Rogando Por Mi Perdón

5

Había pasado una semana desde la tormenta y el silencio de Koraí me pesaba más que cualquier saco de grano. Me evitaba a toda costa. Si yo entraba a la cocina, ella salía al patio; si le preguntaba por las tareas, me respondía con monosílabos sin quitarle la vista a sus manos. El beso en el granero seguía ahí, flotando entre nosotros como algo que ninguno sabía dónde poner.

Esa tarde el calor de la montaña era sofocante. Me quité la camisa empapada de sudor, un sudor que ya no olía a gimnasio, sino a trabajo duro, y la colgué en la cerca. Estaba decidido a terminar con la pila de troncos. El abuelo no me lo había pedido directamente, pero su forma de mirar la leña era más clara que cualquier orden.

Levanté el hacha.

Sentía los músculos tensos, con una fuerza que había estado dormida bajo mis trajes a medida y el aire acondicionado de la oficina. El sudor me corría por el cuello y el pecho, marcando mis hombros, que ahora se veían más anchos y rojos por el sol. Con cada golpe, sentía que no solo partía madera; estaba dejando atrás al hombre que solía ser. Ese ritmo me tuvo hipnotizado por minutos hasta que unas risas me obligaron a detenerme.

Me quedé quieto, apoyado en el hacha, y me limpié la frente con el brazo. Era ella. Koraí subía por el sendero con esa gracia natural que ni siquiera su tobillo vendado podía ocultar. Venía con Moira, que cargaba unas bolsas del pueblo. Al verme así, sin camisa y marcado por el trabajo, Koraí se detuvo un segundo. Me recorrió con la mirada y sentí que la piel me ardía más que por el sol.

Moira, en cambio, me miró con puro desprecio. Parecía que no terminaba de cerrar la historia que me inventé.

—Parece que el niño de ciudad quiere convencernos de que sabe usar las manos para algo más que manejar ese auto horroroso —soltó Moira con veneno mientras pasaba de largo.

Koraí no dijo nada, pero se puso roja de inmediato, quizá por mí, quizá por Moira. Yo me quedé firme, sosteniendo el hacha, dándome cuenta de que en este cerro mi cuerpo estaba cambiando mucho más rápido que los secretos que intentaba ocultar.

No podía permitir que pasara un día más sin que habláramos. Estaba arrepentido de ese beso, no porque no me gustara, sino porque ella parecía distante y enojada por eso, y no era lo que buscaba. Quería acercarme a ella, no que nos alejáramos más.

Aproveché el momento, clavé el hacha en uno de los troncos que tenía que cortar y caminé hacia ella, con el pecho desnudo. Moira me lanzó una última mirada de advertencia y entró en la casa dando un portazo, dejándonos solos en el camino de tierra. No podía saber lo que pensaba Koraí, ni lo que sentía por mí, pero si me permitía hablar solo un momento podríamos volver a ser amigos.

—Hace días que no te veo, Koraí —le dije en voz baja.

Me acerqué lo suficiente para que sintiera el calor de mi cuerpo tras el trabajo, pero no para invadir su espacio. La vi estremecerse con mis palabras. No era frío; era que por fin notaba que estaba ahí.

—Extraño hablar contigo —seguí, bajando más el tono y metiendo las manos en mis bolsillos—. ¿Por qué me huyes?

Ella empezó a jugar con el borde de su vestido, nerviosa. Miraba mis botas, el hacha, cualquier cosa que no fuera mi pecho o mis ojos.

—Yo... no te huyo, Max. Es que hay mucho que hacer y... —se calló, como un pájaro asustado—. No sé si debimos haberlo hecho.

Koraí habló por lo bajo, apenas en un susurro, como si no quisiera que nadie más supiera que había roto el código de amigos.

—¿Es por el beso? —pregunté, dando un paso más cerca, intentando llegar a ella—. Te tomó por sorpresa, ¿verdad?

Asintió apenas, con la respiración agitada. Su inocencia no era un juego, era real. Era la persona más dulce que alguna vez conocí, y que sintiera vergüenza por ese beso era casi adorable.

—¿Nadie te había besado antes? —insistí, buscando su mirada.

—No —susurró.

Esa sola palabra me pegó fuerte. En mi mundo, los besos no significaban nada; eran rutina, eran simples juegos donde el hombre se golpeaba el pecho como gorilas. Para ella, era algo sagrado, significativo, algo que no se daba a la ligera. Me incliné hacia ella, olvidándome de que estaba cubierto de polvo y sudor. En ese momento, mi vida de lujos no valía nada frente a ella.

—Eres hermosa, Koraí, y me encantaría besarte siempre.

Ella apenas levantó la mirada y abrió mucho los ojos.

—Pero no puede —susurró.

—¿Quién dice que no puedo?

Me acerqué despacio, dándole tiempo de sobra para irse. Ella, en lugar de retroceder, apoyó sus manos en mi pecho. Sus dedos estaban fríos y el contacto me sacudió como una descarga eléctrica. Por un momento cerró los ojos y se inclinó hacia mí, pero justo cuando estábamos a punto de rozarnos, algo la hizo reaccionar.

Quitó las manos de golpe, asustada, y salió corriendo, bueno cojeando, hacia la casa sin mirar atrás. Me dejó solo en el camino, con el corazón a mil y una frustración que no me quitaba nadie.

Esa noche no pude dormir. Me di una ducha de agua helada, pero el calor no se me iba. Me acosté escuchando el silencio de la montaña, pensando en ella, en ese maldito beso. Cerca de la medianoche, unos golpes suaves en la puerta me despertaron. Bajé rápido las escaleras, pensando que algo malo había pasado.




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