Roma. Un amor para nunca olvidar

Capítulo 11. Llegó el día, Helena estaba por nacer...

El día había llegado, el abuelo estaba en la empresa junto a Alessandro, entraron a presidencia, Héctor se puso de pié recordando que las palabras de su hijo eran más que amenazas, una gran advertencia.

—Haces bien en levantarte de la silla de presidencia, Héctor, bien sabes que tarde o temprano debías dejar esta oficina, el silencio de este hombre mientras clavó la mirada en su hijo era penetrante, mientras sentía que un puñal traspasaba su propio corazón.

Héctor Katsaros accedió a recoger lo necesario, sin refutarle a su padre, mientras Alessandro se mantuvo de pié, solo observaba como recogía sus pertenencias de la oficina de presidencia para irse a una que él ocupó durante su tiempo.

—No es justo, padre. —dijo Héctor con su voz comprimida cuando ya no pudo callar— Mi vida se la he entregado a este negocio, además... estás condenando a mi hijo, y a mí me humillas. —el señor katssaros pareció indolente frente al dolor de su propio hijo mientras él lloró de impotencia.

El mismo Alessandro katsaros tomó la foto familiar en donde aparecían el matrimonio y los tres hermanos. La observó y accedió a entregársela a su padre como si la verdad estaba de su lado.

—Es tuya padre, llévatela a tu nueva oficina, esta foto es muy bonita, recuerdo ese día, sé que los gemelos son mis hermanos, pero mi abuelo tiene razón, no sabemos que viene después con ellos, tienen otro origen, yo soy un Katsaros de sangre.

—Gracias Alessandro...—dijo su padre sin poder sostener el dolor— hijo mío, seguro ésto es lo que merezco. —bajó la mirada antes de salir, pero el señor katsaros puso la mano en su hombro y con voz firme espetó.

—Te dije, no adoptes a esos niños, no sabes de dónde vienen, te pedí que te divorciaras, había tantas mujeres con quien pudiste tener hijos, de tu sangre, Héctor.

—Es en lo único que te desobedeci, amo a mi esposa, jamás podría yo abandonarla... jamás...podria estar sin ella, te desobedecí y no me arrepiento, me sacas de mi oficina y no me arrepiento.

—No Héctor, es de presidencia que te saco, ahora mi único heredero, es el nuevo presidente de los negocios Katsaros, yo mismo lo prepararé desde la práctica para que lleve el control de mis negocios.

—Está bien, —dijo con cortadas palabras— necesito salir de aquí, necesito aire. Necesito respirar... —salió a toda prisa abandonándolo todo, solo cargó su foto familiar, el abuelo salió detrás de él, lo llamó pero no se detuvo, Héctor Katsaros pareció perdido, pero Doménica se paró frente a él.

—Vamos cariño, los gemelos nos esperan...están en el auto.

—Doménica, perdí a Alessandro... perdí a mi hijo...mi padre tanto dió hasta que logró endurecer su corazón, me odia y no entiendo aun porqué, Doménica, qué fue lo que hice.

—Le permitiste mucho a tu padre, Alessandro ya tenía su corazón cegado por la educación obstinada que tú padre le dió, solo Clara Montenegro logró hacerlo vivir, apropiarse de lo desconocido para él, y siendo su salvación, tu quebraste su sentimientos al callar, permitiste ésto mi amor, ahora, no te quejes y ven conmigo, necesitamos salir, tranquilízate.

—No quiero ir a casa... Doménica, no me siento bien.

—Vamos al médico. —dijo ella preocupada al verle las manos en el pecho mientras abrazaba su foto familiar.

—No, siento es un abandono en el alma...por mi padre, y un profundo duelo... por mi hijo...lo perdí..—caminaron juntos y apresurados, abordaron el auto en dónde los gemelos esperaban, el señor Katsaros los miró por las cámaras de seguridad, al saber que estaba con Doménica sintió tranquilidad, sabía que ella lo amaba, lo mismo que sabía que Clara amaba a Alessandro, pero no le importó.

***

El viejo pareció enredado en su propio camino, esperaba ver la puerta abrirse y que los gemelos entren tropezando todo a su paso, empujándose uno al otro como era su costumbre, ver a Doménica con su ínfulas de mujer arrogante y a la vez dulce con su familia, pero sobretodo, esperaba ver a su único hijo varón, con su porte de hombre cabal, elegante y dispuesto siempre en un proyecto que haga crecer los negocios.

Las horas pasaban y nada sucedía, ya parecía atemorizado, tanto que marco el teléfono de su hijo, pero no hubo una respuesta.

Entró nuevamente a su oficina y miró el retrato de su amada Helena, él bastón temblaba al mismo ritmo que sus manos.

—No me falles Helena, —dijo con temblorosa voz— tu sabes que solo quiero proteger nuestra promesa, nuestro secreto de amor, cuidar a nuestro hijo.

—¿Sucede algo abuelo? —dijo con voz cálida, Alessandro, solo lo había visto mover sus labios y mostrarse atormentado.

—Tu padre no volvió a la casa. —dijo el viejo al verlo— Me preocupa, estaba mal, a veces dudo haberme equivocado. —su mirada de Alessandro fue fija a la pintura de Helena.

—¿Abuelo, quien es ella? —preguntó sosteniendo la mirada en él— Ni mi padre sabe porqué esa pintura ocupa el lugar más importante de tu despacho.

—Solo una chica que conocí desde que éramos muy jóvenes, pero murió, fué muy importante para mí, siempre estaba. Ni siquiera tu abuela la conoció.

—Entiendo, fue el gran amor de tu vida, con razón la abuela odiaba la pintura...perdón abuelo... llamaré a mi padre. —dijo con prontitud y salió dejando al viejo solo, pero éste, volvió a acercarse al retrato.




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