Los días que siguieron fueron como un respiro en medio de la rutina del cerro. Max y yo empezamos a querernos a escondidas, creando nuestro propio mundo con miradas y silencios ocultos de todos. Aprovechábamos cualquier descuido: cuando el abuelo se quedaba dormido frente a la ventana o cuando las ovejas pastaban tranquilas cerca del río, o cuando tocaba arrear las vacas. En esos momentos, parecía que el tiempo se detenía solo para nosotros.
—Cuéntame cómo es tu casa, Max —le pedí una tarde, echada sobre el pasto que todavía estaba tibio por el sol.
Él me rodeó con el brazo y sentí sus músculos, que ahora estaban duros por el trabajo de la granja. Max soltó un suspiro largo, mirando hacia las montañas que empezaban a ponerse violetas. Parecía que recordaba una vida que ya no sentía como suya.
—Es un lugar donde nunca hay silencio, Koraí —me dijo con un toque de tristeza y pude sentir en su voz como si le doliera—. Hay edificios altísimos, de vidrio y acero, que casi no te dejan ver el cielo. Las luces no se apagan nunca y la noche es igual de ruidosa que el día. Los autos hacen más ruido que una tormenta y la gente siempre está corriendo, como si el tiempo se les escapara.
Me hablaba de lujos que yo ni me imaginaba, de cosas que funcionaban tocando un botón, de inteligencias artificiales. Eran cosas que nunca en mi vida pensé ver y que no me podía imaginar. Solo me gustaban mis vacas y mis ovejas y el río y la tranquilidad. No me gustaba el ruido y el auto de Max parecía más una carroza que algo útil. Para mí sonaba a un cuento de hadas, pero uno frío y gris escaso. Mientras lo escuchaba, sentí un nudo en el pecho. Me lo imaginaba a él en ese mundo, vestido de traje y siempre apurado.
Le apreté la mano y sentí sus palmas; ahora estaban ásperas, como las mías, no suaves y tersas como las que me tocaron ese primer día cuando me atropelló. Me dio miedo. Un miedo real que se me instaló en el estómago. Un hombre que venía de un lugar tan grande y brillante no podía quedarse para siempre en un sitio donde lo único que importaba era que creciera la hierba y sobrevivir al invierno. Temí que me dejara, que viera que estaba falta de educación porque ni a la escuela fui, y él estaba lleno de palabras que nunca había escuchado y no sabía lo que significaban. ¿Podría Max aburrirse de que no fuera una mujer ciudad?
Unos días después, mientras bajábamos el ganado bajo un cielo anaranjado, nos pudo el deseo. Nos desviamos del camino y nos escondimos entre unos sauces y la hierba alta. Nos besamos con ganas, con esa desesperación de saber que lo nuestro era prohibido, pero al separarnos, la realidad nos dio un golpe duro.
Moira estaba ahí mismo, parada en medio del camino, con unos plátanos que pensaba darme. No decía nada, pero su cara lo decía todo: estaba decepcionada y furiosa a la vez.
—Pero ¡¡¿qué estás haciendo, Koraí?! —me gritó en cuanto Max se adelantó con las ovejas para dejarnos solas.
Me acerqué a ella tropezando, con la cara ardiendo de vergüenza y la llevé a rastras hacia unos arbustos para que Max no nos oyera.
—¡Estoy enamorada de él, Moira! —solté de golpe y me sentí aliviada de decirlo—. Me hace sentir cosas que no sabía que existían. Siento que el corazón me va a explotar cuando me mira y que tengo miles de abejas zumbando en mi panza. Me enamoré de él.
Moira me soltó el brazo con brusquedad, enojada, aunque no lo pareciera. No estaba enojada, estaba asustada por mí.
—¡Pues a mí no me gusta nada ese hombre que apareció en ese auto de lujo! —respondió señalando hacia donde se había ido él—. Ese hombre esconde algo, Koraí. Míralo bien. Nadie con esa facha y esos secretos en los ojos huye a la montaña porque sí. Se nota a leguas que está escapando de alguien, que dejó un incendio atrás y quiere que la lluvia de aquí se lo apague.
—Yo confío en él —le dije, aunque por dentro estaba temblando porque era mi amiga y no me apoyaba—. Él ha cambiado. Se quedó, trabaja, me cuida... No toda la gente de la ciudad es mala.
Moira suspiró y su expresión se ablandó un poco. Me puso una mano en el hombro y apretó con fuerza.
—Koraí, escúchame. El problema de los hombres que huyen es que, tarde o temprano, alguien viene a buscarlos, y cuando lo encuentren, tú vas a estar en medio del fuego. Vas a terminar pagando por algo que no hiciste, niña. Te quiero mucho y no quiero que ese enorme musculoso de piel brillante te lastime.
Pude reírme porque fue gracioso, pero me solté de ella, incapaz de seguir escuchando. Me di la vuelta y la dejé ahí plantada. Me dolió pelearme con ella, que siempre había sido mi apoyo, pero no iba a dejar que sus miedos me arruinaran lo que sentía. Sin embargo, cuando llegué a casa y vi a Max acomodando la leña, las palabras de Moira se me quedaron clavadas como una espina.
—Mi amiga no confía en ti —le dije esa noche, cuando nos quedamos solos en el porche a ver como las luciérnagas llenaban el jardín—. Y a veces... a veces pienso que tiene razón. Que solo estás de paso y que, cuando estés bien, me vas a dejar aquí sola.
Max me tomó de las manos y pude sentir los callos del hacha en sus dedos. Sus palmas ásperas apretaron las mías con fuerza.
—Koraí, mírame. No es así. Este lugar y tú me han dado algo que no conocía. Me gusta esta vida y me gustas tú más que nada en la ciudad. —Max me quitó el cabello de la mejilla y me besó, tierno, lindo—. Si algún día me tengo que ir, quiero que sea contigo.