Leslie Belmont
Nunca sabes lo lejos que estás de casa hasta que cambias las fiestas por una videollamada con tu familia. Cuando coordinas tu horario para que tu familia no se desvele e incluso el extrañar la comida casera de mamá, las discusiones con los hermanos y las reuniones que se convertían en fiestas con karaoke hasta el amanecer. Pasar de ignorar las preocupadas llamadas de mamá a añorarlas hasta en los días más ocupados.
Después de años de esfuerzo, ahorro y dedicación, me fui a perseguir el sueño canadiense. Tal vez lo lograba, tal vez no, pero por lo menos tenía que intentarlo; prefería eso a quedarme con él “hubiera”. Sin embargo, no todo fue perfecto. Al llegar, me enfrenté con diversos desafíos. Uno de ellos, la soledad. Sabía que muchas personas desearían tener la oportunidad que estaba teniendo, así como romantizar el alejarme de todo lo que conocía para empezar una nueva vida donde no pudieran juzgar mi pasado y mucho menos los errores que había cometido. A pesar de eso, consideraba difícil el hecho de permanecer mucho tiempo lejos de mi familia, las personas que me vieron crecer y que, de una u otra forma, hicieron la mujer que soy hoy en día.
Los primeros días fueron los más emocionantes y satisfactorios que pude experimentar. Desde abrir mi cuenta de banco hasta sacar el plan telefónico, las cuales fueron las primeras cosas que hice al llegar. Claro, después de tomarme una foto afuera del aeropuerto para mandarlas por WhatsApp al grupo familiar. Sabía que, por la vida ocupada de mis padres, tardarían en responder, pero con el simple hecho de que la recibieran, me sentía plena.
Al subir al taxi que me llevaría al Airbnb que reservé en lo que buscaba un apartamento para arrendar, solté unas lágrimas que combinaban la emoción, adrenalina y entera satisfacción, ya que, a pesar de estar lejos de mi familia, amigos y en general, mi país, estaba agradecida por tener la oportunidad de cumplir otro más de sus sueños a mis 23 años. Esa sonrisa no la podía borrar ni la tormenta más peligrosa; de ser así, presumirá ser testigo de una en un nuevo país.
Al asomarme por la ventana, vislumbraba cada detalle; los edificios, los árboles, el transporte público e incluso la gente que caracterizaba el lugar. Todo parecía tan moderno, tan nuevo, tan innovador. Me sentía como en todos los videos donde me visualizaba a mí misma estando en dicha aventura, sin imaginar que ese día llegaría más pronto de lo que mi versión pasada pudiese anhelar.
Al llegar al destino no pude evitar admirar la fachada de la casa para la que segundos más tarde estaría acompañada de mi maleta a punto de tocar la puerta. ¿Nerviosa? Sin duda. No sólo era mi primer viaje en solitario, también era otro territorio, otra cultura, otras personas… en fin. Otro mundo.
Noah Arredondo.
Después de años de arduo trabajo, por fin me ascendieron a Gerente del área de Compras en una empresa distribuidora de insumos para cafeterías y restaurantes a nivel nacional. Entré en aquella industria hace más de cinco años como becario en el área de logística. Ahora, tenía más responsabilidades y, por ende, más solvencia económica; significaba que podía dar el siguiente paso con mi novia, pero después de años de noviazgo, confirmé lo que en aquel entonces era un simple sueño; vivir en Canadá.
Sabía que no me lo decía porque temía que emitiera un comentario que la desanimara en su proceso, dado que ambos teníamos sueños distintos. Por mi lado, quería desarrollarme y crecer en la industria logística de México, mientras que ella anhelaba conocer nuevos lugares, viajar, inmiscuirse entre culturas y nacionalidades. Buscaba trabajar, así como desarrollarse en un lugar donde no tuviera el miedo de ser acosada, asaltada e incluso asesinada por el simple hecho de ser mujer.
Estaba harta de vivir en un lugar donde justificaban tales actos por el horario en qué transitaba, sola, sin compañía y, encima, con cierto tipo de ropa que, según personas, podría ser provocativa para el género masculino.
Esa fue una de las principales razones por las que decidió irse. Y yo… bueno, no quería ser un impedimento para ella. Quería que fuera feliz, conmigo o sin mí. Era consciente de lo mucho que amaba a su familia además de lo que le dolía el poder dejarlos desamparados mientras ella estuviera fuera de su tierra. A pesar de ello, no quería que se perdiera de experiencias por respeto a mí y nuestra relación. Sin embargo, esto me dolía al igual que a ella. Por lo que pactamos mantener esto a distancia. ¿Cómo? Con llamadas, mensajes, emails y, de ser posible, visitarnos en temporadas vacacionales.
Fernando Belmont.
Tan sólo han pasado unos días desde que mi hermana decidió mudarse a Canadá y no puedo evitar sentirme melancólico. A pesar de desear tener más espacio, era cierto que las locuras y ocurrencias de ella se extrañaban en la casa. Incluso, las reuniones familiares se han sentido un poco vacías sin ella. Sobre todo, después del fallecimiento de la abuela que meses atrás nos destrozó a todos nosotros. Sin embargo, pareciera que al hablar de ella me refería a un fallecimiento latente. Sé que en algún futuro nos veremos, mientras, es su turno de cumplir sus sueños que tanto tiempo estuvo persiguiendo.
Ahora, ella estaba en un lugar mejor. No digo que nosotros estemos peor, pero por lo menos ya no tendrá ese miedo a la inseguridad que abunda en Latinoamérica.
Por motivo del cumpleaños de mi tía; la hermana de mi abuela, acudimos a su fiesta donde toda la familia fue invitada. En ella, la música, el baile y el alcohol eran los protagonistas de dicha fiesta, además de mi tía Alicia. Mis papás no dejaban de bailar y sonreír el uno del otro cómo si estuvieran en su etapa de enamoramiento cuando la realidad era que llevaban años de casados. Por otro lado, estaba mi hermana quien conversaba con mi tía Alicia en la cocina y luego estaba yo. Solitario, en un rincón del jardín con una cerveza en la mano, cuando de pronto sentí la presencia de la hermana de mi madre: Alexia. Ella y yo no éramos cercanos. De hecho, no sentía eso con nadie. Nadie, excepto mis padres y mis hermanas.
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Editado: 30.03.2026