Rojo destino: el último nudo.

4-Ojos en la oscuridad.

Capítulo 4: Ojos en la oscuridad

Ela no pudo pegar un ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, veía el filtro de payaso en su rostro y las burlas de Mía multiplicándose en su pantalla. A su lado, Hades permanecía sentado en el suelo, observando el nudo violeta de su pecho. La luz de la mañana los encontró agotados, pero con una determinación nueva.
—Hoy no bajarás la cabeza —le dijo Hades mientras ella se miraba al espejo, ocultando las ojeras con algo de maquillaje—. Recuerda, estaré allí.
El regreso al instituto fue como caminar hacia un paredón de fusilamiento. Las miradas y los cuchicheos la perseguían por los pasillos, pero Ela se mantenía erguida, sintiendo la presión constante del hilo rojo recordándole que no estaba loca, que él era real.
—Mía está en los vestuarios con sus amigas —susurró Hades al oído de Isela, aunque nadie más podía escucharlo—. Ve allí. Quédate cerca de la puerta, yo entraré.
Isela obedeció con el corazón martilleando en su pecho. Se apoyó en los casilleros exteriores, fingiendo revisar su teléfono, mientras veía la silueta translúcida de Hades atravesar la puerta de madera del vestuario de chicas. Dentro, el ambiente estaba cargado de risas y olor a perfume caro. Mía estaba sentada en un banco, rodeada de sus seguidoras, sosteniendo su teléfono con satisfacción.
—Fue demasiado fácil —decía Mía, retocándose el labial—. La hija del policía está a un paso del colapso. Mi padre dice que la gente débil como ella no debería estar en esta institución.
Hades se acercó a ella, a pocos centímetros de su rostro. Podía ver el sudor en la frente de Mía, una señal de nerviosismo que nadie más notaba. Observó cómo Mía guardaba rápidamente una pequeña bolsa con pastillas en el bolsillo oculto de su mochila mientras sus amigas no miraban. Luego, vio un mensaje que llegó a su pantalla: «¿Tienes lo que te pedí? Y ella le responde. Mi padre no puede enterarse de que robe esto de su cajón».
Hades salió del vestuario atravesando la pared, con los ojos brillando de una forma diferente.
—Tiene miedo— dijo Hades, apareciendo de repente frente a ella—. Mía no es la chica perfecta que todos creen. Tiene algo en su mochila que no le pertenece, algo que robó. Está usando tu dolor para distraer a todos de sus propios errores. Solo entra y dile que sabes lo que guarda en el bolsillo secreto. Muéstrale que sus ojos no son los únicos que están mirando.
Isela respiró hondo. El aire del pasillo parecía más denso, pero la voz de Hades en su nuca le daba una seguridad que nunca había sentido. Entró en los vestuarios justo cuando las risas de Mía llegaban a su punto más alto. El silencio cayó sobre el grupo como una manta pesada en cuanto la vieron.
—Vaya, miren quién decidió aparecer —dijo Mía, cerrando su mochila con un movimiento brusco, aunque sus dedos temblaron un milisegundo—. ¿Vienes por el autógrafo del payaso o vas a seguir hablando con tus fantasmas?
Las otras chicas rieron, pero Isela no bajó la mirada. Caminó hasta quedar a pocos pasos de Mía. Hades estaba justo detrás de ella, observando cada gesto, cada microexpresión de pánico.
—Puedes seguir subiendo videos, Mía —dijo Isela con una calma que la sorprendió incluso a ella misma—. Pero las dos sabemos que lo haces para que nadie mire lo que hay dentro de tu mochila.
Mía palideció. La sonrisa se le borró de golpe, reemplazada por una máscara de rigidez.
—No sé de qué hablas —escupió Mía, intentando sonar digna, pero dio un paso atrás.
—Hablo del bolsillo secreto. Ese que no quieres que nadie sepa— continuó, siguiendo las indicaciones silenciosas de Hades—. Sería una lástima que alguien encontrara lo que robaste de su cajón, ¿no crees?
El silencio en el vestuario se volvió ensordecedor. Las amigas de Mía se miraron entre sí, confundidas y con una chispa de duda. Mía apretó las correas de su mochila con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron rojos. Por primera vez, el miedo en sus ojos era real.
—Vámonos —ordenó Mía a su grupo, con la voz quebrada—. No voy a perder el tiempo con alguien que claramente necesita medicación.
Mía salió casi corriendo del lugar, seguida por sus amigas que ya no reían. Cuando se quedaron solos, Isela soltó un suspiro largo y se apoyó contra la pared. Sus piernas flaqueaban.
—Lo hiciste —susurró Hades.
Ella miró hacia abajo. El nudo violeta en el pecho de Hades había perdido ese brillo doloroso; ahora volvía a ser un hilo rojo, algo tenso, pero mucho más tranquilo. Por primera vez en mucho tiempo, Isela sintió que podía respirar.
—¿Cómo supiste lo que tenía? —preguntó ella, mirando el espacio vacío donde sabía que él estaba.
—Digamos que siendo una sombra, aprendes a leer las verdades que la gente escribe cuando cree que nadie mira —respondió él, acercándose—. Pero esto es solo el principio. Ella no se va a quedar quieta.
Isela asintió. Sabía que la guerra no había terminado, pero al menos hoy, el vacío no le había ganado la partida.




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