Capítulo 1: El vacío
El olor a antiséptico no limpia el miedo; solo lo fija en las paredes. Para la madre de Hades, el pasillo del piso 10 del Hospital de Clínicas, en el corazón de Buenos Aires, se había vuelto un universo de baldosas blancas y luces de neón que parpadeaban con un zumbido eléctrico insoportable. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos le habían quedado blancos, como si intentara sostener los pedazos de su propia vida antes de que terminaran de desmoronarse frente a la puerta de Terapia Intensiva.
—Hicimos todo lo posible por estabilizarlo tras la caída, pero el impacto fue severo —la voz del médico llegaba a sus oídos como si estuviera sumergida bajo el agua—. Está en un coma profundo. Ahora solo queda esperar.
Esperar. Qué palabra tan vacía cuando tu hijo decidió que el vacío era mejor que seguir a tu lado. Ella cerró los ojos, intentando borrar la imagen de la baranda del balcón de su departamento en aquel cuarto piso, imaginarse el sonido seco contra el pavimento de la avenida y el grito que se le quedó atragantado en la garganta al momento de verlo. ¿En qué momento el silencio de Hades dejó de ser "timidez de adolescente" para convertirse en un abismo? Recordó la computadora de él, siempre encendida, y esa sensación de que Hades habitaba un mundo digital donde alguien, en algún lugar, parecía entenderlo mejor que ella.
Dentro de la habitación, el cuerpo de Hades descansaba bajo una sábana tirante, conectado a cables que parecían querer anclarlo a un mundo del que él intentó escapar.
En esa habitación fria donde ya estaba hacia un tiempo, el monitor cardíaco dictaba el ritmo de una existencia que pendía de un hilo.
De repente, el aire en la habitación cambió. No fue un soplido, sino una vibración.
Hades abrió los ojos, pero no vio el techo descascarado del hospital. Se vio a sí mismo desde arriba. El peso que lo había empujado hacia el vacío desde el cuarto piso un par de horas antes había desaparecido, reemplazado por una ligereza aterradora. Ya no sentía el frío, ni el dolor de los huesos rotos, ni esa presión en el pecho que lo asfixiaba desde hacía meses.
Intentó gritar, pero nadie lo oía. Intentó tocar a su madre, que ahora lloraba en silencio junto a su cama, pero sus dedos atravesaron el aire como si fuera humo. Se notaba lo demacrada y consumida que estaba, llena de tristeza y dolor.
Aunque a él le parecio un instante, se notaba que ya habian pasado meses; fue entonces cuando lo vio.
Desde el centro de su pecho, justo donde solía dolerle la angustia, nacía una línea de un rojo incandescente. No era sangre; era una luz delgada, vibrante, que atravesaba la ventana del piso diez, se deslizaba entre los edificios altos de la ciudad y se perdía en la oscuridad de la noche, extendiéndose kilómetros allá afuera.
Hades, movido por un instinto que no entendía, estiró su mano espectral y rozó el hilo. Sintió un tirón. Una descarga eléctrica de calidez que no pertenecía a ese hospital frío. El hilo se tensó, como si del otro lado, alguien acabara de tropezar.
Alguien estaba conectado a su final. O quizás, a su nuevo principio.
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Editado: 22.04.2026