Hay nombres que no se olvidan.
No importa cuánto lo intentes, no importa cuántas veces te repitas que ya no duelen… siempre encuentran la forma de volver.
El tuyo vive en los espacios donde nadie más llega.
En el silencio.
En las pausas entre un pensamiento y otro.
En ese momento incómodo donde todo se queda en calma… y de repente, ahí estás tú.
No lo digo en voz alta.
No lo escribo.
No lo susurro.
Pero lo pienso.
Todo el tiempo.
Me levanto por las mañanas y por un segundo… solo un segundo… olvido. Olvido todo. Y en ese pequeño espacio de paz, no hay decisiones, no hay despedidas, no hay vacío.
Pero entonces llega.
Tu nombre.
Como un golpe suave… pero certero.
Y con él, todo lo demás.
La forma en que me mirabas.
Las cosas que nunca terminamos de decir.
Las despedidas que no fueron despedidas… solo silencios disfrazados de “está bien”.
A veces intento odiarte.
Sería más fácil así.
Sería más fácil decir que no significaste tanto, que solo fuiste un error, una etapa, algo pasajero.
Pero no puedo.
Porque incluso ahora… incluso después de todo… sigues siendo un lugar al que mi corazón regresa cuando no sabe dónde más ir.
Y eso es lo que más me duele.
No tu ausencia.
No la distancia.
Sino el hecho de que, a pesar de todo…
si alguien dijera tu nombre en voz alta,
yo seguiría girando la cabeza.