Rompiendo las olas

Capítulo 3

Inventé una excusa para volver a casa antes de lo previsto, deseando que Darel volviera a la suya, pero no logró captar la indirecta y me siguió.

—¿E-E-Estás enfadada? —me preguntó una vez que estábamos en el porche de la entrada.

—No. ¿Por qué debería estarlo? —Me crucé de brazos aún sujetando el collar con fuerza en mi puño.

—N-N-No lo sé. ¿T-T-Tienes hambre? —De todas las razones por las que podría estar enojada, tener hambre no era una de ellas.

—Eres tonto, Darel. —Negué con la cabeza, y pretendía entrar en casa cuando sentí que algo entorpecía la puerta. Traté de empujarla con todas mis fuerzas, pero fue inútil.

—Pero... ¿qué es esto? —Seguí empujando y no logré encontrar forma de abrir. Darel se paró a mi derecha y de un tirón abrió. Del otro lado sentimos como algo se rompía, los dos nos miramos fijamente alarmados. Entramos con temor y preocupación mientras veíamos como unos cristales de ensayo, de esos que utilizan los científicos yacían en el suelo, junto con un montón de maletas apiladas y la ropa interior de alguien a la vista.

Del salón de recepción salió mi madre acompañada de un hombre alto, trigueño y de ojos cafés con cara de espanto. A ojo, juraría que tenía unos 32 años, pero no estaba muy segura. No parecía un surfista, ni un turista, estaba demasiado bien vestido como para serlo. Creí que era uno de esos estirados que venían por una noche a la isla, o un jugador de baloncesto de la NBA, esa era otra opción, a veces nos visitan famosos.

—¡Narel! ¿Qué ha pasado? —Mi madre estaba algo histérica. Podría haber sido a causa de qué había por lo menos cinco pares de calzones regados en el recibidor.

—No podíamos abrir la puerta y al parecer rompimos algo. —Traté de ignorar la presencia del desconocido, pero sentía su mirada, y quemaba, quemaba demasiado. «Me quiere matar, estoy segura.»

—¿Quién de los dos piensa pagar esos tubos de ensayo que acaban de romper? —La voz del hombre era demasiado fría y acusadora. Lo repasé con una mirada rápida, porque me intimidaba su ceño fruncido.

—Y-y-yo... —Sentí un gran alivio al pensar que Darel pagaría por mí los daños, pero me equivocaba. Logró terminar la frase de un tirón. —... no tengo dinero.

—¿Estás de broma? —Le pregunté y no se dio cuenta que acaba de empeorar mi enfado hacia él.

—N-N-No, me lo gasté todo en tu...

—Me harán un descuento por esto ¿no? —El hombre de ojos cafés interrumpió a Darel y yo lo fulminé con la mirada. Odiaba cuando interrumpían a mi amigo por no tener la paciencia de escuchar hasta lo último que tenía que decir. No era la primera vez que alguien no entendía su condición.

—Señor Kart, le pedimos mil disculpas, es que estamos cortos de personal, y era mi esposo el que se ocupaba de recoger las maletas de nuestros huéspedes. Lamento mucho lo sucedido, ¿una semana de descuento compensa los daños?

—¿Una semana? Por favor, si fue él el que dejó las maletas mal ubicadas. ¿No viste la puerta?

—Nadel... —Mi madre me suplicó con la mirada que me detuviera. Ya no sabía con quién estaba molesta, si con el idiota estirado por interrumpir a Darel o con el mismo Darel por no darse cuenta cuando hería mis sentimientos.

—¿No te enseñaron que el cliente siempre tiene la razón? —Se cruzó de brazos divertido.

—No.

—¡N-N-Nadel, para ya! E-E-Estás molesta y no sé porqué, p-p-pero este señor no tiene la c-c-culpa. N-N-No seas terca, y d-d-deja que se le haga el descuento.  —Íbamos bien, Darel también estaba molesto conmigo. Estábamos a mano.

—Pero ¿cuánto tiempo se piensa quedar? —Arqueé una ceja preocupada, algo me decía que por la cantidad de maletas no era poco tiempo.

—Chicos, él es Yoisel Kart, el representante de Aquarium Australia. —«Genial, acababa de discutir y de verle los calzones a mi compañero de baño por los próximos seis meses.»

 




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