Rogando Por Mi Perdón

3

Nunca me había dolido el cuerpo de esta manera.

En mi otra vida, el cansancio era solo un malestar en la espalda baja tras horas de reuniones estúpidas sentado y el resplandor azul de las pantallas. Allí, el agotamiento tiene dientes y era una fiera que muerde los músculos hasta llegar al hueso.

Me levanté cuando el cielo aún conservaba un tono azul gélido, casi metálico. Mi habitación era el altillo del cobertizo, un espacio que me costó días de sudor ganarle a la suciedad. Abajo, el mundo era un caos de forraje, herramientas oxidadas y el rastro de años de descuido. Arriba, sin embargo, logré levantar un refugio entre el olor a paja seca y el polvo suspendido. Instalé un camastro que crujía como un chillido con cada movimiento, pero cada noche, la pesadez de mis extremidades me vencía y me desplomaba en él con una gratitud que jamás conocí en un colchón de lujo.

Al bajar las escaleras, el frío de la montaña me golpeó la cara.

El aire allí era tan puro que casi dolía al respirar, como si los pulmones no estuvieran acostumbrados a tanta verdad.

Mi primera tarea, la más urgente, fue la leña. El abuelo no pedía favores, ordenaba con la mirada, consciente de que sin fuego la casa sucumbiría a la noche. El hacha pesaba más que el primer día, y mis manos, antes suaves, eran un mapa de ampollas y cortes. Cada golpe vibraba desde el metal hasta mis hombros, pero había algo extrañamente satisfactorio en ese estruendo, y quizás el sonido de la madera partiéndose era el sonido de mi propia resistencia.

A esa labor le siguió el rigor del día: cargar sacos que parecían llenos de plomo, limpiar establos y alimentar a un ganado que me miraba con la misma desconfianza que sus dueños.

El sol empezó a cambiarme la piel, quemándome el cuello y los brazos con un tono cobrizo que ningún gimnasio de ciudad podría imitar. Incluso tuve que sacrificar una gallina para la cena, y me costó más valor enfrentar la vida de ese animal que cerrar cualquier negocio millonario en mi pasado.

—¿Vas a quedarte ahí parado o vas a ayudarme con esto?

La voz de Koraí cortó mis pensamientos como un látigo suave.

Estaba sentada en el patio, con el tobillo todavía prisionero de la inflamación. Me acerqué y, sin mediar palabra, me agaché frente a ella. Apliqué la crema con una delicadeza que no sabía que poseía, tratando de no lastimarla. Sus ojos me observaban con curiosidad y algo que empezaba a parecerse a la gratitud, pero no dijo nada.

Me sentía tan responsable de su encierro que las últimas dos noches las pasé trabajando en secreto en el granero. Usando maderas sobrantes y tiras de cuero viejo, intenté construirle un par de muletas. Me pinché los dedos y lijé la madera hasta que me ardieron las palmas, olvidando que mis manos estaban hechas para firmar contratos, no para dar forma a los árboles.

Se las entregué esa tarde, y al verlas bajo la luz del sol, sentí una punzada de vergüenza. Una era ligeramente más alta que la otra, las uniones se veían toscas y el cuero estaba mal cosido.

Eran, posiblemente, las peores muletas del mundo.

Koraí las miró fijamente y, de repente, soltó una carcajada limpia, de esas que te desarman y te dejan sin defensas.

—Max... creo que si intento usar estas cosas voy a terminar con el otro tobillo roto —dijo entre risas, pero luego sus ojos buscaron los míos y su expresión se suavizó—. Pero gracias, en serio.

Se puso de pie con dificultad y probó una de ellas. Cojeó un poco, volviendo a reír por lo inestable de mi invento, pero no las soltó. Las mantuvo cerca, como si el gesto valiera más que la utilidad.

El trabajo en la granja no daba tregua, pero esa tarde el calor era inusual, y el viento era pegajoso. Buscando un poco de alivio, decidí caminar hacia el río que Koraí me había mencionado en unas de nuestras pocas charlas bajo el sauce. Necesitaba lavarme el rastro de tierra y el sudor que se me había pegado al alma.

Aparté unas ramas de sauce que lloraban sobre la orilla y me detuve en seco. El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran golpeado el pecho y mis ojos no pararon de verla.

Koraí estaba allí.

De espaldas, sumergida hasta la cintura en las aguas cristalinas que bajaban de la cumbre. La luz del sol, filtrada por el follaje, caía sobre ella, haciendo que su piel húmeda brillara como si estuviera cubierta de plata líquida. Su cabello negro, largo y pesado por el agua, caía por su espalda como una cascada de obsidiana, rompiendo la claridad del paisaje. Se veía tan integrada a la naturaleza, tan serena y salvaje, que por un momento olvidé quién era yo y la razón de mi estancia en ese rincón del mundo.

Me quedé paralizado, en un shock absoluto. No era un deseo vulgar lo que me retenía allí, era una especie de reverencia ante algo hermoso y puro que no me pertenecía. Mi corazón martilleaba contra las costillas, no por el esfuerzo del día, sino por el miedo atroz de romper ese momento sagrado.

«Vete, Max. Muévete ahora», me ordené en un susurro mental.

Empecé a retroceder con cautela, tratando de no invadir su santidad, pero la torpeza de mis pies de ciudad me traicionó. Di un paso atrás y una rama seca crujió bajo mi peso con un estallido que, en medio del silencio del bosque, sonó como un disparo.




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