No te veo.
No te escucho.
No estás.
Y aun así… sigues aquí.
En todo.
En los espacios que dejaste sin darte cuenta.
En las canciones que no puedo escuchar sin detenerme.
En los silencios que antes no pesaban tanto.
Tu ausencia no es vacío.
Es presencia sin forma.
Es algo que no puedo tocar… pero que siento en cada parte de mí.
A veces creo que estoy mejor.
Que estoy avanzando.
Que estoy dejando atrás todo lo que fuimos.
Pero entonces pasa algo tan simple… tan pequeño…
y todo vuelve.
Hoy, por ejemplo.
Alguien dijo una frase que solías repetir.
Nada importante.
Nada que llamara la atención.
Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me detuve.
Como si fueras a aparecer.
Como si en cualquier momento fueras a completar la frase… como siempre lo hacías.
Pero no pasó.
Y ese segundo… ese pequeño instante de expectativa…
fue suficiente para recordarme que ya no estás.
Es extraño.
Porque no te perdí de golpe.
No fue una despedida clara.
No hubo un final que pudiera entender.
Solo… dejaste de estar.
Poco a poco.
Como si el amor pudiera desvanecerse sin hacer ruido.
Y quizás eso es lo que más me duele.
No tener un momento exacto al que culpar.
No tener una última imagen que cerrar.
Solo fragmentos.
Recuerdos incompletos.
Conversaciones que no terminaron.
Y esta sensación constante de que algo quedó abierto… suspendido en el tiempo.
A veces hablo contigo en mi mente.
No porque espere respuesta…
sino porque hay cosas que nunca dije.
Cosas que todavía pesan.
Y en esos momentos… es cuando más real te siento.
Como si nunca te hubieras ido del todo.
Como si simplemente hubieras cambiado de lugar.
De estar a mi lado…
a vivir dentro de mí.
Y no sé qué hacer con eso.
No sé cómo soltar a alguien que no está…
pero tampoco se ha ido completamente.
Porque tu ausencia…
no es ausencia.
Es una forma distinta de quedarte.
Y eso…
eso es lo que no me deja avanzar.