El mundo se quedó en silencio, como si hasta el río se hubiera detenido. Me quedé quieta, con el agua fría dándome en el pecho y los brazos cruzados para taparme, paralizada por la mirada de Max. Él me miraba fijo, con los ojos brillantes y asustados, como un animal del monte que no sabe hacia dónde correr ante un peligro.
En ese silencio tan largo, sentí que algo nos unía, quizás el silencio, quizá el destino o quizás ese Dios al que le rezaba cada noche para que no me quitara al abuelo.
No era solo la vergüenza de que me viera así, era algo más profundo. Me pareció ver en su cara todas esas penas que traía de la ciudad, esas cosas que no cuenta y que lo hacen caminar como si cargara un peso encima, y él me miraba a mí como si yo fuera lo único real que había visto en mucho tiempo. Sion embargo, el que ambos estuviéramos allí en ese momento, yo desnuda, él aterrado de verme, no fue como esa lluvia que esperábamos en mayo.
—¿Qué haces aquí, Max? —pregunté al fin, con la voz bajita—. ¿Desde cuándo estás ahí? Por favor... date la vuelta.
Él dio un salto, como si mis palabras lo hubieran despertado de un sueño profundo, de esos donde te caes de la cama. Se puso rojo de golpe y retrocedió tropezando, mirando hacia el suelo.
—¡Lo siento! ¡Perdóname, Koraí! —dijo mientras se giraba rápido—. Acabo de llegar, te lo juro. No quería espiarte estando…
Salí del agua a toda prisa, sintiendo el aire frío de la montaña en la piel bronceada. Me escondí detrás de los sauces, goteando y temblando, para ponerme el vestido rápido. Mientras me abotonaba la ropa húmeda, trataba de respirar con calma, pero el pecho me subía y bajaba como si hubiera corrido una carrera.
Cuando salí de los matorrales, él seguía de espaldas, quieto y respetuoso. No fue como ese hombre extraño que me vio una vez.
—Ya puedes girarte —dije, tratando de sonar tranquila.
Él se dio la vuelta despacio, todavía con la cara colorada.
—Soy un caballero, Koraí. Te doy mi palabra de que no vi nada que no debiera —dijo con esa educación suya tan seria.
Casi me hizo reír como se disculpaba. Hablaba como si escupiera un diccionario y me hubiera gustado que me enseñara a hablar de esa manera, para poder hablare como mi abuelo con el lechero.
—Está bien, Max. El río es de todos y el error fue mío por no fijarme —le contesté, ablandando un poco el tono y haciendo un ademán—. Vámonos, que el clima está cambiando y los pájaros se callaron. Eso en la montaña siempre anuncia algo grande.
Vi su cara. Estaba aterrado de que pudiera hacer algo contra él, pero solo era agua y un cuerpo desnudo. No era la primera vez que un hombre me veía, pero si la primera vez que me veían como él, con ese enigma en los ojos y esa confusión. El regreso fue una carrera contra el tiempo. El cielo se puso oscuro de repente, de un color violeta casi negro. Caminábamos rápido; yo apoyada en su brazo y él cargando mis muletas bajo el otro, mientras el viento empezaba a sacudir los sauces con una fuerza que asustaba.
—¡Hay que guardar a los animales! —grité para que me oyera sobre el ruido del aire—. ¡Si el granizo los agarra afuera, se mueren!
Llegamos al cobertizo justo cuando las primeras gotas, frías y pesadas, empezaban a caer. Max no esperó a que yo le dijera nada. Con una agilidad que no le conocía, me ayudó a sentarme sobre unos fardos de pasto seco y corrió a cerrar las puertas. El ganado estaba nervioso; las vacas hacían ruidos sordos y las pocas ovejas que teníamos se amontonaban unas contra otras por el miedo.
Un relámpago iluminó todo el lugar, seguido enseguida por un trueno que hizo vibrar el techo de chapa que apenas y nos cubría. El ruido fue tan fuerte que me encogí y me tapé los oídos por instinto. En ese momento, la lluvia empezó a caer con furia, golpeando la madera como si tiraran piedras desde el cielo. Odiaba las tormentas. Me recordaban a cuando mis padres murieron.
Max terminó de trabar la última puerta y se dio la vuelta, respirando con dificultad. Al verme allí, sentada y temblando entre la paja y las herramientas, su mirada cambió y se puso tierna.
Se acercó a mí sin decir una palabra. No le hizo falta; simplemente me rodeó con sus brazos y me pegó a su cuerpo. Su calor era lo único que me hacía sentir segura en medio de ese estruendo que parecía que iba a tirar la construcción abajo. Me apreté contra él, hundiendo mi cara en su chaqueta mojada que olía a bosque y escuchando su corazón, que latía tan rápido como el mío.
En ese refugio, el miedo a la tormenta se convirtió en otra cosa. Él me gustaba. Me gustaba con una fuerza que me quemaba por dentro, y era una sensación nueva que me hacía sentir cuidada y débil al mismo tiempo. En un destello de luz que entró por las rendijas de las tablas, nuestras miradas se cruzaron otra vez.
Esteba nerviosa porque era una mujer sin experiencia. Temía que pudiera hacer algo mal, que no me viera como mujer, o que me considerara tan sucia como las vacas o las ovejas. Esperaba que me viera como mujer, y creo que si sucedió porque…
Pasó.
Él se acercó tan despacio que me hizo aguantar la respiración igual que bajo el río. Y me besó. ¡Dios me besó! Fue un beso tímido al principio, un roce suave que sabía a lluvia y a una esperanza que me daba miedo, pero pronto se volvió intenso, profundo, como cuando el río crece en invierno y se lleva todo por delante.