Rogando Por Mi Perdón

1

Eres un Rockefeller antes que un hombre, entiéndelo de una vez —sentenció ella, y pude imaginar perfectamente su gesto impasible, sentada en su escritorio de caoba en Manhattan, decidiendo mi destino como quien mueve una cifra en un balance.

—¡Estoy harto de ser un maldito apellido caminando! —grité, mientras el Aston Martin devoraba la carretera mojada y mis manos apretaban el volante con furia—. Le entregué mis mejores años a esa oficina, cerré cada trato que me has puesto enfrente, he sido el soldado perfecto. ¿Pero esto? ¿Vender mi vida a una mujer que solo ama mi cuenta bancaria? No, madre. No esta vez.

No seas melodramático, Maximilian. El amor es un concepto para la clase media, y un consuelo para los que no tienen nada más que ofrecer. —Su voz subió un tono, perdiendo la calma—. Olympia Dumont es la llave que consolidará nuestra presencia en Europa, entiéndelo de una vez. Sus padres están esperando una confirmación esta noche. No me importa lo que sientas, ni los caprichos de libertad que te han dado por tener en esas tierras bárbaras. Tus sentimientos son irrelevantes para la supervivencia de este imperio.

—¿Irrelevantes? —solté una carcajada amarga, rozando la histeria. Mi madre hablaba como si fuera parte de su conglomerado, no como si hubiera salido de ella—. Soy tu hijo, no un activo financiero. ¿Alguna vez te detuviste a pensar si soy feliz?

La felicidad no paga los salarios de cincuenta mil empleados, ni mantiene nuestros barcos en el océano —respondió tajante—. Lo que tú llames felicidad es una debilidad que no te permito. Tienes una responsabilidad con tu sangre. Harás lo que se te ordenó porque sin ese apellido, no eres más que un hombre común perdido en la niebla, y ambos sabemos que no naciste para ser común.

—Prefiero ser un hombre común que un esclavo con corona —le espeté, con el pecho ardiendo y las manos aún más apretadas en el volante, mientras la niebla espesa cubría la carretera—. No voy a dar el sí. Dile a los Dumont que busquen a otro títere.

Mi madre hizo una pausa en la que podía imaginarla tomando aire como quien agarraba todo el oxígeno antes de sumergirse.

Escúchame bien, Maximilian Rockefeller. —La voz de Malvina se volvió un susurro peligroso, cargado de una ponzoña que me hizo tensar la mandíbula como una cuerda de violín—. El apellido Rockefeller es una herencia, pero también es una jaula. Si intentas forzar la cerradura, te aseguro que no quedará nada de lo que crees que eres. Regresarás a Nueva York, te pondrás el anillo y sonreirás para las cámaras. No es una petición. Es una orden.

—¡Pues busca a alguien más que la cumpla! —bramé, golpeando el volante con la palma de la mano.

El eco de mi propio grito llenó el auto, mezclándose con el rugido del motor, que era el único ruido en todo el lugar. Estaba temblando. La furia me impedía ver con claridad y el parabrisas era un borrón de luces grises y sombras verdes. La adrenalina me cegó y las palabras de mi madre daban vueltas en mi cabeza como una sentencia de muerte. En ese momento, no era un CEO, ni un millonario; era un animal acorralado buscando una salida.

Fue entonces cuando la realidad me devolvió el golpe.

Un mar de lana blanca apareció de la nada en la curva y...

—¡Mierda!

El mundo se volvió un caos de ruido y movimiento violento. Pisé el freno con una desesperación que nunca había sentido; el pedal vibraba bajo mi pie mientras los neumáticos aullaban contra el pavimento mojado. El Aston Martin coleó sin control y sentí un impacto en el parachoques delantero. No fue fuerte, pero el sonido de algo humano chocando contra el metal me heló la sangre.

Cuando el auto finalmente se detuvo, el silencio fue atronador.

Me quedé allí, petrificado, con los dedos soldados al volante de cuero. Mis pulmones se negaban a procesar el aire. El pánico, ese que no te enseñan en las facultades de finanzas, me mantuvo anclado al asiento. ¿Lo maté? ¿Acabo de destruir una vida por una maldita llamada? ¿O era una oveja? Esperaba en Dios que fuese una oveja. Por un segundo, el miedo me paralizó, impidiéndome incluso abrir la puerta, pero el pulso me martilleaba en las sienes con tanta fuerza que me obligó a reaccionar.

Bajé del auto de un salto, con las piernas temblando. El frío escocés me golpeó el rostro, pero yo solo tenía ojos para la figura en el suelo, rodeada de libros desparramados. Era una mujer, y no la vi respirar. EL pánico se apoderó de mí y sentí que desfallecería.

—¡No, no, no! —Mi voz salió como un hilo roto.

Me arrodillé en el barro, ignorando mis pantalones de sastre. Me tomó un segundo darme cuenta de que estaba viva. ¡Respiraba! ¡Aleluya! La chica estaba allí, intentando incorporarse. La tomé por los hombros con una delicadeza extrema, como si fuera de cristal, e intenté que mi voz sonara más neutral que asustada,

—Tranquila, no te muevas... por Dios, lo lamento tanto. —Mi voz sonaba rota por el pánico—. ¿Estás herida?

Ella levantó la vista, y entonces el tiempo se detuvo.

Fue como si el aire se evaporara.

Tenía unos ojos profundos, rebosantes de una inteligencia y una pureza que me dejaron completamente desarmado. Mi mente, siempre lista con una respuesta rápida, se quedó en blanco. Me quedé mirándola, absorto en su rostro, mientras mi corazón latía contra mis costillas como un animal enjaulado.




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