No sabía que el corazón podía dividirse sin dejar de latir.
Siempre pensé que el amor era una elección clara. Que llegaría una persona, la correcta, y todo encajaría sin dudas, sin ruido, sin miedo. Eso era lo que todos decían. Lo que enseñaban. Lo que se suponía que debía pasar.
Pero nadie me habló de esto.
Nadie me dijo qué hacer cuando dos miradas te sostienen de formas distintas. Cuando unas manos te dan paz… y otras te hacen sentir viva. Cuando un “te quiero” te calma, y otro te incendia.
No es indecisión.
No es confusión.
Es amor.
Y eso es lo que más duele.
Porque no quiero elegir mal.
Pero tampoco quiero elegir por miedo.
Porque si elijo a uno… pierdo al otro.
Y si no elijo… tal vez me pierdo yo.
Me llamo Alma Rivera.
Y esta es la historia de cómo aprendí que hay decisiones que no te rompen de golpe…
sino poco a poco, en silencio, hasta dejarte partida en dos.