Romance de los Tres Vientos

Prólogo. El cuento del traidor

Desde el principio de los tiempos hasta el final de los tiempos, América solo conocería una constante: la Guerra.

Generación tras generación, la historia de esta nación había estado atrapada en el mismo ciclo, uno del que nunca podría escapar:

El Caos quebraba la Paz.

El Caos llevaba a la Guerra.

La Guerra engendraba el Orden.

El Orden traía la Paz.

Paz que se convertiría en Caos, en su debido tiempo,

porque nada perduraba para siempre.

Era una maldición. Su maldición.

Así era América, una nación próspera e inestable.

Así era América, una nación condenada a la destrucción y a la ruina.

Mas, por aquel entonces, este inmenso continente ya estaba viviendo sus años de gloria: mezclando paz, esperanza y fe en su único dios. Un cambio inusual respecto a los anteriores gobernantes del Imperio Mayorwind, pero el emperador supo mantener a América en su lugar, sin iniciar ninguna guerra de por medio, y así continuarían hasta solucionar sus problemas internos. Problemas destinados a crecer con el paso del tiempo.

Muchos dudarían de ello, pero esta historia comenzó con aquel mismo juicio: aquel que cambiaría la vida de todos los que se vieron involucrados en él, incluidas las dos víctimas del proceso: el padre que lo causó todo y la hija que recibió las consecuencias. Hablando del padre, allí estaba él, siendo escoltado por la gran avenida de la capital de América: el Nuevo Estado. Era un prisionero tan importante como peligroso, así que fue la mismísima Iglesia de la Luz quien se encargó de su traslado, mandando a dos de sus sirvientes más poderosos: los Iluminados. Estos gigantes de tres metros y medio parecían emitir luz por las aberturas de sus armaduras blancas, símbolo de los valores que debían proteger; y sus hachas, de su mismo tamaño, se lo dejarían muy claro a todos los herejes que encontrasen en su camino.

Estos dos Iluminados se encargaron de escoltar al prisionero escalinatas arriba, directo al palacio del Nuevo Estado, mientras los soldados del imperio, también llamados imperiales, hacían guardia en los extremos de las escalinatas, observando a estos intimidantes gigantes a la vez que notaban como el suelo temblaba a cada paso que daban. Tenían suerte de no ser sus enemigos, por ahora.

Alcanzando las puertas del palacio, dos imperiales se encargaron de abrirlas, dejándoles pasar, y tras ellas avanzaron hasta llegar a la cámara de juicios: una sala redonda con un profundo hoyo en medio, en el que no se llegaba a ver el fondo. Pegado a él, en dirección a las puertas, se mantenía la plataforma de acusados, y fue allí en donde se postró el prisionero, forzado por los dos Iluminados. Esta sala también contaba con doce asientos distintos, uno para cada miembro de la Corte de la Verdad:

-El primer asiento, el del juez, pertenecía al santo presidente emperador de América, pero se lo había cedido a Oráculo para este mismo juicio.

-El segundo era el asiento original del Oráculo de la Iglesia de la Luz, aunque gozaba de más importancia en las reuniones que se celebraban en Europa.

-El tercero había estado vacío desde hacía dieciocho años.

-El cuarto era el del propio prisionero, pero nadie se había molestado en retirarlo tras su traición.

-El quinto, sexto y séptimo iban a ser ocupados por los tres hombres que formarían parte del jurado.

-El octavo y el noveno también estaban vacíos. Ninguno de los asistentes sabía dónde se encontraban sus dos ocupantes, al menos en aquel momento.

-El décimo miembro había dejado de ir a las reuniones, considerándolas una pérdida de tiempo.

-En cambio, el miembro número once nunca aparecía si el quinto miembro estaba presente, creyéndolo sumamente innecesario.

-Por último, el doceavo asiento nunca había sido ocupado. Nadie, excepto el mismísimo Oráculo, sabía por qué se mantenía allí, pero nunca dejó de estar presente, a la espera de su ocupante, fuera quien fuera.

Así estaba establecido: doce asientos para once miembros, aunque en ese momento solo uno de ellos estaba ocupado. Lo ocupaba un hombre que había ignorado la orden del Oráculo con un único propósito: presenciar la llegada de este mismo prisionero. Él era el santo presidente emperador de América, Forneus Mayorwind. Muchos eran los apodos de este soberano, pero todos se referían a él como emperador. También era presidente por el legado de su pasado, los gobernantes de la Antigua Era, y el título de santo le fue concedido por su devoción hacia la Iglesia de la Luz, la principal religión por imposición. Este hombre se levantó nada más presenciar su llegada, adoptando una posición agresiva, lejos de ser típica en él.

—Al fin —dijo Forneus, bajando las escaleras de su asiento para acercarse al prisionero lentamente—. Después de tantos años persiguiéndote, al fin vuelves a postrarte ante mí. Justo como debería ser, Tornasol.

—¡Dime dónde está, Mayorwind! —gritó el prisionero, igual de enfurecido.

—¡Silencio! —Forneus le propinó un pisotón en la nuca, obligándole a pegar la frente al suelo—. ¡No tienes ni idea de cuánto he deseado que llegara este mismo momento! He pasado lustros esperando. ¡Muchos años a la espera a que uno de mis imperiales viniera a mí cargando con tu cabeza! Pero no hubo manera. Todo lo que intentaban resultó ser en vano, o más bien casi todo, porque tu mayor error fue tener descendencia.

La ira brotó en el prisionero, llegando a un punto crítico para él: uno que no debía ser pasado. De repente, las yemas de su mano derecha comenzaron a brillar de azul, lo que hizo retroceder a Forneus, desconociendo sus intenciones. Esto también alertó a los dos Iluminados, que apuntaron con sus hachas al prisionero, a la espera de lo que sucediera.

No obstante, atacar a quienes les amenazaban no era su deseo, sino rozar con las yemas aquella cadena que unía sus esposas, cortándolas a la mitad con un rápido movimiento ascendente. Sus manos quedaron libres, y luego las usó para incorporarse, situándose a la misma altura que el emperador para apuntarle con la mano plana, mostrando así aquello que lo hacía peligroso: su marca circular azulada, con forma de cabeza de una serpiente emplumada.



#1165 en Fantasía

En el texto hay: mitos, drama, bildungsroman

Editado: 27.09.2026

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