Siempre pensé que los peores días de mi vida tendrían música triste de fondo.
Algo dramático. Casi cinematográfico. Lluvia torrencial mientras camino por la calle usando mis viejos Converse empapados y cuestionando mi existencia como la típica protagonista romántica incomprendida. Pero no.
Los peores días, al parecer, ocurrían un martes cualquiera después de clases, con un examen de álgebra arrugado dentro de mi mochila y una mancha de mermelada en el borde de la manga de mi suéter favorito.
Un treinta y cinco enorme decoraba la parte superior de la hoja. Treinta y cinco.
Ni siquiera un cincuenta. Ni un “casi lo consigues”. Solo un número deprimente escrito en tinta roja que prácticamente gritaba “a Willow jamás le ocurriría algo así”. Y como si el universo hubiera decidido organizar un día completo dedicado específicamente a humillarme, unas dos horas antes había descubierto que Noah Barker —el chico que me gustaba desde hacía un tiempo, específicamente siete meses con tres días, aunque quien cuenta eso— acababa de invitar a salir a Olivia Robins.
Olivia, por su puesto, tenía calificaciones perfectas, el cabello brillante y una sonrisa que parecía patrocinada por comerciales de pasta dental. En cambio, yo tenía un treinta y cinco en álgebra y posible ansiedad crónica. Así que sí. La competencia estuvo bastante justa.
– No entiendo cómo ustedes dos pueden ser tan distintas —había comentado mi profesor mientras entregaba los exámenes—. Willow siempre fue tan aplicada.
Y ahí estaba. La frase. La frase que me seguía desde que tengo memoria.
Tu hermana nunca haría eso.
Tu hermana era excelente en esto.
Tu hermana sí era aplicada.
Tu hermana sabía lo que quería.
A veces me preguntaba si Willow había nacido usando un saco y utilizando una calculadora científica.
Yo en cambio, una vez olvidé un pastel en el horno porque estaba demasiado ocupada llorando por el final de “Un Paseo para Recordar”.
El viento frío me golpeó la cara mientras caminaba sin rumbo, abrazando mi mochila contra el pecho. El cielo estaba gris, pesado, como si estuviera decidiendo si valía la pena comenzar a llover o no.
Honestamente, yo también me sentía así.
Mi mamá me había llamado tres veces. No contesté ninguna. Porque sabía exactamente lo que diría.
“Deberías pedirle ayuda a Willow, ella nunca tuvo problemas con matemáticas”.
Metí las manos en los bolsillos del suéter y seguí caminando hasta que me di cuenta que ya no reconocía del todo la calle en la que estaba parada.
Y entonces la vi.
La cafetería estaba escondida entre una lavandería y una pequeña librería. Tenía ventanas grandes empañadas por el vapor y las luces cálidas colgando dentro.
Lucía… tranquila. Como si el resto del mundo se moviera más lento desde dentro.
No sé exactamente por qué entre. Tal vez porque olía dulce incluso desde fuera.
O porque necesitaba desesperadamente estar en un lugar en donde nadie supiera quien era mi hermana.
Una pequeña campanilla sonó cuando abrí la puerta. El lugar era todavía más bonito por dentro.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas, recetas escritas a mano con una hermosa caligrafía en cursiva. Y pequeñas plantas colgantes decoraban ciertas partes. Había música suave sonando desde algún rincón y el aire olía a café recién hecho.
Por primera vez en todo el día, sentí que podía respirar mejor.
—Bueno— dijo una voz cálida que provenía de detrás del mostrador—. Tienes cara de necesitar algo con chocolate extra.
Levanté la vista.
La mujer dueña de esa linda voz tenía el cabello recogido en un moño desordenado y una expresión amable que iluminaba todo su rostro. Por un momento, me hizo sentir completamente expuesta. Como si pudiera verme completa en menos de cinco segundos.
—¿Así de obvio es? —pregunté.
Ella sonrió.
—Cariño, llevo quince años en el negocio, sé reconocer una crisis emocional adolescente cuando lo veo.
Y contra toda lógica, me reí. Una risa pequeña, pero real.
Terminé sentada junta a la ventana con una taza enorme de chocolate caliente y una rebanada de pastel que probablemente costaba más de lo que debería gastar. Pero honestamente, si iba a tener un colapso emocional, al menos quería hacerlo con un poco de azúcar en mi sistema.
Miré distraídamente a las personas entrar y salir del lugar.
Una pareja discutía sobre qué pastelito compartir. Una chica estudiaba mientras dibujaba corazones al margen de la hoja de su libreta. Y alguien más reía cerca de la barra.
Todo se sentía cálido y natural. Humano. Posible.
Y odié un poco que el amor siguiera pareciendo hermoso después de un día como estos.
La mujer del mostrador apareció frente a mi mesa unos minutos después.
Editado: 22.05.2026