Rojo destino: el último nudo.

2-El tirón

Capítulo 2: El tirón

El aula de Literatura se sentía como una jaula de cristal. El sol de la tarde entraba por los ventanales del instituto, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire, mientras la voz monótona del profesor explicaba algún poema antiguo sobre la tragedia. Isela no escuchaba. Tenía la vista fija en su cuaderno, donde dibujaba espirales infinitos para no tener que mirar a nadie.

—Qué ridícula, se cree que por hacerse la profunda alguien le va a prestar atención —el susurro de Mía llegó como un dardo venenoso desde la fila de atrás.
Isela apretó el lápiz, pero no levantó la mirada. Su máscara de "chica a la que nada le afecta" estaba intacta, pero por dentro, el recuerdo de su padre y el uniforme de policía exhibido bajo llave en la sala de su casa le quemaba el pecho. De repente, sintió una punzada extraña. No fue un dolor, fue una presión justo en el centro del esternón, donde tenía esa pequeña marca de nacimiento rojiza que siempre intentaba ocultar.
Sintió un tirón. Un desplazamiento físico, como si alguien hubiera enganchado un anzuelo en su alma y estuviera tirando de ella hacia afuera del aula.
—¿Te pasa algo, Ela? ¿O te quedaste muda de tanto fingir? —Mía se inclinó hacia adelante, disfrutando del silencio de su rival.
Isela se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo, provocando un chirrido estridente. Sin pedir permiso, salió al pasillo, buscando aire. El tirón se hizo más fuerte, guiándola hacia los casilleros del fondo, una zona oscura y poco transitada.
Allí estaba él.
Era un chico de piel pálida y ojos que parecían contener toda la sombra de la ciudad. Llevaba una chaqueta oscura y se veía extrañamente nítido, pero a la vez, había algo en su presencia que hacía que el aire a su alrededor vibrara.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —preguntó Isela con la voz temblorosa.
El chico dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos, llenos de un asombro aterrador.
—¿Me... me ves? —la voz de Hades sonó como un eco lejano, pero cargada de una desesperación que a Isela le partió el alma.
Él levantó su mano. Entre ellos, Isela no veía nada, pero Hades observaba ese hilo incandescente que nacía de su propio pecho y se enroscaba con fuerza en la marca de nacimiento de la chica. Ella no veía el hilo, pero sentía el calor.
—Te he estado siguiendo —dijo él, ignorando el hecho de que su cuerpo real estaba a kilómetros de allí, conectado a un respirador—. El hilo me trajo hasta aquí. No sé por qué eres la única que no me atraviesa con la mirada.
En ese momento, Mía salió al pasillo, decidida a terminar su humillación.
—¿Con quién hablas, loca? —Mía miró directamente hacia donde estaba Hades, pero sus ojos pasaron de largo, como si solo hubiera aire—. ¿Ahora también tienes amigos invisibles? Definitivamente es algo que viene de familia; los cables sueltos deben ser hereditarios.

Isela sintió la rabia subirle por la garganta, pero lo que más la impactó fue ver la expresión de Hades. Él se acercó a Mía, le pasó la mano por el rostro, pero Mía ni se inmutó.

Hades volvió a mirar a Isela, y por primera vez, su máscara de frialdad se rompió.

—No le hagas caso —le susurró Hades al oído, y ella sintió un escalofrío que no era de frío, sino de una conexión que desafiaba a la muerte—. Yo sí estoy aquí. Y parece que no puedo irme a ningún otro lado si no es contigo.




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