Llegaron a la plaza de Clujnapoca. Los ciudadanos estaban en sus casas, descansando. También por el toque de queda contra las criaturas sobrenaturales que habitaban en la ciudad. Roma guio a su grupo hacia el castillo. Pasaron por toda la plaza, luego fueron tomando diferentes pasillos atravesando toda Clujnapoca para llegar a los terrenos privados y prohibidos de los Blackwood. La gente respetaba mucho aquella leyenda sobre las decapitaciones de personas y las muertes por atreverse a pasar las vallas siendo atacados por los lobos o asesinados por Danthario, algunos convirtiéndolos en vampiros.
Fecor iba a su lado, a una distancia prudente para que nadie se enterara que estaban teniendo una relación. Eran discretos cuando estaban alrededor de otras personas. No estaban seguros de hacerlo público, aunque Lucio lo sabía. No se preocuparon sabiendo que el hombre lobo no estaba interesado en ellos. Solo era un amigo para ellos, pero no quien pudiese confiarle las misiones. Después de la pelea en el hotel, las cosas cambiaron entre ellos tres. Roma había elegido a su candidato y no había dudas que Fecor era el hombre que deseaba como su pareja, aunque no fuesen aceptados por otros, al menos eso creían.
—¿Estás bien, Roma?— preguntó Fecor.
—Sí, está todo bien. Hace seis meses que no regreso al castillo, es diferente.
—¿Los lobos te reconocen?
—Crecí con ellos. Me criaron cuando mi padre no estaba en el castillo. Son mis hermanos.
—Esperen.—dijo Galilea.—No veo a Génova, iba detrás de mí.
Giraron hacia el hada, estaba preocupada. Miraron a todos lados. Roma se dio cuenta que los lobos habían sentido su olor, llevándosela. Mierda, pensó. Olvidó que los lobos solo reconocían a sus dueños. Ahora Génova estaba siendo atacada. Comenzó a correr por los caminos, buscándola. No se oían gritos ni desesperación, ¿Dónde estaba?
—Sunna y Polarus —nombró Roma, llamando a los lobos más viejos. Madre y Padre de todos los otros lobos.— Deténganse. Son invitados, no le hagan daño.
—Tú no nos ordenas, niña—dijo Sunna apareciendo entre los arbustos del camino.—Danthario nos ordena, tú, Roma ya no tienes autoridad acá.
—Espera, hemos sido familia desde siempre. Tienen que respetarme.
—No, eso cambió desde que nos abandonaste, Roma. Te fuiste.—dijo la loba, gruñendo. Se acercó con sus fuertes pisadas dispuesta a atacarlos.—Mi dueño no te tiene piedad. Mejor terminar ahora con tu vida, vampira.
Sunna se lanzó sobre ella, rasguñándole la cara de un fuerte zarpazo. Fecor usó sus poderes para detener a la loba atacando a su novia. Le dio un disparo de electricidad, un rayo azul alcanzó al animal espantándola y salió corriendo hacia el otro lado. Galilea dio un grito de sufrimiento. El demonio giró a ella. El hada estaba tirada sobre el suelo, de cuclillas, lamentándose entre fuertes gritos y llantos.
—¿Ahora, qué pasa?—dijo Fecor. No sabía qué hacer.
—¡La mataron, la asesinaron!—lloró con fuerza.
—Roma está bien.
—¡Génova está muerta!
—¿Qué?
—Sí…Está muerta, puedo sentir sus últimos respiros de agonía.
Roma se recuperó. Se incorporó. Les pidió a los otros que fuesen hacia el cobertizo hechizado hace unos años. Ella solía esconderse allí cuando los lobos estaban poseídos por la luna llena. Fecor tomó en brazos al hada dirigiéndose hacia el lugar. Confiaba en Roma, resolvería este problema con sus lobos.
Roma se elevó en el aire. Voló por todo el terreno, llamando la atención a los lobos desde abajo, que comenzaron a aullar al verla en el cielo nublado. Roma cayó en picada, y aterrizó sobre el suelo con fuerza haciendo temblar toda la tierra. Polarus se acercó furioso, preparándose para atacarla. Roma le dio una patada fuerte en la mandíbula, destruyéndolo de un solo golpe. Si mataba a los Alfa todos los otros iban a obedecerla al tener el respeto que merecía ante ellos. El problema era Sunna, era más rápida y de ventaja en batalla. Era una loba guerrera con muchas muertes que nombraban con la reina de la manada. Nadie quería meterse con Sunna.
—¿Dónde mierda estás, perra loca?—inquirió Roma mirando en todas direcciones. La loba era muy buena manteniéndose escondida para atacar con más precisión.
—La niña estúpida regreso para una muerte segura, ¿Acaso no valoras tu vida?—escuchó la voz de la loba escondida entre la oscuridad del terreno.—Puedo olerte, Roma.
—Puedo destruirte, maldita. Todos aquí van a morir. —amenazó la vampira.
—¡Qué equivocada estás! No sos nadie ahora. Solo una niña caprichosa que no sabe nada de las guerras.
En ese momento, dos lobos jóvenes se lanzaron sobre Roma derribándola con rapidez. Cayó al suelo, y los lobos la mordieron en las piernas. Roma gruñó, evitando llamar la atención del castillo si gritaba. Los aullidos de los lobos comenzaron como una danza de muerte y ansiedad. La vampira golpeo a los lobos en las cabezas, alejándolos por los duros puñetazos de ella. Se movió hacia un lado para ponerse de pie, herida y llena de odio, cuando Sunna apareció por detrás, tomándola del tobillo y la arrastró con fuerza por un kilómetro. Roma giró sobre sí misma, y le dio una patada a la loba. Ésta volvió a desaparecer del lugar.
—¡Sunna!
—Fuiste inteligente de esconder a tus amigos, pero no tendrás oportunidad de salvarte a ti misma, vampira.
—¡Eres una loba de mierda, voy a encontrarte!
—No tienes habilidades suficientes para ello, no eres una gran vampira con los Blackwood. No tienes la sangre pura de ellos, eres una mestiza.—mencionó la loba escondida.— Tu madre…la humana que está encerrada, huele muy rico. Pronto podremos saborearla.
—¡Eres una hija de puta! Cobarde, ¡Ven!
Sunna apareció, viendo a Roma intentando ponerse de pie. Y salto sobre ella, tirándola contra el suelo. Se golpeó la cabeza con una piedra. Dolía.
—¡No me hables así, mugrienta! Débil…
Sunna le mordió la pierna con más profundidad para divertirse con los gritos de Roma sintiendo tanto dolor. No lo soportó más. Iba a matar a la loba de una vez. Sacó sus colmillos lo más posible para girar, atrapar el cuello del animal y retenerla con la fuerza sobrenatural. Se acercó para morderle el cuello, partiéndole la mandíbula para que la suelte de la mordida en la pierna. Sunna estaba agonizando. Roma le facilitó la salida, bebió de su sangre, dejándola vacía.