Rodando hacia tu corazón | Hacia algún lugar #1

Capítulo 3: La llegada del niño

Irene

El verano se esfumó más rápido de lo que esperaba. Víctor vino a Gramedo varias veces y disfrutamos de baños en el río, caminatas por los prados con Oreo y, por supuesto, de la fiesta de agosto.

La familia que se va a mudar a la casa de enfrente —el matrimonio Jansen— vino dos veces más a ver la obra. Una de esas veces fue para decidir cómo distribuirían cada habitación: con unas gafas de realidad virtual se pasearon por todo el esqueleto de la casa comprobando la elección de los arquitectos. La otra —la última, no hace tanto— fue para ver la casa terminada. Y sí, ya está lista.

Ese día yo no estaba; había salido a ganarme algo de dinero ayudando con el ganado de Fernando. Mientras tanto, mi nana se había encargado de organizar toda una fiesta en la plaza del pueblo para el día que llegaran. Según ella era la mejor idea del mundo: así podrían integrarse en el pueblo.

El diciembre frío ya estaba presente. Ahora mismo estoy en el autobús, a punto de llegar al pueblo. Vengo de clase, de la universidad.

Hoy llegarán los nuevos vecinos.

Cuando bajo por la carretera hacia Gramedo ya veo a los vecinos preparando sus mejores platos y colocando todo en la plaza. Están haciendo un gran esfuerzo y se les nota realmente entusiasmados por la llegada.

Al llegar a casa busco a mi abuela para ver qué tal le va con la parte que nos toca: el chocolate caliente.

—¿Qué tal en clase?

—Bien, supongo. Víctor hoy no vino, está enfermo. ¿Te ayudo con algo?

—Ya casi termino, no hace falta. Sube a cambiarte.

En mi cuarto me asomo por la ventana, desde ella puedo ver el interior de la finca, la cual está muy bien aprovechada. El jardín ocupa lo que antes eran varias pequeñas casas y en él hay de todo: una gran piscina, una mesa para comer, un huerto, una cancha de baloncesto y un invernadero.

La fachada de la casa principal ha sido recubierta por piedra, adaptándose al resto de viviendas del pueblo.

Se ve espléndida.

Cuenta con tres plantas y en la planta baja sobresale un porche acristalado muy acogedor. Para acceder hay un portal para vehículos y una puerta para peatones. Al lado de esta última se encuentra el buzón y una cajita monísima para dejar el pan.

—¡Irene, baja! Están a punto de llegar —advierte mi abuela desde abajo.

Me calzo y Oreo baja conmigo las escaleras. Cierro la puerta y me acerco a los vecinos, aunque toda esta situación me parezca cursi.

Estamos colocados formando un pasillo para que el coche de los nuevos habitantes pueda pasar entre nosotros sin atropellar a nadie. Como si fuéramos a recibir al rey; solo faltan las banderitas.

A los pocos minutos dos coches negros aparecen y el portal se abre por control remoto. Pasan entre nosotros y se adentran en la finca sin detenerse. El portal se cierra y después de unos instantes de silencio, una pareja de unos cincuenta años sale por la puerta.

—Buenos días. Somos Sofía y Eduardo, los nuevos vecinos —se presenta el hombre mientras su mujer cierra la puerta—. Nuestro hijo y nosotros estamos muy felices por el recibimiento. Gracias por preparar todo esto.

—Daan, nuestro hijo, se encuentra un poco mal y ha preferido ir directamente a conocer la casa —excusa ella. Yo finjo que me conmueve—. Pero espero que pronto podáis conocerlo.

Ambos se miran y Eduardo agarra la mano de su esposa en señal de apoyo. Nos presentamos uno a uno —en el caso de mi nana y yo, con dos besos— y caminamos todos juntos hacia la plaza ya decorada con banderines y una larga mesa improvisada.

La paella está lista y solo falta que nos sentemos. La comida es obligatoria, así que están todos los vecinos. Bueno, todos menos el niñito consentido que no tenía ganas de venir.

Pobrecito.

Qué penita.

La rabia me recorre el cuerpo.

¡Sí, claro que me lo voy a creer!

Un mimado que ha decidido no agradecer a los "simples mortales" las molestias que han pasado por las obras. Me da igual que sea un niño: sus padres deberían enseñarle un poco a agradecer lo que la gente mayor ha preparado para él.

Me toca estar sentada en el extremo opuesto a mi abuela, que no para de charlar con la nueva vecina como si fueran amigas de la infancia.

A mi lado está uno de los vecinos para el que trabajo a veces; hablamos de lo mal que le va a sentar a las cosechas que la nieve se retrase, porque estamos a finales de diciembre y aún no ha caído ni un copo.

Al terminar el arroz se sirve chocolate caliente de postre, junto a unos churros recién hechos que están buenísimos. Me los estoy tomando cuando alguien me toca la espalda.

—Y aquí está mi nieta, Irene —me presenta mi abuela. Yo me esfuerzo en sonreír aún con un churro en la boca—. Está encantada de que estéis aquí y súper ilusionada por conocer a Daan.

Mientras habla, yo me limpio la boca llena de chocolate. Intento recordar el momento en el que he dicho semejante cosa, pero no existe.

Mentirosa.

Yo no quiero conocer a el hijo de los Jansen.

—Daan no estaba con muchas ganas de fiesta. Está nervioso por el cambio, por eso dejamos que no viniera —vuelve a excusarlo su madre—. ¡Pero seguro que si te acercas ahora a casa estará encantado de dejarte jugar con él!

¡Ah, perfecto! Ahora tengo que jugar a los cochecitos con un niño de seis años. Qué emoción.

—Sí, yo creo que pasará por allí hoy —afirma mi abuela sin preguntarme—. Estaba emocionadísima esta mañana por vuestra llegada. Saltaba mientras miraba por la ventana esperando veros llegar.

¿Perdón? ¿Mi abuela desde cuándo es mitómana?

—Eso es genial, Manuela —dice la madre—. Seguro que está jugando ahora. Si quieres puedes ir a intentar que deje un rato sus cosas. Así os conocéis.

—Si consigues que deje de jugar yo no me voy a quejar —añade Eduardo. Las dos mujeres se ríen como si hubiera dicho un chiste magnífico.

Por no seguir escuchándolas, decido ir a hacer de niñera un rato. Abandono mi churro y me acerco a la nueva casa sin hablar con nadie.




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