Capítulo 3: El peso del silencio
Mía soltó una carcajada estridente, rompiendo el momento de conexión entre Hades y Ela.
—Definitivamente perdiste la cabeza, Ela. Hablas con la pared —dijo Mía, dándose la vuelta para regresar al aula mientras buscaba su teléfono en el bolsillo—. Mañana todo el instituto sabrá que la hija del policía "héroe" necesita una habitación acolchada.
Isela sintió un escalofrío. Miró a Hades, que seguía allí, estático, con la mirada clavada en Mía.
—No puede verme... de verdad no puede —murmuró Hades, más para sí mismo que para ella. Luego, miró el hilo rojo que vibraba entre ambos—. Tenemos que salir de aquí. Siento que el aire se vuelve pesado, como si este lugar me asfixiara.
—Pero no puedo dejar que diga esas cosas, ella... —intentó decir Ela, pero sintió un tirón seco en el pecho.
Hades ya había empezado a caminar hacia la salida, y el hilo obligaba a Isela a seguir sus pasos. No era una fuerza bruta, sino una necesidad física de no alejarse. Ella tomó su mochila le dijo a los profesores que estaba indispuesta y, sin mirar atrás, caminó por el pasillo vacío. Al cruzar el umbral del instituto, el sol de la tarde le dio en la cara y Hades suspiró con alivio.
—Mejor —dijo él—. Camina hacia tu casa. Necesito entender por qué el hilo se tensa tanto cuando esa chica habla.
—No es algo que yo controle. Ella sabe dónde golpear.
Caminaron en silencio hasta la casa de Ela. Era una construcción pequeña, de paredes frías y un silencio que pesaba más que el ruido del colegio. Al entrar, la luz de la patrulla estacionada en la esquina le recordó que su madre no estaría. Había dejado una nota rápida en la encimera de la cocina: "Turno doble en la comisaría. Hay comida en el refrigerador. No me esperes despierta".
Isela suspiró y se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos. La soledad de la casa siempre la golpeaba de la misma forma: recordándole el eco del disparo que cambió su vida meses atrás.
—¿Tu madre también es policía? —preguntó Hades, flotando cerca de la ventana, mirando el uniforme de gala del padre de Isela que aún colgaba en un cuadro con medallas en la pared.
—Es lo único que sabe ser —respondió ella con amargura—. Cree que patrullando la ciudad podrá atrapar al fantasma de mi padre.
— Entonces, ¿Quién eres y porque solo yo puedo verte?—
Hades la miro con ojos impenetrables, —Solo sé que me llamo Hades, lo demás es muy confuso en mi mente—
En ese momento, el celular de Ela vibró. Era un video que Mía había subido a sus historias: una grabación de Isela hablando "sola" en el pasillo, con un filtro de payaso encima y el texto: "La locura es hereditaria. Cuiden a sus padres".
Isela sintió que la garganta se le cerraba. La humillación era pública. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
Hades soltó un quejido agudo y cayó de rodillas. El hilo rojo, que antes era una línea delgada, se había transformado en un nudo grueso y deforme que brillaba con una luz violeta dolorosa.
—¡Hades! ¿Qué te pasa? —Isela se arrodilló frente a él, intentando tocarlo, pero sus manos solo sentían una estática helada.
—Es el nudo... —jadeó él, con el rostro contraído por el dolor—. Tu tristeza lo está enredando. Tienes que... tienes que defenderte, no por ti, sino por nosotros. Si dejas que ese nudo crezca, me vas a arrastrar contigo al vacío.
Hades estiró su mano y, por un segundo, Isela sintió un calor real en su mejilla, como si él estuviera secando su lágrima con una voluntad que desafiaba su estado espectral, casi sintiendo su tacto.
—No llores por alguien que no vale tu dolor —le ordenó con esa voz fría que ahora empezaba a quebrarse—. Mañana le demostraremos que no estás sola. Yo voy a ser tus ojos donde tú no puedas ver.
Isela lo miró a los ojos y, por primera vez en años, sintió que el peso en su pecho no era solo suyo. Tenía a alguien.
—Me llamo Isela Novak— le susurro ella.
—Es un placer conocerte— Respondió él.
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Editado: 22.04.2026