Fernando Belmont.
¿Las cosas subieron de tono? En efecto. No tenía energía para discutir. Estaba cansado, estresado, desvelado. Dormir bien durante los últimos meses no estaba dentro de mi agenda hasta esta noche, o por lo menos, era lo que quería. No obstante, tenía una novia con quien debía solucionar los problemas que teníamos. Ambos le dimos prioridad a nuestros asuntos. Por mi parte, quería ser empático con ella debido a la situación de su hermano; una muy similar a la mía. Conocía lo importante que era estar presente en la que seguramente sería su última reunión en muchos meses. Aun así, no podía evitar sentirme abandonado cuando me dejó plantado. Tal vez su razón era justificable pero no el que me hablara de esa manera adjudicándome toda la culpa cuando tenía todo un evento que dirigir y, al cual, le entregué mi vida en todo este año.
—Entiendo tu postura, pero no puedes reclamarme de esa manera sabiendo perfectamente que tenía igual un compromiso que no podía delegar.
—Tienes colaboradores que te podían apoyar.
—Si, pero no cuando es un evento de apertura, y lo sabes. Cuando se trata de operación diaria o inventario, sabes que no hay problema. Con gusto te acompaño, pero no hoy. —me detuve para tranquilizarme un poco—Yo jamás te he pedido nada. El único día que pedí tu presencia no estuviste.
—¿Y entonces por qué no lo hacías?
—¿Qué cosa?
—Si. Dices que la operación diaria la puedes delegar, pero en lo que llevamos de novios no has podido acompañarme a ningún lado. No salimos a citas porque trabajas más de 16 horas. Tampoco puedes llamarme porque te distraes de tus actividades y si nos vemos de rápido tiene que ser a altas horas de la noche. No soy una scort, Fernando; soy tu novia. Y si no tienes interés en esto, dímelo. Yo prometí estar contigo, apoyarte…
—Y no ha sido así.
—¿Cómo dices?
—Perdón —me cruce de brazos—. No quiero ser grosero, pero es la verdad. Dices que me apoyas, que me entiendes y yo trato de no descuidar esto, pero siento que estoy solo.
—Estás solo porque no me dejas ayudarte. Todo lo quieres hacer así, y lo entiendo. Estás acostumbrado a hacer las cosas solo, pero no tiene por qué ser así. Estamos juntos y se supone que somos un equipo. Ahora, se va mi hermano y parece que no lo entiendes ni siquiera porque estuviste en la misma situación.
—Si somos un equipo, ¿por qué no pudiste tomarte ni 10 minutos para estar conmigo? Yo lo hubiera entendido. Tu hermano se va y sé que lo único que quieres es aprovechar esos últimos momentos con él antes de su partida, así que, sí; yo lo hubiera entendido.
No dijo nada. Suspiré un poco frustrado porque quería solucionar esto, pero solo nos reclamábamos uno al otro lo que probablemente callamos por mucho tiempo. Así que permanecí callado para escucharla, pero sorpresivamente no dijo nada. Me miraba con enojo, coraje y fastidio. Respiré profundamente. Debía calmarme o de lo contrario, todo terminaría peor que como empezó.
—Para mí no eres una scort. —contesté sereno, relajado y con la voz seria en medio del silencio—No te marco por teléfono porque tengo trabajo administrativo con Jonathan y cuando me doy un tiempo, no atiendes mis llamadas porque o estás en junta de trabajo o estás estudiando en la maestría. No te voy a ver en mi hora de comida porque siempre dices que sales con tus jefes y necesitas hacer contactos para crecer en la empresa y lo entiendo. No organizo salidas porque tienes eventos familiares muy importantes y aún no te sientes lista para presentarme formalmente a tu familia como tu novio sabiendo que me conocen desde que entramos a la facultad en primer año. Y lo entiendo. Así que, si salgo a las once del trabajo y puedo venir a verte con lo cansado, estresado, frustrado y desvelado que me siento, no es porque te considere una scort. Es porque es el único momento del día en el que podemos coincidir. Si no quisiera verte, me pasaría directo a casa pudiendo dormir a las once de la noche y no a las tres de la mañana, teniendo que despertarme a las cinco para comenzar un nuevo día.
No dijo nada.
—Aun así, para tu familia es muy obvio que somos algo. —me miró desconcertada—¿Qué? ¿Acaso es normal para ti que un amigo te venga a visitar a medianoche nada más para “charlar”?
—No hacemos nada más que charlar.
—Si, pero eso lo hace tu novio, no un amigo. —me quedé callado varios segundos—Pero no importa. No sé cuál sea el motivo o la razón del porqué aun no me quieras presentar como tu novio, pero se me hace injusto que me reclames que no hago tiempo para ti si el único tiempo que me queda disponible me lo hago para venir a verte. Mejor dime que no quieres que te busque a tu casa.
Leslie Belmont.
Han pasado varios meses desde que decidí tomar terapia, pero lo que más ha pasado, es el tiempo que mi familia decidió dejar de hablarme. Me sentía muy mal, pero ya no había culpabilidad en mí. Entendí que tenía que ser compasiva conmigo misma. Repetirme que mis intenciones siempre fueron buenas, se convirtieron en el pan de cada día hasta que verdaderamente lo creí. Aun así, no podía tapar el sol con un dedo asumiendo que no cometí errores, porque claro que lo hice. Mentí. Por mucho tiempo. No quería hacerlo más. Sin embargo, y aunque suene contraproducente, no cambiaría en nada todo lo que hice porque gracias a eso, mis padres tienen un dinero seguro al que pueden tomar como inversión o fondo de emergencia. No es que se los diera porque tenía miedo de que me pidieran dinero a mí y mi codicia era muy grande como para darles un porcentaje de mi salario, porque si ese fuera el caso, lo haría sin dudarlo. Es solo que me da satisfacción saber que pueden tener esa seguridad financiera que tanto les angustiaba años atrás.
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Editado: 17.06.2026