Rogando Por Mi Perdón

2

El tobillo me latía con fuerza, como si tuviera un corazón propio queriendo salirse del cuero. Cada vez que apoyaba el pie, sentía un pinchazo de esos que te nublan la vista, y no me quedaba de otra que irme deteniendo en las paredes de la entrada, sintiendo el frío de la pintura descascarada en las yemas de los dedos. Max venía detrás de mí, calladito, moviéndose con esa torpeza que solo tienen los que nunca han pisado el relieve de este suelo.

—¡Abuelo! —pegué el grito, haciendo fuerza para que no se me cortara la voz—. ¡Abuelito! Tenemos visita.

—¿Korai? ¿Eres tú, hija? —La voz del viejo llegó desde la sala. Cuando entré, lo vi girando su silla de ruedas con puro empeño. Él, que siempre tenía una mirada dulce, se puso todo confundido al ver que no venía sola y que había arrastrado un citadino—. ¿Quién es este joven? ¿A qué santo viene a visitar a estas horas?

Me recosté contra la pared, cuidando de no cargarle peso al pie. Max dio un paso al frente, agachando la cabeza con timidez, pero mi abuelo no le quitaba los ojos de encima. Lo miraba con de duda y recelo, como quien ve un bicho raro. Había visto a mi abuelo estudiar hombre de afuera mil veces, cuando vendía la lana o la leche de las vacas, pero nunca como vio a Max.

—Abuelo, no se me asuste, pero... este muchacho me atropelló —solté casi en un hilo de voz, temblando por su reacción.

—Pero ¡¿qué estás diciendo?! —Al viejo se le fue el color de la cara del puro susto—. ¡Dios santo! ¿Estás bien?

Me acerqué a él como pude, cojeando y le besé la mejilla. El abuelo, con las manos temblorosas, pero llenas de cariño, me tomó la mano y bajó la vista hasta mi tobillo. Al ver cómo estaba de hinchado, se le empañaron los ojos de pura angustia.

—Mira cómo tienes eso... está muy feo, Korai —susurró. Por un ratito se olvidó de Max, concentrado solo en mi dolor. Estaba preocupado por mí, como siempre—. ¿Y los animales, Korai? ¿Qué pasó con las ovejas? ¡Hija, ese es nuestro sustento!

Le puse la mano en el hombro para que no se me angustiara más de la cuenta. El oxígeno se le agotaría más rapido si se angustiaba. El tanque estaba entre sus piernas, como siempre.

—Se pegaron un susto bárbaro y algunas agarraron para el monte —le expliqué, mirándolo de reojo—, pero él me ayudó a traerlas de vuelta al corral. Ya están todas bajo llave, abuelo.

El viejo se quedó callado un momento, mirando al forastero con un reproche que apenas se le aguantaba detrás de las gracias. Soltó el aire que tenía guardado y dejó caer los hombros, aliviado.

—Menos mal... —susurró, cerrando los ojos un segundo y pasando la mano por su calvicie—. Al menos tuviste la hombría de reparar el daño, muchacho. Pasa, no te quedes ahí afuera.

Lo seguimos al interior, pero el abuelo detuvo la silla de ruedas y me obligó a agacharme para que me susurrara algo al oído.

—Esta hacienda es todo lo que tenemos para aguantar el invierno, hija —me dijo bajito, antes de encarar a Max con una seriedad que calaba hondo—. ¿Cómo pudo pasar esto? Casi te llevas por delante lo más valioso que tengo en la vida.

Max se adelantó, agachando la cabeza en un gesto que quería ser respetuoso, pero se le notaba lo incómodo.

—Lo siento de verdad, señor. No conocía el camino —dijo Max con esa voz finita de la ciudad—. Me voy a quedar. Voy a ayudar en lo que haga falta y me haré cargo de todo hasta que ella se recupere. ¿Conoce algún lugar donde pueda instalarme?

El abuelo lo midió de arriba a abajo, como quien tienta una mercancía que no pidió. No confiaba nada, y yo estaba nerviosa.

—Tenemos el granero, allá lejos de la casa. Si no te dan asco las arañas y el olor a encierro, ahí tienes techo por estos días.

Max asintió sin decir palabra, pero antes de que diera un paso, el abuelo le clavó la mirada otra vez, dándole una orden de esas que no se discuten. Le dijo que no había posadas porque nadie confiaba en los forasteros, pero que le darían el voto de confianza porque tuvo las agallas de presentarse después de hacer daño. Miré a Max.

—Korai, llévalo. Y tú, cárgala. Va arrastrando la pata como animal herido y no voy a dejar que se lastime más por tu culpa.

Max le dijo que por supuesto, y me subió a su espalda otra vez. Olía a algo limpio, nada que ver con el olor a vacas y sudor de la gente de acá. Le dije a donde iríamos, y me sentí rara en su espalda, pero segura, era extraño. Llegamos al granero y, al abrir la puerta, la luz de la tarde sacó a relucir todo el polvillo que flotaba en el aire.

El lugar estaba sucio, con herramientas viejas amontonadas en un rincón y un colchón que había visto sus mejores años.

Vi cómo Max miraba el lugar. Se le pusieron los hombros duros. Se notaba a la legua que no estaba acostumbrado a la falta de brillo.

—Es un pueblo chico, Max —le dije, soltándome de él para sentarme en un tronco—. Aquí no hay hoteles ni sábanas de esas caras. Sé que eres hombre de ciudad, y esto te va a quedar pequeño.

Él se sacudió el polvo de la chaqueta, pero no dio un paso atrás. Podía imaginarlo arreando vacas y me moría de la risa. Se veía que esas manos solo tocaron cuentas bancarias y ese auto de lujo en el que llegó. Perdería el color citadino en menos de doce horas.




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