Prólogo. Reencarnación
Estambul, año 2026. Palacio de Topkapi, jardín.
Los turistas se toman fotos junto al antiguo tilo, que tiene casi quinientos años. La guía cuenta la leyenda de Roxolana. Nadie se fija en la joven que permanece aparte.
Es joven, unos veinte años. Su cabello rojizo cae sobre sus hombros, sus ojos verdes miran a través del tiempo. Lleva un sencillo vestido negro y un collar con un colgante en forma de media luna. No toma fotos. Recuerda.
—Nastia, vamos —la llama su amiga.
—Un momento.
Nastia Lisovska, estudiante de Historia de la Universidad de Kiev, ha venido a Estambul para hacer prácticas. Nunca ha estado aquí. Pero cada piedra, cada olor, cada soplo de viento le resulta dolorosamente familiar.
Se acerca al tilo, apoya la palma de la mano en la corteza.
Y el mundo estalla en imágenes.
Cordón de seda. Manos ensangrentadas. Suleimán llorando. Hijos que mueren. El Bósforo. Frío. Vacío.
Nastia cae de rodillas, jadeando.
—¡Nastia! ¿Qué te pasa?
—Yo… acabo de morir. Por quinta vez.
No sabe por qué dijo «por quinta vez». Pero es verdad.
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PARTE 1. SUEÑOS QUE MATAN
Kiev, tres meses atrás.
Nastia Lisovska había tenido sueños extraños desde la infancia. Palacios medievales, batallas, harenes. Despertaba gritando, sintiendo en el cuello la marca de un cordón de seda.
Los psiquiatras decían: «síndrome postraumático», «recuerdos fantasma», «memoria genética».
Su abuela, que había sobrevivido al Holodomor, decía: «Has renacido, hija. Y algún día encontrarás a quien te mató».
—Abuela, eso no es lógico —objetaba Nastia.
—El amor y la muerte no son lógicos. Simplemente existen.
Nastia estudiaba la historia del Imperio Otomano como si buscara algo. Escribía su tesis sobre Roxolana, se reía de los paralelismos: «También Nastia, también pelirroja, también de Rohatyn».
Pero un día, en los archivos, encontró un facsímil de una carta supuestamente escrita por la propia Roxolana. La letra… era su letra.
No durmió durante tres noches. Luego decidió: iré a Estambul. Lo veré con mis propios ojos.
Tal vez me vuelva loca. Tal vez encuentre respuestas.
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PARTE 2. AQUEL QUE RECUERDA
Estambul, hotel moderno.
Nastia está sentada en su habitación, temblando tras el ataque en el jardín. Frente a ella, un té que se enfrió hace una hora. Afuera ruge la metrópolis.
Golpean a la puerta.
—Adelante —dice ella, sin pensar.
Entra un hombre. Alto, de hombros anchos, cabello oscuro y ojos marrones penetrantes. Viste un traje caro, pero se mueve como un guerrero.
Nastia se queda helada. Conoce ese rostro. De sus sueños. Del dolor. De cada vida que ha vivido.
—Suleimán —susurra.
Él se estremece.
—Nadie me llamaba así desde hace cuatrocientos años.
Se sienta enfrente, sin pedir permiso. La mira largo rato, con intensidad.
—Eres igual. El cabello, los ojos, incluso esa mirada que me hace sentir culpable de todos los males del mundo.
—Y lo eres —responde Nastia, y su voz se vuelve firme—. Ejecutaste a nuestro hijo.
—Mustafa quería matarme.
—Le mintieron. Yo mentí.
Él calla. Luego dice en voz baja:
—Lo sé. Lo supe años después de tu muerte. Encontré tus verdaderas cartas al sah persa. Tú falsificaste las pruebas.
—¿Y qué sentiste?
—Quise matarte. Pero ya estabas muerta. Y luego… comprendí que yo habría hecho lo mismo en tu lugar. Por poder, por los hijos.
Nastia ríe con amargura.
—Ahora nos encontramos. Cuatro siglos después. Dos viejos pecadores en cuerpos jóvenes.
—¿Todavía me amas? —pregunta él, simplemente.
—Te odio.
—Es lo mismo.
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PARTE 3. LAS REGLAS DEL JUEGO
El hombre se llama Mehmet Karaman. Es empresario, descendiente de la aristocracia otomana, pero lo recuerda todo desde que nació. Su primera palabra no fue «mamá», sino «Roxolana».
Buscó a Nastia durante décadas. La encontró a través de las redes sociales —su perfil de Facebook con una foto en el monumento a Shevchenko y el pie: «Volveré».
Ahora le propone un pacto.
—Podemos vivir esta vida luchando, como las anteriores. O podemos vivirla juntos. Sin intrigas, sin asesinatos. Solo dos personas que recuerdan cómo amar.
—Olvidas quién soy —dice Nastia—. Soy Hürrem. No sé vivir sin tramar. Yo tejo telarañas.
—Entonces las tejeremos juntos. Pero sin sangre.
Ella mira largo rato por la ventana. El Bósforo es igual que en sus sueños.
—Trato hecho.
Pero miente. Ya está planeando cómo comprobar sus verdaderas intenciones. Porque la vieja costumbre no se oxida.
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PARTE 4. SOMBRAS DEL PASADO
En Estambul, Nastia se reencuentra con personas que recuerda de su vida anterior.
Rüstem Bajá ahora es un abogado llamado Rüstem. Sigue siendo calvo, astuto y leal a ella.
—Hürrem Sultan —susurra al verla—. Sabía que volvería.
—No me llames así. Ahora solo soy Nastia.
—Para usted siempre seré un sirviente.
Mahidevran es una periodista que hace investigaciones sobre corrupción. No recuerda su vida pasada, pero odia a Nastia a primera vista. Instinto.
—Me recuerdas a alguien —le dice con desdén.
—Tú también a mí —responde Nastia con calma.
Mihrimah, la hija de Nastia, ahora se llama Mira. Es psicóloga, ayuda a personas con traumas. No sabe que su madre está cerca. Pero una noche, Mira llama a Nastia y le dice:
—Soñé con una mujer vestida de rojo. Lloraba. ¿Era usted?
—Quizás —responde Nastia en voz baja—. Yo lloro a menudo mientras duermo.
—¿Por qué?
—Porque perdí a un hijo. Muchas veces.
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PARTE 5. ¿AMOR U OBSESIÓN?
Mehmet no se separa de Nastia. La invita a cenar, le regala flores, la pasea en yate por el Bósforo.
—Intentas sobornarme —se ríe ella.
—Intento recordarte que eres humana, no un arma.