidido a no permitir que se desvaneciera entre las sombras.
—No te dejaré ir ni de la isla, ni de este lugar. Necesitas un marido, amada mía —insistió él con una vehemencia que en cualquier otro momento la habría conmovido.
—Por favor, no me arruines la fiesta, Dacio. Nunca volveré a ver otra —respondió ella con la voz quebrada.
—Verás mil más si tú...
—¡No!
Con un movimiento desesperado, logró soltar su mano y echó a correr entre los árboles. Su estola de chifón, ligera como un suspiro, resbaló de sus hombros y quedó olvidada a los pies de aquel hombre encantador, pero que no era el dueño de su alma. Para Rocío, el amor no era una conquista impulsiva; ella pertenecía al hombre que durante dos días la había evitado con una disciplina glacial.
Mientras buscaba a Bianca, el bullicio se detuvo. Un joven saltó sobre un inmenso barril de vino y las primeras notas de un fado rasgaron el aire. Era una melodía cargada de "saudade", esa melancolía que habla de lo que se ama y se pierde. Las lágrimas brotaron de los ojos de Rocío; aquella canción era el eco de su propio corazón, un lamento de despedida que ella nunca se atrevería a pronunciar en voz alta.
Finalmente, divisó a Bianca cerca de una de las hogueras. La niña lucía radiante con el traje regional de su madre: el corpiño de terciopelo realzaba su pequeña figura y las botas carmesí daban un toque de alegría a sus pasos. Parecía una ironía del destino que llevara precisamente esa ropa el día en que su padre le daría una madrastra.
—Bianca, te he estado buscando. Veo que te diviertes mucho —dijo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que su voz no temblara.
—¡Sí! Mi padre está guapísimo hoy —respondió la niña con orgullo—. Mira, suben a la terraza. Hay un micrófono para que la señora de Ronda haga su discurso de bienvenida. Dice que el vino de esta cosecha debe tener cuerpo y alma.
Rocío observó el rostro iluminado de Bianca y sintió una punzada de dolor. Habría dado cualquier cosa por quedarse al lado de la niña, pero Damián había aceptado su renuncia sin pestañear. Peor aún, le había ordenado apartarse de su camino. Lo buscó con la mirada y lo vio allí arriba, junto a de Ronda y Lola. Parecía una estatua de bronce, imperturbable y remoto.
La señora de Ronda, elegante con su vestido color ciruela y su estola de visón, terminó sus palabras sobre el arduo trabajo y la alegría de vivir. El silencio que siguió fue expectante. Rocío sintió que el aire se volvía pesado, como si la atmósfera misma presintiera que el brindis de este año traería algo más que deseos de buena cosecha.
Rosario tomó la mano de Gisela, que le sonrió de forma interrogante, pero inmediatamente concentró su atención en lo que su padre iba a decir. Él estaba ya frente al micrófono, escondido por una buganvilla color púrpura. Sonriendo, y seguro de sí, dijo:
—El vino y el romance parecen ir juntos...
Rocío sintió que su corazón iba a estallar cuando, deliberadamente volvió sus ojos hacia Lola Cortez, que no podía estar más hermosa con su vestido de brocado color oro y una mantilla adornando su negra cabellera.
—Todos conocen a Lola Cortez. Esta hermosa joven ha vivido entre nosotros varios años, ha agraciado nuestra isla con su presencia. Esta noche, mientras gozamos de las fiestas, como su amigo, y como gobernador de la isla, me ha correspondido, el honor de decirles que, dentro de pocos días, la señorita Lola se convertirá en la esposa de —hizo una pausa, y sus ojos se iluminaron al señalar a un hombre distinguido y bien parecido, con canas en las sienes —, el señor Mateo Randolfo, presidente del Banco Nacional de Lisboa.
Una vez más se escucharon aplausos, y se invitó a todos a brindar por la felicidad y la salud de los futuros esposos.
El alivio la golpeó con la fuerza de un vendaval, dejándola casi sin aliento. Mateo de Randolfo. Por eso Lola hablaba de una casa más grande, de joyas y de una vida lejos de la isla. No era el amor lo que la movía, sino la seguridad que solo el presidente del Banco Nacional de Lisboa podía ofrecerle.
—¡Así que es él! —exclamó Bianca, rompiendo el trance de Rocío—. Tengo que admitir que parece rico, pero nada joven, ¿verdad?