Rodando hacia tu corazón | Hacia algún lugar #1

Capítulo 2: Obras, obras y más obras

Irene

Me encantan las tardes de verano.

A pesar de ser más de las nueve aún tenemos luz en las calles por lo que, cuando llego a Gramedo, en la plaza mayor los vecinos están reunidos a la fresca.

-¡Buenas noches, niña! -me saludan tres de las veteranas del pueblo cuando me ven bajar.

Están sentadas en lo que en algún momento del día fue la sombra, ahora ya no importa porque las temperaturas han bajado.

-¿Vienes de la ciudad? -me habla una de ellas mientras otra se levanta. Yo asiento mostrando las bolsas de la compra-. ¿Viste el cartel que han puesto en la obra? En la fotografía la casa está espléndida.

-¡Ay sí Trinidad, pero olvídate! -interviene otra.

-A mí con tal de que no me molesten y ame da igual -hablo yo.

-Eso nunca acaba igual. -Habla esta vez la vecina que se había ido. Miro hacia su lugar y veo que trae en brazos una silla para que me siente con ellas.

-¡Oh, no era necesario Regina! -me quejo. Son mayores para cargar pesos innecesarios. Podía ir yo a por la silla. Además tengo que ir a casa a dejar lo que compré y a saludar a mi nana.

-¡Sienta y calla! -ordena la misma.

Durante un buen rato me cuentan anécdotas de sus buenos tiempos -algunas ya las había escuchado pero por su avanzada edad las repiten-. Yo reaccionó con la misma sorpresa que la primera vez y me lo paso bien escuchándolas mientras Oreo se divierte por la plaza mayor. Todo transcurre con tranquilidad hasta que las temperaturas empiezan a caer y cada uno se marcha para su casa.

Me despido de todas y vuelvo con Oreo hacia mi casa sin poder evitar mirar a la obra de enfrente. Miro el proyecto en el cartel de los presupuestos. Es verdad que la maqueta tiene buena pinta, parecen querer una casa de tres pisos bastante elegante y grande.

-Debe de tener dinero-. Susurro al ver el presupuesto.

Continuó caminando hasta que me parece ver a alguien conocido. Entrecierro los ojos para conseguir enfocar la vista y entonces me doy cuanta de quién es.

-¿Abuela? ¿Abuela qué haces aquí fuera?

-Pensaba -se justifica-. Se ha quedado una tarde muy buena, ¿verdad?

-Supongo -respondo mirando los colores del atardecer mientras me siento a su lado en el porche de la casa.

Por unos segundos reina el silencio hasta que ella decide hablar.

-Tienes que replantearte lo que te ofrecí.

Dejo los tonos amarillentos y anaranjados del cielo para centrarme en su mirada.

-Este lugar está destinado a ser abandonado. Tú también tendrás que dejarlo ir -me dice apartándose un poco para mirar hacia la casa en construcción, hago lo mismo-. Sé que te lo he repetido miles de veces y estoy segura de que esta no será la última, pero... vives muy lejos de la universidad, eso te quita tiempo de sueño, de estudio, ¡de todo! No hay futuro aquí, tienes que buscarte una vida. En la ciudad, incluso deberías intentar aspirar más alto, Madrid por ejemplo.

-Abuela, yo estoy bien aquí. Además... -bajo el tono de voz a casi inaudible- Madrid no me gusta.

-No, ni siquiera puedes llegar a la universidad con facilidad, pierdes muchas clases, te pegas unos madrugones inhumanos. Todo esto no es necesario. ¡Y por no hablar de las nevadas que nos dejan incomunicados durante el tiempo que les parezca a las autoridades! -sus ojos muestran sufrimiento pero yo no puedo darle la razón y ceder ante sus palabras. Es verdad que el viaje es largo pero no me puedo ir de aquí.

Se acabaría todo. Se acabaría Gramedo.

-Estaría bien que fueras a vivir allí. Tu tía Marta se ha ofrecido para dejarte vivir en su piso y sé que te vas a negar, pero es algo que en algún momento tendrás que hacer.

No intervengo. Ella tiene algo de razón. Es verdad todo eso que dice pero yo me voy a quedar, cueste lo que cueste. Estoy muy segura.

-Aquí ya somos mayores, no me ves. Ya no puedo arar la tierra, no puedo cortar leña para calentarnos y en no mucho tiempo tampoco estaré contigo. -la nana se queja por un momento de la cadera. Yo hago el amago de acercarme a ayudar pero lo rechaza.

-Tú, con tu edad, no tendrías porque estar aguantando a una vieja como yo -continua sin dejar un segundo de silencio aún teniendo molestias-. Además tienes que conocer a gente de tu edad, tienes mentalidad de señora mayor y demasiadas responsabilidades que con tu edad no deberías de tener.

Intento decir que eso no es verdad, intento defenderme. Pero ella es más rápida.

-¡Y deja ya de tener como mejor amigo a un chucho! Él no cuenta.

Lo último me hace reír al poder notar como le hace rabiar Oreo que le lame la zapatilla cariñosamente. Pero la abuela tiene razón, como todas las abuelas del mundo.

Y eso duele.

Soy consciente de mi edad y de la suya pero... yo pienso de esta manera. Ella me necesita y yo estoy aquí para ayudarla, a ella y al pueblo. Por supuesto que he pensado en irme alguna vez, rendirme. Pero hay otra cosa que seguro nadie más que yo ha pensado.

¿Si me voy quien queda?

Nadie.

Es así de simple.

Esa es la respuesta.

En menos de diez años la población bajaría a quedar tres o cuatro habitantes y el pueblo desaparecerá aún más que ahora del mapa.

Yo puedo hacer las dos cosas a la vez, estudiar en la ciudad y vivir aquí. Es el lugar en el que nací, no lo puedo dejar ir. Además también tengo aquí mis últimos recuerdos con mamá y papá.

Todo lo importante de mi vida ocurrió aquí, por lo que necesito que sobreviva para que aquellos que ya no están vivan juntos a ese recuerdo.

-Lo pensaré. -digo aunque realmente no lo piense hacer. A veces puedo llegar a ser un poco mentirosa pero ahora mismo no me apetece luchar contra la palabra de la persona que más quiero.

Mi vista vuelve al cielo. Ahora está en tonos más azulados, incluso algo morados. Veo las estrellas y sonrío.

-Extraño a papá y a mamá. -confieso sin quitar la vista del cielo.

-Yo también los echo de menos.




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