Romance equivocado

Capítulo 10: Acciones confusas de una amistad

♡≪════[1/04/ 2016]════≫♡

El profesor nos ordenó correr varias vueltas alrededor del patio, sin permitir pausas ni descansos. Apenas habían pasado un par de minutos cuando el aire comenzó a faltarme, las piernas se me volvieron pesadas como plomo y el corazón retumbaba en mi pecho con fuerza descontrolada.

Sin pensarlo demasiado, me detuve en seco, jadeando, en un intento desesperado por recuperar el aliento antes de caer rendido en el lugar. Apenas lograba recuperar el aliento tras correr un buen trecho, cuando esa voz, capaz de revolverme el estómago, se alzó detrás de mí.

—¿Eso es todo? Uy no, parce… se nota que el ejercicio y vos no se conocen —dijo Samuel riéndose, descarado, sin molestarse en disimular.

Me giré con lentitud calculada y le dirigí una mirada cargada con todo el desprecio acumulado.

《 ¿Acaso no tiene nada mejor que hacer, aparte de burlarse de la gente? 》

Aquel chico, al ver que no pronunciaba ni una sola palabra, soltó, con una sonrisa burlona:

—Ajá, ¿y ese silencio qué? ¿El gato te dejó sin lengua?

De pronto, una oleada de coraje me recorrió el cuerpo, una urgencia ineludible de alzar la voz y defenderme. Cerré los ojos por un instante, respiré hondo, y con la voz firme, aunque el corazón me latía con fuerza desbocada, le respondí

—¡Cállate! Y pa’ que sepas, no todos tenemos tiempo pa’ estarlo perdiendo en el gym como vos… porque viéndote bien, se nota que le metés duro al cuerpo, pero al cerebro lo tenés en puro descanso.

Después de decir esas palabras, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Estaba ansioso por observar la reacción de ese tipo, al ver que por fin alguien lo había puesto en su lugar. Pero al girar para mirarlo, su rostro seguía mostrando la misma sonrisa tranquila de siempre, como si nada hubiera cambiado, como si mis palabras no hubieran rozado ni un ápice de su arrogancia.

《 ¿Y este tipo qué, será masoquista? 》

Solo me observaba con esa sonrisa enigmática, como si lo que acababa de decirle le pareciera una broma divertida o, peor aún, como si lo hubiera tomado como un cumplido. Por un instante, me perdí en mis pensamientos, intentando descifrar una reacción que no encajaba con la situación. Entonces, un grito lejano rompió el silencio y me arrancó bruscamente de mi ensimismamiento.

—¡Jonathan, quitate de ahi!

Al girarme, me di cuenta de que una pelota de fútbol venía hacia mí a toda velocidad y me quedé paralizado por el miedo, sin saber cómo reaccionar. Samuel intentó moverse con rapidez para protegerme, pero antes de que pudiera hacer algo, Felix apareció de pronto y me rodeó con un abrazo firme, salvándome justo a tiempo del golpe inminente.

—Muchachos, ¿cuántas veces les tengo que repetir que tengan cuidado cuando se ponen a jugar fútbol?

Los chicos reaccionaron de inmediato; sus voces temblaban y se atropellaban entre sí, buscando con torpeza aplacar la tormenta muda que él encarnaba.

—Lo siento, Capitán… no volverá a pasar…

Tras escuchar sus palabras, noté cómo la expresión de Félix comenzaba a suavizarse poco a poco. Su mirada, antes tensa, se volvía más serena, y el aura inquieta que lo rodeaba parecía apaciguarse también. Entonces, sus ojos se detuvieron en los míos, cargados de una mezcla profunda de preocupación y ternura que me descolocó.

—¿Te encuentras bien, Chiqui? —preguntó, su voz más suave de lo que esperaba.

—Sí —respondí enseguida, intentando sonar normal, como si nada fuera fuera de lo común.

Pero él no parecía convencido por mis palabras y posó su mano con delicadeza sobre mi mejilla, como si buscara confirmar con el tacto lo que mis labios habían susurrado.

—¿Estás seguro? ¿No estás herido? —insistió con más énfasis.

En ese momento, Daniel se quedó mirando la escena sorprendido, y yo sentí un pequeño nudo de preocupación. A pesar de que Félix y yo habíamos crecido juntos como hermanos, intenté mantener cierta distancia para que Daniel no se incomodara.

Con cuidado, quité la mano de Félix de mi rostro, intentando que Daniel no se sintiera incómodo ni que yo interfiriera en lo que podría ser un momento delicado para él. Ahora sabía que Daniel tenía sentimientos hacia Félix, y no quería ser un obstáculo en lo que tal vez estaba empezando a surgir entre ellos.

—Sí, estoy seguro… no soy tan débil —respondí, con un hilo de irritación contenida—. Además, el que debería estar preocupado aquí soy yo… te golpeaste bastante fuerte con el balón.

Mientras hablaba con Félix, mi mirada se desvió sin querer hacia el lugar donde Samuel solía estar antes del accidente. Ya no estaba en el patio del colegio y, para ser sincero, eso me produjo un alivio difícil de explicar. Había algo tranquilizador en no sentir esa presencia constante a mis espaldas, siempre lista para señalar mis errores o criticar cada paso que daba.

Cuando el timbre del colegio resonó por todo el edificio, los estudiantes salieron de los salones apresurados, como un torrente desbordado. Emma, Daniel, Félix y yo avanzamos juntos hacia el aula de educación física. Yo caminaba con lentitud debido a que las piernas me dolían, entumecidas por la intensa carrera en el patio; cada paso era una punzada y, debido a mi poca condición física, la vista se me nubló por un instante y estuve a punto de tropezar.



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En el texto hay: humor, omegaverse, romance

Editado: 04.02.2026

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