Tan solo han pasado tres meses en la que Clara parecia no adaptarse a su realidad, el embarazo era algo a lo que no se acostumbraba, saber que una vida crecía dentro de ella y que estaría sola, era algo que no asimilaba.
—¿Cómo vas con las náuseas? —preguntó su médico esperando la mejor respuesta, pero ella permanecía aún callada— Tienes una semillita creciendo dentro de tí, ya lo vamos a ver, veo como crece tu barriga...tus analisis están perfectos.
—Tengo dieciocho semanas, mi barriga está creciendo mucho, y aún siento mucha molestia en mi estómago.
—Qué bueno que hablas Clara.
—Creo que se mueve mucho, como si fuera una pequeña corriente.
—Quizás te dice que está ahí para que lo consientan mucho, está comprobado que hay una conexión entre la madre y el bebé, ¿Lo amas?
—Es mi bebé, claro...lo amo.
—Puedes hacer entrar a tus padres para que vean su crecimiento...por lo que veo ha crecido mucho este bebé, seguro que se estás alimentando muchísimo mejor.
—No, que mis padres lo vean luego en la grabación. —el médico observó su resignación.
Ella caminó a la camilla, se sentó obedeciendo las recomendaciones de su médico, puso su mirada en este cuando le agregó el gel, y sus ojos se fueron fijos en la pantalla, el médico ya había comenzado el monitoreo.
Clara Montenegro miró lo inimaginable, su bebé moviendo su manita como si la saludase, sin decir palabras alguna, lloró en silencio bajando la mirada, solo que no esperaba las palabras del doctor.
—¿Dime, Clara...quieres saber si es niño o niña? —ella aclaró su mirada puesta en él— ¿Quieres saberlo u esperas la sorpresa?
—Quiero saberlo ahora, doctor...es mi bebé y yo...solo quiero que esté feliz.
—Lo está, ¿no ves como saluda con su manita?
—¿Es niña? —preguntó ella sonriendo mientras secaba sus lágrimas.
—Vaya, eres intuitiva...
—¡¿Entonces si es niña?! —gritó tapando su boca mientras sonreía feliz.
—Lo es, una hermosa Clarita. —las lágrimas de felicidad iluminaron el corazón de ella y abrazó a su médico cuando él no lo esperaba.
—Helena doctor, mi bebé se llama desde ya, Helena.
***
—En estos meses mi padre te ha dado gusto en todo. —dijo furioso Hector no esperando la reacción de su hijo Alessandro.
—¿No me digas que estás celoso? —su sarcasmo hacia irar a Héctor, ésto era lo que pretendía.
—No son celos, siempre quiero lo mejor para tí, te estás llenando de un poder que no te pertenece aún, no tienes mi experiencia...
—¡Claro que estás celoso! —refutó— No te vayas a infartar cuando te saque de esta oficina, me pertenece...
—¡Detente Alessandro, eres un atrevido que no conoce las reglas, terminarás por dañarlo todo, crees porque hayas logrado dos negocios en éxitos...
—Cinco para ser exactos, —interrumpió— estoy por encima de tu experiencia. —rió— por cierto tengo el mismo titulo que tú, además estoy logrando lo que tú no, cuida tu corazón, la verdad no quiero sorpresas. El abuelo es mucho más anciano que tú y lo entendió, pronto seré tu jefe.
—¿Compites conmigo....?
—No eres competencia para mí, no sabes ni tienes el temple para pelear por lo que te pertenece, tu padre te gobierna y sigue siendo el presidente de esta empresa sin estar presente, te utiliza y te humilla mientras es en tí en quien cae todo el peso de la responsabilidad, eres tan irrelevante para él que mañana mismo me entregaras está oficina, yo soy el heredero...
—Soy respetuoso de la voluntad de mi padre, son sus negocios...cuando él no esté yo veré que asumo.
—Vaya...estas dolido, no importa, si fueras inteligente cuidaras tus palabras, pronto estos serán negocios mío, seré yo quien tenga el control y tú me obedecerás y para eso no voy a esperar que muera el abuelo.
—Alessandro....¿detente, qué demonio quieres? —se detuvo y volteó a mirar a su padre.
—Lo que realmente quiero, no lo puedo tener, por tu culpa, por obedecer a mi abuelo, yo quiero una familia con Clara Montenegro, pero no es posible, me enamoré para siempre...pero eso tú no lo valoraste cuando me condenaste por una voluntad que no era la mía, ella era mi única felicidad, la que me hacía ser noble, la que me motivaba a amar cada cosa que podía darme un aprendizaje, ¿No recuerdas quien era yo antes de conocerla a ella?
—¿Alessandro, hijo... podrás un día perdonarme?
—Solo calla, sigue obedeciendo a mi abuelo, pero recoge tus cosas para que te cambies a la oficina que hoy yo ocupo porque desde mañana yo seré quien se siente en la silla del heredero, ese soy yo. No hay ni habrá otro.
Habiendo terminado y ante el silencio de su padre, se retiró de la oficina como si nada le pesaba, mientras su padre visualizó la oficina, dejó salir sus lágrimas y espetó.
—No me importa está oficina ni los negocios, me importa que he perdido tu respeto y tú admiración...no se si yo podré con eso.
...