Hay decisiones que no terminan cuando las tomas.
Se quedan.
Se instalan en tu pecho como algo vivo, como un recuerdo que respira, que late… que no te deja olvidar.
Elegí.
O al menos eso es lo que todos creen.
Porque desde afuera, todo parece claro.
Las personas necesitan finales simples, respuestas concretas, historias que puedan entender sin cuestionarse demasiado.
Pero nadie ve lo que pasa después.
Nadie siente este vacío extraño… esta sensación de haber hecho lo correcto y aun así sentir que algo se rompió en el proceso.
Me lo repito constantemente:
Era lo mejor.
Tenía que hacerlo.
No había otra forma.
Pero hay noches… como esta… en las que esas palabras no significan nada.
Porque la verdad es otra.
La verdad es que no importa cuánto intente convencerme…
hay una parte de mí que se quedó contigo.
Y no sé si alguna vez va a regresar.
A veces imagino qué habría pasado si hubiera elegido distinto.
Si hubiera ignorado el miedo.
Si me hubiera dejado caer sin pensar en las consecuencias.
¿Sería más feliz?
¿O estaría igual de rota… pero de otra manera?
Nunca lo voy a saber.
Y eso también duele.
Me levanto de la cama y camino por el cuarto en silencio. Todo está en su lugar, todo parece normal… pero dentro de mí hay un desorden que no sé cómo arreglar.
Porque elegir no fue el final.
Fue el inicio de otra batalla.
Una donde no hay ganadores.
Donde no existe una versión en la que salgo intacta.
Solo versiones de mí… intentando vivir con lo que quedó.
Me detengo frente al espejo y me observo.
Busco en mis ojos alguna señal de certeza, de tranquilidad… algo que me diga que hice lo correcto.
Pero no la encuentro.
Lo único que veo… es a alguien que aprendió demasiado tarde que hay decisiones que no se toman con la mente ni con el corazón…
Sino con lo que puedes soportar perder.
Y yo…
todavía no sé si elegí bien.