♡≪════[12/03/ 2013]════≫♡
El dia martes, llegue al colegio más temprano de lo habitual. La profe Michell ni siquiera había entrado al salón; desde la puerta se alcanzaba a ver cómo estaba afuera, tomando café y hablando con las demás profesoras, como si el tiempo no corriera tan rápido como para mí. Yo solo esperaba que el reloj marcara las 6:30 a. m., la hora exacta en la que empezaban las clases.
Me senté solo en uno de los puestos, con la mochila aún colgada del hombro y me perdi en mis pensamientos, tanto, que no note el preciso momento en el que Felix entro al salon de clase.
—Hola, chiqui —me llamó Félix en voz baja.
No respondí, estaba con la mirada perdida, atrapado en ese torbellino de ideas que no me dejaba respirar tranquilo.
—¿Ey? —insistió un poco más fuerte.
Al ver que seguía sin responder, se me acercó y me tocó el hombro con cuidado, como si no quisiera asustarte y ese simple gesto fue suficiente para sacarme de mis pensamientos.
—¡Ah! —reaccioné, parpadeando—. Perdón... estaba pensando.
Félix soltó una pequeña risa.
—Se nota —dijo—. Parecía que tu mente estaba en otro planeta.
Le devolví una sonrisa cansada, apoyándome mejor en el puesto, intentando volver al presente. Mis ojos recorrieron el salón con más atención y fue ahí cuando me di cuenta de qué el salón de clases se había llenado. Estaba tan perdido en mis pensamientos que ni siquiera noté la llegada del resto del curso, revisé el viejo reloj pegado a la pared y marcaba exactamente las 6:30 a. m.
Como si fuera una señal, la profe Michell entró al salón en ese mismo instante y traía varios documentos en la mano, bien organizados, y su expresión era más seria de lo normal. El murmullo del salón se fue apagando poco a poco hasta quedar en un silencio incómodo.
—Buenos días —saludó, dejando los papeles sobre el escritorio—. Siéntense bien, por favor.
Mi estómago se encogió, aún no lo había dicho, pero sabía qué era eso.
—Hoy les voy a entregar los resultados del examen de asignación de subgéneros —continuó—. Quiero que recuerden que esto no define quiénes son como personas, pero sí es importante que lo asuman con responsabilidad.
Mi cuerpo empezó a temblar y al parecer Felix lo notó, en silencio, se movió un poco a mi lado y tomó mi mano, no me miró, pero su presencia me daba una extraña sensación de calma. La profe empezó a llamar los nombres uno por uno, caminando entre las filas mientras entregaba las hojas boca abajo, cada nombre que decía hacía que mi corazón latiera más rápido y cuando finalmente escuché el mío, sentí un nudo en la garganta.
—Jonathan Navarro Londoño.
Levanté la mano con algo de torpeza y recibí la hoja sin atreverme a mirarla de inmediato. El papel me temblaba entre los dedos, Felix me dio una pequeña palmada en el hombro y yo traté de respirar hondo, intentando armarme de valor, consciente de que ese pequeño resultado podía cambiarlo todo.
Finalmente tuve el atrevimiento de voltear la hoja. Apenas lo hice, mis ojos se clavaron en unas palabras que parecían más grandes de lo que realmente eran: "Omega recesivo", escritas en rojo, justo en la parte donde decía tipo de subgénero.
—¿Chiqui? —escuché la voz de Félix a mi lado—. ¿Qué te salió?
Sin decir nada, le di la hoja a Felix y este la observo, en silencio. Cuando finalmente termino, me observo por un momento y luego, exclamo:
—Tranquilo, chiqui —me dijo Félix, su voz suave, como si me envolviera en calma—. No tenés por qué preocuparte por eso.
Lo miré y algo en su expresión me hizo sentir que, por un momento, todo el peso se aligeraba. Sus ojos no me juzgaban; estaban ahí, atentos a mí, cuidándome sin que yo tuviera que pedirlo.
—Además... —continuó, bajando un poquito la voz, como si solo yo pudiera escucharlo—. Acabo de salir como un alfa, así que ... mientras yo esté cerca, nadie te va a hacer daño.
Sonreí, aunque tímidamente. Sus palabras me daban una seguridad extraña, cálida. Pero enseguida noté un leve destello de preocupación en su mirada.
—Eso sí —dijo, rascándose la nuca un poco incómodo—... significa que mi papá no va a dejar de darme la lata. Quiere que vaya a estudiar a Bogotá con él, que trabaje en la empresa... todo eso.
Fruncí el ceño, entendiendo de inmediato el peso que cargaba. Ser alfa tenía sus ventajas, sí, pero también sus compromisos. Sin embargo, escucharlo hablar de eso mientras estaba a mi lado me hacía sentir que, aunque el mundo fuera un poco injusto, él estaba dispuesto a ponerme primero en todo.