Rogando Por Mi Perdón

7

Caminé por las calles de tierra del pueblo con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. El frío de la madrugada me calaba los huesos, pero el verdadero hielo lo llevaba por dentro, intentando apagar el fuego de la mentira. Había dejado a Koraí en la clínica, aferrada a la mano de un hombre que se le escapaba entre los dedos, mientras yo salía a cazar fantasmas.

No sabía por dónde empezar. El pueblo era apenas un puñado de techos de zinc y paredes de adobe que parecían brotar del cerro, pero a esa hora, el silencio lo hacía sentir inmenso y asfixiante. Me detuve frente a una pequeña pulpería que apenas abría sus puertas, donde el olor a maíz nixtamalizado empezaba a flotar en el aire.

—¿Busca a alguien, joven? —preguntó un anciano mientras barría el umbral con una paciencia que me desesperaba.

—Un hombre —dije, tratando de recuperar el aliento porque corrí desde el hospital hasta allí—. Un extranjero. Alto, vestido como si se hubiera equivocado de continente.

El hombre se detuvo y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis botas cubiertas de lodo seco y mis ropas de trabajo.

—Ah, el señor del traje brillante. Solo hay dos lugares donde alguien así se quedaría: la pensión de Doña Marta o la posada de "El Descanso", pero a esta hora, seguro lo encuentra en la posada; ahí sirven el café más fuerte para los que no pertenecen aquí.

Corrí hacia allá, esquivando charcos y perros flacos que ladraban a mi paso. "El Descanso" era una estructura de madera que crujía con el viento del cerro. Al entrar, el olor a humo de leña y café tostado me golpeó el rostro, y allí lo vi.

Dawson estaba sentado en una esquina, frente a un plato de comida local que observaba con evidente desdén. Verlo allí, con su traje italiano de tres piezas y su reloj de oro brillando bajo la luz mortecina de un foco, fue como recibir un puñetazo de mi realidad anterior. Dawson era el espejo de todo lo que yo había intentado dejar atrás: el ruido, la prisa, la falta de alma.

—¿Dawson? —solté, y mi voz sonó ronca, endurecida por el trabajo físico y el aire puro del cerro.

Él levantó la vista. Por un segundo, hubo un vacío en su mirada y no me reconoció. Sus ojos recorrieron mi rostro quemado por el sol, mi barba descuidada y mis manos curtidas. Mi amigo se quitó los lentes de sol y me sonrió porque después de todo seguía siendo yo. Se puso en pie y pude ver el alivio en su cara al encontrarme.

—¿Max? —exclamó, extendiendo los brazos, pero deteniéndose antes de tocarme, como si temiera mancharse de pueblo—. Por fin te encuentro. ¿Tienes idea de lo que ha sido buscarte en este fin del mundo? Mírate... estás diferente. Estás... no sé, más ancho, más oscuro. Pareces un campesino con todas las letras.

—Me siento diferente, Dawson —respondí, y una pequeña sonrisa, casi involuntaria, asomó en mis labios al recordar los días en la granja—. Por primera vez en mi vida, me siento feliz. Me siento útil. Aquí no soy un apellido, soy solo un hombre. ¿Pero qué haces aquí? ¿Cómo está todo allá? ¿Cómo me encontraste?

Dawson suspiró y perdió por fin su tono condescendiente, adoptando una expresión sombría que me heló la sangre.

—¿Y mi madre? —pregunté con amargura.

—Tu madre es la que me ha enviado —respondió Dawson, jugueteando con su reloj de oro—. Ha tomado las riendas temporalmente, pero los inversores no aceptarán a Malvina a largo plazo. Necesitan al heredero. Ella me dio un mensaje muy claro para ti: si no regresas a Nueva York hoy mismo, ella misma vendrá aquí.

Me mantuve rígido, sintiendo cómo el aire de la posada se volvía pesado. Dawson continuó, bajando la voz: —Y sabes que, si Malvina pone un pie en este pueblo, no dejará piedra sobre piedra hasta que acabe con todos. Ha mencionado a la chica, Max. Sabe de Koraí. Sabe de la granja donde te escondes. Sabe de su vida.

Sentí un escalofrío. Conocía a mi madre; ella era capaz de comprar el pueblo entero solo para demolerlo si eso servía a sus propósitos corporativos y mantenía su posición de mujer empoderada y que con la suela del zapato aplastaba.

—Me está chantajeando con ella —mascullé, golpeando el marco de madera de la ventana con un puño.

—Te está recordando quién eres —corrigió Dawson—. No puedes jugar a ser el buen vecino mientras el imperio de tu familia queda a la deriva. Los socios están esperando. Sabes que el pacto con ellos es lo único que inyectará el capital necesario para frenar la caída. Tienes que volver, casarte y tomar el mando. No hay otra salida, amigo. El juego de la casita de campo se terminó.

Me miré las manos sobre la mesa de madera tosca. Estaban sucias, con los nudillos pelados. Eran las manos de un hombre que había aprendido a salvar a otros, pero ahora se sentían atadas por hilos.

—Regresaré —susurré, sintiendo un nudo de hiel en la garganta—. Hoy mismo podemos irnos si es necesario, pero necesito tiempo para despedirme. Si ella toca a Koraí, juro que no quedará nada del imperio para cuando yo termine.

El pasillo de la clínica, que horas antes me parecía un lugar de esperanza, se había convertido en un túnel de ejecución. Cada paso que daba hacia ella era una mentira que cobraba vida propia. En mi bolsillo, el teléfono era un objeto incandescente; los mensajes de mi madre y las órdenes de Dawson quemaban, recordándome que el tiempo con mi Koraí se estaba agotando.




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