1
Diciembre siempre ha sido un mes agotador para Pedro, ser gerente de una tienda departamental de alta demanda en estas fechas es un verdadero infierno. Había pasado por lo menos dos semanas sin poder dormir más de quince minutos seguidos por lo que tuvo un colapso físico a mitad de su último turno. Su cuerpo le exigía descanso. Le concedieron dos días de reposo, no era mucho pero la aceptó con gusto.
Era la primera noche en la que estaba logrando conciliar el sueño cuando comenzó a sentir picazón en el brazo izquierdo seguido de un extraño hormigueo como si algo caminara por su piel. Dio un rápido manotazo esperando aplastar al posible insecto pero la sensación persistía. Con furia lanzó las cobijas a un lado y ajustó la vista en la oscuridad, pudo ver cómo un pequeño ser se desplazaba por su brazo con suma tranquilidad. Lo tomó, lo examinó con atención, era regordete, parecía tener un color rojizo. Lo intentó aplastar pero era bastante duro, casi como sí fuera una piedrita, puso más fuerza hasta que finalmente brotó un chorro de sangre. Decidió levantarse de su cama decidido a encender la luz, al hacerlo se llevó una sorpresa desagradable: la cama estaba infestada de ciento de estos insectos. Se trataba de incontables chinches que caminaban por sus sábanas, su colchón, sus almohadas, todo estaba cubierto por esos invasores.
El escozor recorrió todo su cuerpo, seguido de una gran furia contra las criaturas que habían invadido su lugar de reposo. Buscó entre sus cosas una vieja tarjeta de metro y comenzó a matar a cada uno de los intrusos. El crujido que producían al ser aplastados le resultaba hasta cierto punto satisfactorio. Comenzó a recorrer las esquinas del colchón en busca del nido, sabía que tenía que existir uno. No hallaba más que brotes dispersos, no se rendiría en su búsqueda.
Estaba agotado, pensaba y pensaba sin tener idea de dónde se ocultaba el nido. Había acabado con las chinches de la superficie―claro― se dijo―la superficie.
Acto seguido dio vuelta al colchón y ahí estaba, en el centro, un gran hoyo repulsivo. Dentro de éste, millares de chinches, huevecillos, manchas rojas, marrones, blancas. Podía ver cómo se movían compulsivamente miles de patitas. El resto de la noche durmió en el sillón de la sala.
2
Al día siguiente fue despertado por alguien que se encontraba tocando el timbre de la casa. Con lentitud caminó hasta la puerta, miró por la perilla: se trataba de un hombre alto, algo fornido, bien parecido y con un prominente bigote similar a un cepillo partido por la mitad. No podía verle los ojos pues estaban ocultos bajo unas gafas tipo aviador. Vestía una camisa a cuadros roja de leñador con una playera negra deslavada debajo y pantalones de mezclilla un tanto percudidos de color caqui. Era una ropa poco adecuada para el frío que hacía esa mañana.
―Buenos días, vecino. Soy nuevo en el vecindario y me preguntaba si me puede regalar un poco de agüita, es que parece que en algunas casas no ha caído nada en las cisternas― dijo aquel hombre con un acento norteño bastante marcado y una voz que resultaba bastante agradable.
Pedro dudó ― ¿Ya preguntó en las demás casas sí tienen agua?
―Sí, hasta ahora en las que he preguntado ninguna tiene― el hombre acercó el rostro a la perilla, miró a través de esta― ábreme.
Sin saber por qué, Pedro decidió abrir la puerta. Era casi como si se sintiera hipnotizado al instante―claro, claro pase―respondió con un poco de duda, a la vez que se quitaba las lagañas.
―Se ve muy mal vecino, ¿Se encuentra enfermo?
―No, es sólo que no dormí muy bien anoche y estoy bastante cansado―se percató que aquel hombre, cuyo nombre aún no sabía, no traía cubetas o recipientes para llevar el agua que había pedido. El hombre notó el pensamiento de Pedro.
―Ah, sí. También quería ver si me puede prestar unas cubetitas, ¿Vea?
―Sí, sí, claro. Están a un lado de la cisterna, al fondo. A la izquierda del área de lavado― señaló, aún visiblemente confundido, y un tanto desorientado― ¿Gusta algo de café?―agregó― no, espere, no puedo ofrecerte café aún no instaló el nuevo tanque de gas, todavía tengo que moverlo de la cocina y... bueno, eso.
―Oh, no. Muchas gracias, Pedrito. Igual no te preocupes, así estoy bien. Anoche cené mucho y muy rico, acá con el hombre de la entrada y al rato será igual una gran cena, ya sabe, de bienvenida. Nos estamos quedando con los Juárez, en lo que se resuelve el papeleo de la casa que compramos. Sí los conoce, ¿verdad? Son los vecinos de unas casas para allá― señaló el hombre― aún me siento lleno, pero muchas gracias, de veras que sí. Quizá más en la tarde te acepte el café, Pedrito― el hombre caminó hasta las cubetas, luego a la cisterna, finalmente tomó dos cubetas de agua.
― ¿Me puede recordar su nombre?―dijo Pedro intentando sonar lo más amable posible, pero sin mucho éxito.
―Oh, es cierto ¡Qué modales los míos! discúlpame...pero a ver, a mí me gusta jugar a las adivinanzas, así que adivina mi nombre, es súper fácil ―el hombre, con las cubetas en mano, caminó hasta la puerta y miró a Pedro con recelo― a ver, intenta, a ver.
Pedro pensó muchos nombres pero no se aventuraban a decir alguno. A pesar de no poder mirar los ojos de aquel extraño, podía sentir su mirada. Una mirada pesada que le despertó temor, como si temiera que el extraño fuera a enfurecer y abalanzarse sobre él. Percibió una furia contenida, muy contenida, apenas presente, pero ahí estaba. Sin estar seguro respondió― ¿Rogelio?