♡≪════[19/03/ 2013]════≫♡
Caminábamos en silencio, aunque se sentía una tensión rara en el ambiente. Mi mamá, con su porte firme, iba atenta a todo, como si nada se le fuera a escapar; mi papá, en cambio, caminaba más cerca de mí, con esa calma suave tan propia de él, pero sin soltarme ni un segundo. A mitad del camino nos encontramos con Félix y apenas nos vio, se acercó de inmediato.
—Buenos días —saludó con respeto.
—Buenos días, Felix —respondió mi papá.
Félix me miró de reojo, como queriendo preguntarme si estaba bien, pero no dijo nada, sabía que ese día no era cualquiera. Al llegar al colegio, todos entramos juntos. Mis padres se detuvieron frente a la oficina de la coordinadora, donde sería la reunión. Antes de separarnos, mi papá me acomodó el cuello del uniforme con cuidado y mi mama me dio un abrazo corto, pero lleno de cariño.
—Tranquilo, mi chinito —me dijo mi padre—. Todo va a estar bien.
Yo asentí, aunque por dentro seguía hecho un nudo. Luego, Félix y yo nos dirigimos al salón, caminando lado a lado en silencio, mientras mis padres se alejaban por el pasillo rumbo a la reunión. Sabía que lo que se hablaría allí era importante, pero en ese momento lo único que me importaba era llegar al aula sin que el miedo me ganara otra vez.
La profe Michell ya estaba en el salón dando la clase de matemáticas cuando llegamos. Nos sentamos rápido, casi sin hacer ruido, y empezamos a copiar en los cuadernos, tratando de no llamar la atención. El ambiente estaba tranquilo, solo se escuchaba el rasgar de los lápices sobre el papel.
Unos minutos después, el silencio se rompió de golpe cuando el altavoz del colegio lanzó un anuncio inesperado, haciendo que más de uno levantara la cabeza con sorpresa.
"Atención, se solicita a los estudiantes Jonathan Navarro, Félix Montoya presentarse en la oficina de la coordinadora."
Al escuchar el mensaje, la maestra Michell nos lanzó una mirada de preocupación y sería al mismo tiempo, antes de pronunciar una sola palabra.
—¡Muchachos, tienen permiso pa' que vayan a la oficina de la coordinadora!
Luego de aquellas palabras, nos levantamos de nuestros asientos y, sin decir una palabra, salimos del aula. Al llegar a la oficina, vi a la coordinadora sentada tras su escritorio, a un lado estaban mis padres y del otro, estaba aquel chico y sus padres. Félix, que caminaba a mi lado, notó mi vacilación frente a la puerta, su rostro reflejaba claramente que comprendía mi temor de cruzar el umbral de esa sala.
—¡No te preocupes, estaré contigo en todo momento! — Exclamó formando una sonrisa en su rostro. —¡Entremos!
Lo observé en silencio durante varios segundos antes de atreverme a cruzar el umbral de la habitación. Me senté junto a mis padres, percibiendo cómo el silencio, denso y opresivo, se adueñaba del ambiente. Las miradas que se cruzaban entre los presentes estaban cargadas de juicio, incomodidad y una tensión difícil de definir.
Finalmente, tras una pausa que pareció extenderse indefinidamente, la coordinadora rompió el silencio y su voz, firme pero cautelosa, se dirigió directamente a mí, buscando mi atención con una mezcla de autoridad y reserva.
—Joven Navarro, cuéntenos qué fue lo que ocurrió en el baño el día de ayer.
Al escuchar sus palabras, comencé a relatar lo sucedido y Félix intervenía ocasionalmente, aportando su perspectiva, mientras los demás guardaban silencio, atentos a cada detalle, cuando terminamos de contar el incidente, mi madre tomó la palabra sin demora, con ese tono firme que siempre anunciaba algo importante.
—¿Ha escuchado a mi hijo, señora? —exclamó con firmeza, clavándole una mirada que casi quemaba a la coordinadora—. Ahora díganos, ¿y qué van a hacer al respecto?
Aquella mujer evaluaba la situación con sumo detenimiento. Como coordinadora, sabía que, por principios éticos, debía proceder sin titubeos a expulsar al estudiante conflictivo, cuyo comportamiento había causado un daño inaceptable a un compañero. No obstante, era plenamente consciente de que, al hacerlo, perdería lo que comúnmente se conoce como:
"La gallina de los huevos de oro"
En este caso, la gallina eran los padres de aquel chico que intentó hacerme daño, ya que había escuchado rumores antes de entrar a la oficina que esa gente donaba grandes sumas de dinero para apoyar la educación de su hijo. Tras unos tensos minutos de silencio, la directora finalmente pronunció su veredicto.
—Como la cosa no pasó a mayores, al estudiante Felipe se le van a dar unas advertencias y le van a poner dos días de sanción escolar.
Los padres de aquel chico aceptaron la propuesta en silencio, abandonando la oficina con una inquietante indiferencia ante el destino de su hijo. En contraste, mi madre, visiblemente contrariada por lo que consideraba una decisión apresurada de la coordinadora, respondió de inmediato con firmeza y determinación.
—¿Solo advertencias? ¿eso es todo? ¿Qué pasa con la seguridad y el bienestar de nuestro hijo?
Mi padre, que también mostraba preocupación por mi bienestar, añadió con seriedad.
—Mi esposa tiene razón, nuestro hijo ya no se siente seguro en este lugar. — Mi padre dejó caer un suspiro, mientras llevaba su mano hacia su cabello, peinándose. — Necesitamos que se tomen medidas más serias.
La coordinadora, indiferente a la gravedad de la situación, se limitó a responder con aparente despreocupación.
—Comprendo su preocupación, pero debo seguir con ciertos protocolos, aunque les aseguro que haremos todo lo posible para garantizar la seguridad de su hijo.
Mi madre, exasperada por la indiferencia de aquella mujer que se hacía llamar coordinadora del colegio, no pudo contenerse y le respondió con firmeza.
—Más le vale que así sea, si las cosas no mejoran de inmediato y si usted no es capaz de poner orden en este lugar, iré directamente a hablar con el ministerio de educación porque la seguridad de mi hijo es lo más importante.